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Los Cívicos: la novela olvidada de Gustavo Adolfo Navarro



Los Cívicos: la novela olvidada de Gustavo Adolfo Navarro
Por: Freddy Zárate

El escenario político en 1918 estuvo bajo las banderas del Partido Liberal en el poder. El débil gobierno de José Gutiérrez Guerra fue embestido y acorralado sin tregua alguna por el político Bautista Saavedra.

En esos años de pugna política entre Liberales y Republicanos, Gustavo Adolfo Navarro (1896-1979) publicó su primera novela titulada Los Cívicos. Novela política de lucha y dolor (Arnó Hermanos-editores, La Paz, 1918). Años más tarde, Navarro utilizó el seudónimo de Tristán Marof para dar a conocer sus escritos literarios y políticos.

Los Cívicos –según indica Navarro– es un libro concebido con mucho dolor y lágrimas: “Los hombres, los tiempos y la patria mutilada y triste está presente. Nada ha cambiado, ni las heridas se cicatrizarán todavía”, escribe con mucho pesar en el prólogo del libro. La descripción de la novela está ambientada en la ciudad de Sucre: “Mi ciudad es muy blanca y muy negra. Ella tiene alma y cuerpo, igual que los hombres, siente y ama, sueña y besa, odia y quiere”.

El relato de Navarro está cargado de pesimismo al ejercicio de la democracia: “La muchedumbre de la ciudad se había congregado en la plaza para ejercer su soberanía. Aquella soberanía mentida que el gobierno la obsequiaba al pueblo en la punta de una bayoneta”. Todo el aparato democrático –relata Navarro– era para encumbrar a “algún imbécil iletrado, con todos los estigmas degenerativos sería ¡el Diputado!”.

Uno de los aditamentos recurrentes de esta “democracia” era la intolerancia política: “En el paroxismo de la pasión y el alcohol atacaron a otro grupo contrario y saciaron su furor.

Quebraron algunas cabezas y la calle se convirtió en un charco de sangre”. Todo este escenario grotesco fue denominado por Navarro como una “bestiocracia”.

Una vez finalizada la farsa electoral el ganador era “aclamado fervientemente, llevado en hombros, como un Dios pedante”. También Gustavo A. Navarro estuvo influenciado por la tesis de Pueblo enfermo, de Alcides Arguedas, al atribuir todos los males y costumbres políticas al sector cholo o mestizo: “El presidente de ellos era un cholo de tez roja, de ojillos oblicuos, la boca bribona y cinco pelos de bigote. Me dijeron al oídio: es abogado. Entonces me di cuenta por sus muecas, que en su sonrisa resaltaba la picardía y que sus bribonadas de leguleyo intrigante le habían dado suficiente prestigio para capitanear a todo el cuerpo de jurados”.

Todos estos acontecimientos “democráticos” provocaron protestas y desilusiones contra “una Constitución de mentira y representantes de librea (…). El país atravesaba una situación atroz.

En todas partes no se notaba más que una brutal presión y sólo se veían bayonetas, fusiles y sicarios astrosos que imponían sus patas bestiales”.

Al respecto, Navarro describe amargamente el espíritu de la época: “Todo había sido pervertido”, “la juventud se hallaba vendida”, “caminaban los jóvenes de la República de rodillas”, “en lugar de alma tenían pus”. La herencia histórica de los héroes y libertadores de la patria se fue a la cloaca, indica Navarro. En pocas palabras, la condición moral del país estaba llena de perversión, imbecilidad y servilismo. La República boliviana “había llegado hacer un feudo donde dominaba bárbaramente él [Presidente] y su camarilla”.

Bajo este escenario desolador, dos hermanos cargados de idealismo deciden fundar un diario en contra del régimen imperante: “Aunque no había libertad de prensa y decir las cosas claras, verdades por sus nombres constituía un delito”, estos dos jóvenes sienten el llamado cívico de luchar con la pluma. El entusiasmo de los hermanos Costas concretizó al bautizar al diario como “La Rebelión”.

