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La poética del círculo



La poética del círculo
Por: Ivan Gutierrez

(Texto leído en el: II Simposio Internacional sobre Narrativas Bolivianas, desarrollado en Córdoba – Argentina)

El estremecimiento es la parte mejor de la humanidad. Por
mucho que el mundo se haga familiar a los sentidos, siempre
sentirá lo enorme profundamente conmovido.
Goethe

Los años están plagados de historias que empiezan por la palabra fin, es una sentencia del escritor español Juan Tallón. Cuánta verdad existe en la reflexión de la amalgama que constituye un final y un principio como un mismo punto de llegada y de partida. El español en esa línea nos convoca a una reflexión más profunda acerca de la configuración del tiempo, y no sólo como esa diagramación secuencial lineal que tiene de objetivo siempre el frente, como una especie de ferrocarril sin frenos con dirección al infinito. Realidad métrica que hace que siendo pasajeros simplemente estemos reducidos a la caducidad del boleto del viaje en algún punto del camino.

Es evidente que estamos siendo y somos parte del mundo y sus procesos de cambio en la constitución del proyecto de realidad. Somos en la medida en que el tiempo se desarrolla dentro de los preceptos conceptuales de lo que entendemos por el significado de vivir. Pero también es innegable que en la profundidad de la configuración general del tiempo, desarrollamos una propia forma de habitar y de delimitar nuestra particular geografía de la vida. Estamos hechos de pedazos de espejos que han aprisionado tan sólo una parte del reflejo de otra cosa más grande, y a partir de esos rastros nos permitimos volver a aquellos lugares iguales, pero ya no siendo los mismos, porque han ido convirtiéndose a través de la niebla y el polvo del traqueteo de las rieles, porque nos hemos alejado del punto donde las hemos reflejado antes de quebrarnos continuamente.

El problema de la sobrevivencia se desarrolla en el paralelismo de comprendernos en las dos dimensiones constitucionales de la realidad. Una es la del devenir o el flujo del tiempo y la otra es la de la memoria; más precisamente la del habitar nuestra memoria para diseñar una actualidad. Entonces somos irremediablemente pasajeros sometidos a un mismo transcurso a veces veloz, a veces lento hacia un punto final ya definido siempre. A la vez intentamos habitar nuestra memoria para permitirnos tener una conciencia de lo desprotegidos que quedamos en esa carrera lineal y así diseñamos una serie de constelaciones que nos permiten un refugio o en otra nomenclatura mayor abandono. De todas formas cuando se combinan ambas dimensiones podemos gozar de esos finales que también imponen principios.

En el devenir; el final siempre es una demanda que se renueva. En el habitar la memoria; el principio es siempre una demanda que se renueva. La combinación de los dos nos permite tener una geografía de la versión que vamos siendo, fuimos y seremos. Todo delimitado en la conciencia de los efectos de cada dimensión que sostiene la experiencia temporal del hombre en el tiempo.

I

Cerco de penumbras es un libro de doce cuentos, en los que se delinea una construcción narrativa que se sostiene a partir de situaciones ancladas a factores que tejen una telaraña de escenarios que se adscriben a la colisión y ruptura de la relación de las dimensiones temporales del individuo. El mayor conflicto es el desborde o la pérdida total de todas las fronteras que encuba la experiencia de la temporalidad con la memoria. Esa pérdida limítrofe genera una violencia intempestiva en cuanto a lo que el individuo conoce de su realidad. Por lo tanto el personaje Cerrutiano, para ser más preciso, el personaje que pasea las calles del Cerco de penumbras, es un personaje constantemente sometido y arrastrado a lo siniestro de lo inexplicable.

Cerruto logra a partir de lo monstruoso del acto de lo incomprensible, generar un impacto poético, en la eventualidad del horror de quedar en completa exposición a lo misterioso de una supuesta realidad pervertida, por alguna especie de ausencia celeste. La falta de signos en la ecuación que diseñan la correlación lógica de sucesos en el contexto, hace que lo siniestro del suceso, ceda una invocación hacía alguna pregunta del alma. Preguntas que sólo pueden ser respondidas a través de la aparición de lo poético.

