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Gálvez: un mundo forjado entre el placer y la locura



Gálvez: un mundo forjado entre el placer y la locura
Por: Alex Salinas

Si se nos cumpliera el anhelo de reunir el canon de la novela chuquisaqueña de principios de este siglo, La caja mecánica (2001) de Miguel Ángel Gálvez (1973) debería estar presente, no porque nos muestre como pueblo o sea un reflejo de la realidad, de los conflictos políticos o las disputas raciales, sino porque también expresa una de las formas en las que nos miramos en nuestras pesadillas.

A pesar del acendrado solipsismo de un personaje o la total ausencia de referentes históricos, ninguna obra se escribe en el vacío, pues el lenguaje sólo puede emerger en contacto con el otro, indica Mikhael Bakhtin, lo heredamos de nuestra comunidad, de nuestros padres, así también las fobias, las obsesiones, la memoria de otros que habrá de crecer y transformarse en nosotros. Escribimos según las posibilidades de nuestra clase, los alcances de nuestras lecturas, del azaroso acceso a un disco o a un film, escribimos al borde de lo decible en nuestro tiempo, pensando en la reacción o conmoción que provocaremos, en el imaginario diálogo con nuestros lectores. En fin, escribimos ya sea para adherirnos a una poética o para oponernos a ella. Así, el primer paso del escritor, indica Henri Bergson, es rechazar ciertas cosas, “Más tarde podrá variar en las cosas que afirme, pero no variará en las que niega.” Así funciona la obra de Gálvez, en la oposición a los lugares comunes de su sociedad, las idées reçues de la historia, ciencia y religión, para anteponer otra realidad, la revelada por La caja mecánica, objeto que tal vez convoque a aquella unidad primordial (extática y brutal), imaginada por Nietzsche en el Origen de la tragedia (1872).

La primera imagen que La caja mecánica nos evoca acaso sea cinematográfica, la del cubo de Hailraiser (1987), película que muchos de nosotros tuvimos la oportunidad de ver, aunque no todos lo hicimos, pues la pasaban después de la medianoche, cuando los niños supuestamente dormíamos y nuestra inocencia yacía imperturbada. En la película, aquel cubo afiligranado, a la vez que despierta los más escondidos deseos sadomasoquistas, es la puerta a un mundo insondable guardado por seres demoniacos. Abierta la puerta, el conocimiento se castiga con el sufrimiento eterno. Si la imagen inicial es cinematográfica, el desarrollo de La caja mecánica convoca otras variadas lecturas, ya sea filosóficas, psicoanalíticas o literarias.

En la novela, por ejemplo, se cumple el axioma planteado por Nietzsche cuando indica que la disolución de nuestra identidad es aquello que más tememos, pero también lo que nos causa el más intenso placer, ya que al mirar el ritual de nuestra autodestrucción, ganamos conocimiento en nuestra condición humana. Así, desde las primeras páginas de La caja mecánica, sabemos que ingresamos en una tragedia, sin final feliz posible. “No hay forma de recuperar la inocencia”, indica Gálvez, “una vez que se ha vivido la tragedia de la verdad” (62) del ser humano solo ante el terror de la intemperie.

Percibimos también la influencia de Borges. Nada explica el origen de una caja que llega a perturbar la existencia de Arturo, un oficinista que por azar (aunque nada puede haber de azaroso) la descubre dentro de un pilar de su apartamento en construcción. La caja invoca al libro infinito borgeano, objeto obsceno que infama la realidad. Para Gálvez, la caja también es un objeto inhumano, pues es eterno. Estar en presencia de tales objetos, lo adelantaba el argentino, sólo puede llevarnos a la corrupción y la locura. Asimismo, en Gálvez, como en la obra de Borges, hay constantes alusiones a temas filosóficos, escepticismo ante la posibilidad del conocimiento. El narrador de Gálvez, sin embargo, no llega a la ironía lúdica ni a finales paradójicos, se queda en el llano discurso con el que el que busca instruirnos sin lograr seducirnos del todo. Así, por ejemplo, la concepción de mundo de Gálvez, nuevamente nos recuerda al Nietzsche de la Gaya ciencia (1882): “Todo orden es, […] una visión restringida de la realidad; supone la negación de cualquier conocimiento que cuestione su propia coherencia. […], el orden último […] debería ser, necesariamente, un orden CAOTICO” (67).

Entendemos, finalmente, que la caja encontrada en los cimientos de la casa del narrador, es también una representación de lo siniestro, tal cual es entendido por Freud cuando indica que lo siniestro es esa situación u objeto angustiante que emerge de situaciones familiares, pero que, no obstante, debería permanecer secreto, oculto en la vigilia. Aún así, lo siniestro irrumpe en la realidad, venciendo la resistencia psíquica de los individuos. La caja, en este sentido, es la emergencia de lo reprimido, la entidad que busca todavía esconder el verdadero fantasma del narrador, la dinámica edípica, verdadera fuente de su angustia. Así, el objeto siniestro se libera por una situación fortuita, un cambio que, si bien pequeño, trastorna la psiquis del personaje de Gálvez cuando este busca constituir su propio espacio, alejarse, aunque sea algunos metros, del núcleo familiar, de la figura ordenadora y dominante de la madre.

El sueño, tan importante, tanto para Nietzsche como para Freud, revela a la caja, símbolo femenino por excelencia, como condensación de la figura materna. Desde la caja hablará la madre, como el verdadero y grotesco mecanismo que rige, aún después de muerta, el delgado equilibrio mental del hijo. Ella, de esa manera, nos descubre el verdadero origen del desasosiego del narrador: “..nada es más importante que la sangre, ¿no es así, hijo? Eso es algo a lo que un hombre no puede renunciar” (71). “En las pesadillas,” escribe Gálvez, “uno no puede escapar del terror, pues todos los caminos conducen invariablemente a aquello de lo que intentamos escapar” (69).

En las formas de expresión de lo siniestro, comprendemos mejor las fuerzas que conducen a la novela de Gálvez a su clímax, las razones que sostienen el espanto de su desenlace. No delataré el final. Diré simplemente que despierta uno de los más profundos temores del hombre. La escritura, a la vez que castiga a la familia, evita también la reproducción de otro binomio edípico. El vástago entonces deberá ser sacrificado, para liberarlo y liberarse de la represión familiar, de la inmadurez patológica y de la culpa, para finalmente ser libre.

Fuente: Puño y Letra



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