Según Navarro, este nombre llevaba olor de juventud, audacia, los colores rojo y brillante conducirían a la trinchera donde uno tenía que morir o vencer. En estas breves líneas, Gustavo A. Navarro marcó premonitoriamente su destino cuando incursionó años más tarde en política.

Fue el forjador y propagador de ideas socialistas en Bolivia. Tempranamente marcó títulos atrayentes e incomprensibles para la época como: La Justicia inca (1924), La tragedia del altiplano (1934), La verdad socialista (1938).

Navarro gozó de la popularidad del sector obrero y llegó a conformar junto con Alipio Valencia Vega y José Aguirre Gainsborg el Partido Obrero Revolucionario (POR) en 1934. Fue un acérrimo crítico del conflicto bélico con el Paraguay (1932-1935). Instigó a la tropa militar a la deserción del campo de batalla. Adversario sin tregua con las posturas políticas del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR).

Volviendo a la novela Los Cívicos, el periódico “La Rebelión” tuvo una acogida favorable en la opinión pública. Navarro describe a este periodo como una hermosa lucha, lleno de emociones, sobresaltos, inquietudes, persecuciones, ataques, los protagonistas degustaban de la cólera de los diarios oficiales y el odio de los poderosos. Todo este “paraíso” de lucha terminó cuando empezaron las represalias a sus redactores, uno de ellos fue apresado: “Su prisión parecía indefinida. La justicia miró con indiferencia, que se atentase contra la libertad de un ciudadano”.

Tras un largo arresto es liberado repentinamente, la familia Costa decide alejarse de la ciudad y esconderse en una hacienda. Esta breve pausa con la política condujo fugaces amoríos y un encuentro con la naturaleza.

Después de un tiempo de estar incomunicado se enteró –a través de la prensa– los continuos problemas políticos y se reprochó a sí mismo: “Mientras nosotros aquí vivimos felices, soñando, llenos de dicha y de amor, allí en la ciudad se mueren; hay venganzas que cumplir e injusticias que se deben reparar”.

Uno de los protagonistas lleno de coraje levanta su puño al aire y exclama: “¡Ya son 19 años de gobierno liberal!”, “¡Ya son 19 años de bestiocracia!”, “¡Y el asesinato del general Carvajal!”. En este punto Gustavo A. Navarro pone en evidencia su favoritismo al Partido Republicano del sociólogo Bautista Saavedra.

También dogmatiza la acusación hecha por Saavedra a los liberales del “asesinato político” del general José Manuel Pando.

Según los protagonistas, el único camino para romper la hegemonía del gobierno liberal es la renovación: “Pero hagamos una barrida social, política, religiosa, no nos desviemos por el motín.

En nuestro país todas las revoluciones han sido motines de cuartel, en los que triunfaron generales ambiciosos y caudillos de barro. Ya han pasado esos lustros. Hoy es el tiempo de la restauración; que se derrumbe todo; que el pueblo tenga ánimo aún para destruir a tanto microcéfalo, a tanto petulante, a tanto cachalote que medra vergonzosamente en las casillas del presupuesto”.

Navarro califica a sus contemporáneos –a través de sus personajes– como cobardes y traidores y se lamenta sentenciando: “Qué triste es vivir en la patria. ¡La patria cuántas lágrimas nos arranca!”. A pesar de estos desencantos existenciales es preferible combatir y luchar, enfatiza Navarro.

La novela Los Cívicos es una crítica a la democracia de la segunda década del siglo XX. Los principios y valores democráticos son opacados por la tradición caudillista, el autoritarismo, el verticalismo y la censura. El futuro escritor y político Gustavo A. Navarro nos da un pincelazo de su época o como él mismo califica su obra: “Más de la mitad es vivida”.

La reacción del autor ante esta arbitrariedad denominada “bestiocracia” es un llamado a la revolución moral y política, que en el fondo termina siendo otra violación a la Constitución, pero con matices rojos y esperanzadores o en palabras de Navarro: “Unos que suben, otros que bajan, dejando su estigma y un nuevo atentado como ley”.

Fuente: Ideas



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