A pesar de que en el mundo de Cerruto siempre existe un retorno a los mismos lugares, desde la escritura haremos una panorámica de sus temas para dilucidar algunas instancias cerrutianas. Para ir descubriendo que de repente más que una estrategia del relato, estamos repasando las manías y fantasmas más íntimos del mundo ficcional del autor, con una característica siniestramente misteriosa; lo incomprensible.

Lo inconcluso o la imposibilidad de la conclusión de un deseo que se vuelve entrañable para los personajes, siempre termina en una derrota, en una frustración salvaje, lacerante. Haciendo que la vida de sus identidades narrativas estén siempre enfrentadas a lo monstruoso de lo inexplicable. Está característica si bien termina siendo de alta connotación existencialista, cobra una potencia más ficcional en la forma de lo narrado que el autor ejecuta. Haciendo de la experiencia de la lectura y la escritura, una ida y vuelta constante de tener siempre algo en que confiar pero en una medida mayor siempre perder. El acto de perder desde ese algo que no se puede definir delinea en Cerco de penumbras una acción poética del volver siempre al mismo estado violento de solamente un único principio o un único final. En esa medida se traza la poética del círculo.

II
La circularidad de lo poético

Para acercarnos a la tarea de relatar lo que vamos siendo por medio de lo que nos cuenta un texto es importante tomar en cuenta que a la vez que vamos profundizando nuestra intimidad en lo narrado, nos vamos también asumiendo en la posibilidad del otro. Nuestro ejercicio exige contemplar al texto, al autor o a los lectores no como cosas independientes, sino más bien como vinculadas entre sí.

El trabajo creativo posibilita el que podamos articularnos con el otro o lo otro de nuestra realidad más cercana. Ese “otro” es como los tendones que sostienen y dan movilidad a la serie de elementos que constituyen el efecto de narración, el ejercicio de lectura y la interpretación. Si bien cada uno puede ser considerado independientemente, el acto poético tiene la capacidad de abstraernos de las distinciones porque “siempre se toma parte de alguien en el conflicto que relatas” (Alvero 2001). El tomar una posición, nos genera un movimiento y el relato de lo narrado se apropia de nuestro tiempo.

Cuando comprendemos algo, sea de un hecho histórico o un poema, lo experimentamos de una manera que va más allá de lo meramente objetivo y accedemos a una verdad comprensiva o extracientífica, lo vinculamos con toda nuestra experiencia del mundo, y por lo tanto nos estamos ocupando de cómo somos y de cómo sentimos, de cómo vivimos, nos estamos comprendiendo a nosotros mismos (Lozano 2006: 90-91).

Todo trabajo de interpretación es precedido por una inmediatez silenciosa que nos conmueve a enfrentarnos con ese “otro” que se nos presenta. Esa interpelación genera una brecha inmediata e instantánea que nos abruma, nos descalifica para nombrarla y darle un orden común a lo que nos sucede en lo temporal a partir de su encuentro. En ese sentido todo en el fondo canta, solamente que a veces somos sordos a su ritmo, pero al llegar a sintonizar con algo, logramos permitirnos poblar nuestra aldea de la memoria. El proyecto del tiempo continua su marcha pero en esa escucha hemos diseñado un círculo de retorno a un lugar particularmente único.

A partir de esos retornos a tiempos de texturas diferentes, nos permitimos conocer el mundo desde pasajes impensables y a la vez acentuar las condiciones más determinantes para entenderlo, también para entendernos, o de forma más precisa reconocerlo. En todo acto poético se genera un círculo que vincula un modo de refundarnos, de hacernos en una determinada versión con la posibilidad de un territorio, para retornar siempre que sea necesario al origen de esa versión. “La poesía diluye la existencia ajena en la propia” (Novalis 1984: 105).

En la Poética, Aristóteles advierte que el origen de la poesía se refiere a dos causas naturales del hombre; una es que la imitación es natural porque de esa manera aprende. Y la otra es que hay una inclinación a regocijarse en la tarea de imitar.

La explicación se encuentra en un hecho concreto: aprender algo es el mayor de los placeres no sólo para el filósofo, sino también para el resto de la humanidad, por pequeña que sea su aptitud para ello; la razón del deleite que produce observar un cuadro es que al mismo tiempo se aprende, se reúne el sentido de las cosas, es decir, que el hombre es de este o aquel modo; pues si no hubiéramos visto el objeto antes, el propio placer no radicaría en el cuadro como una imitación de éste, sino que se debería a la ejecución o al colorido o a alguna causa semejante. La imitación, entonces, es por sernos natural […] a través de su originalidad aptitud, y mediante una serie de mejoramientos graduales en su mayor parte sobre sus primeros esfuerzos, crearon la poesía a partir de sus improvisaciones (Aristóteles 1999: 9).

Una obra nos atrae porque reconocemos en ella algo nuestro y a la vez ella deposita algo en nosotros. Porque de alguna manera abre heridas o las cauteriza. En cualquiera de esas situaciones lo poético es esencialmente envolvente. Una vez que su composición ha engendrado un código la interpretación se vuelve una pasión (Cf. Novalis 1984: 105)

III
El cerco de penumbras

Cerruto construye un universo amplificado de lo que conocemos y recordamos pero llevados por una relación acelerada y violenta en la que entre uno y otro se construyen abismos de separación. Llevando al lector a enfrentar cada una de las etapas del conocer y del recuerdo al límite de lo imposible.

El cuento más aclamado de Cerco de penumbras es; El círculo, texto que narra básicamente el encuentro con la amante muerta y el completo desconocimiento del personaje acerca del siniestro que con naturalidad y realidad retorna a los brazos ya agonizados de la que en vida fue la mujer que amó. Termina:

Hay una zona de la conciencia que se toca con el sueño o con mundos parecidos al sueño. Creía estar pisando esa zona, esa linde a la que los vapores azules del alcohol nos aproximan. Y con la misma dificultad del ebrio, o del delirante, su espíritu luchaba por discernir la realidad (Cerruto 2005: 9)

La desconfiguración de la realidad es una demanda de cada uno de los cuentos, el desorden inexplicable en los mundos que termina quebrando a los personajes es una constante. El caos se argumenta por la aparición de un condenado, identidad que en su aparición enferma el mundo de los racionales. El condenado en Cerco de penumbras, en su mayoría es el amor extraviado y descuidado en el tiempo que en especie de venganza retorna a la vida para condenar su olvido, o su daño. Pero el misterio de su existencia en el texto no se compone por fuerzas malignas, sino que al contrario su simple presencia convulsiona con el ritmo de las cosas. El mejor ejemplo es el asfixiante cuento; Los buitres, que narra un viaje sin final, en el que el recuerdo de una mujer hermosa, motiva a un hombre que coincide con ella en el tren, a esperar el final de su destino para invitarla a salir, pero no existe el punto de llegada, debido a que la máquina a recorrido todos los territorios en el tiempo y ya los buitres han comenzado a despedazar el rostro de la mujer. Quedando sólo el personaje en el suelo ya sin fuerzas debido a que ha pasado demasiado tiempo sin comida, ni agua, situación que lo obliga a lanzarse del carril encontrando la muerte, mientras la máquina continua su camino acompañado por las aves del infierno.

Cerruto en sus cuentos parece que quiere diseccionar parte por parte el horror de encontrarse con aquello deseado; pero que en su aparecer despierta la animalidad bestial o lo profético divino en la complejidad de existir del hombre. Es como si constantemente la tentación de conseguir en su totalidad un deseo termina destruyendo la métrica temporal del hombre y enciende en una hoguera lo circular de la memoria.

Cerruto se afianza en el debate del recuerdo de lo bueno, con el peso que posee el avance del tiempo en la falta de entrega a lo que conocimos un día. En ese sentido lo que fue aquellos días ya ha sido poseído por los fantasmas de otros tiempos. Siempre existe una condena por llevarse a cabo, en cada cuento se quema un condenado. Cerruto no es crítico ni proclama un comportamiento moralizante, no existe un código intencional axiológico para plantear una moraleja. Al contrario interpela con la incomprensibilidad de los sucesos. Baudelaire en su poesía y prosa, en el ensayo sobre Wagner apunta “Todo cerebro bien conformado lleva en él dos infinitos, el cielo y el infierno y en toda imagen de uno de estos infinitos reconoce súbitamente la mitad de sí mismo” (Baudelaire 1977: 33). Cerco de penumbras es un tejido en el que los personajes son arrastrados por el milagro de cumplir el deseo de una cuenta pendiente, el cierre de un final no completado. Para hacer que el adiós ya no tenga el sabor de una bienvenida.

Cerruto renuncia la lucidez circular de la poesía. Sin embargo prefiere atrincherarse en el cerco de las penumbras de los fantasmas de aquellos proyectos que no ha terminado. En esa medida lo siniestro del recuerdo se antepone al mismo hecho de concretar, sino que más bien se enfrasca en lo inconcluso del deseo. Cuando parece que se ha logrado la realización, lo incomprensible del mundo arrebata con fuerza el aparente logro. Y permitiendo sólo una certeza; el haber querido algo y el haberse condenado en esa acción.

Cuando la forma de los árboles
ya no es sino el leve recuerdo de su forma,
una mentira inventada por la turbia
memoria del otoño,
y los días tienen la confusión
del desván a donde nadie sube
y la cruel blancura de la eternidad
hace que la luz huya de sí misma,
algo nos recuerda la verdad
que amamos antes de conocer

(Teillier 2010: 23).

Rodrigo Hasbun cuenta que en una entrevista a Bolaño le piden cerrar los ojos y decir cuál de todos los paisajes que recorrió de Latinoamérica es el que primero se le aparece en la memoria, la respuesta es Los labios de Lisa 1974. Tenía un sinfín de posibilidades espaciales pero Bolaño se conforma “[…] evocando un pedazo de la primera mujer que le destrozo el corazón […]” (Hasbun 2009: 143). Cerco de penumbras es un ejercicio al retorno de esos lugares en los que lo siniestro de la pérdida confecciona una versión diferente de lo que fuimos, en el que el tiempo en las aguas del río y las aldeas circulares de la memoria colisionan por completo, donde no hay una línea clara entre principios ni finales, sino somos una larga manta de sucesos, en los que de alguna forma irreparable nos hemos perdido. Cerruto al recordarnos aquellas penumbras, hace del pesimismo de la derrota una reflexión más profunda. A pesar de todas las sombras los personajes de Cerruto tienen una certeza que es amar a pesar de lo incomprensible, amar esa brecha que un accidente del mundo te permite y te cobra con violencia; Si conocer es recordar entonces siguiendo la sintonía de los versos de Teillier: recordar es amar; aunque nos lleve a los siniestros labios que nos destrozaron el corazón. Acaso también evocar la penumbra no es una forma de encerrarnos poéticamente.

BIBLIOGRAFÍA:

ARISTOTELES (1999). Poética. Argentina. El Aleph.
BAUDELAIRE (1977). Poesía y prosa. España. Biblioteca básica universal.
CERRUTO, Oscar (2005). Cerco de penumbras. Bolivia. Plural.
HASBÚN, Rodrigo (2009). “Colgados del vacío: Saer, Bolaño y Piglia” en Lecturas cruciales: Escritores y críticos revisan el canon, Centro cultural Simón I Patiño, Santa Cruz.
LOZANO, Vicente (2006). Hermenéutica y fenomenología, Husserl, Heidegger y Gadamer. España. EDICEP.
NOVALIS (1984). “Fragmentos, I sobre el poeta y la poesía” en Escritos escogidos. Madrid. Visor.
TEILLIER, Jorge (2010). Muertes y Maravillas. Chile. Ediciones Universidad Diego Portales.

Fuente: Ecdótica



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