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¡Qué magnífica desolación! Una lectura de Tan cerca de la luna de Brayan Mamani



¡Qué magnífica desolación! Una lectura de Tan cerca de la luna de Brayan Mamani
Por: Florencia Chiaretta y Luis Carlos Sanabria

(Texto leído en el: II Simposio Internacional sobre Narrativas Bolivianas, desarrollado en Córdoba – Argentina)

I.

Tan cerca de la luna es la segunda novela de Brayan Mamani Magne, publicada en 2012, ganadora del Premio Nacional de Literatura Infantil en Bolivia el mismo año.

Novela de iniciación en varios sentidos. Por un lado, una buena puerta de entrada para niños/jóvenes en el texto de largo aliento, en una literatura con trama y ramificaciones, muchos y bien compuestos personajes e historias dentro de historias. Por otro, iniciación clásica del pequeño héroe en grandes peripecias. Y finalmente, de fondo y latiendo, la puesta en escena del deseo y su relación siempre compleja con la posibilidad.

Alguien quiere una pelota. Alguien quiere acercarse a la luna. Alguien quiere tocar en una banda. Alguien quiere recuperar el amor de alguien, escribir un libro, conquistar el Lomo del Dinosaurio Dormido.

Desde un realismo claro, que arranca en lo barrial, se da rienda, por medio de lo pequeño y cotidiano, al surgimiento de los grandes temas: el amor, la soledad, la muerte, la amistad y la locura, que aparecen aquí y allá enmarcados dentro del gran impulso, del gran aliento que es la aventura. Novela de iniciación y novela de aventuras, entonces, y como si pudieran disociarse. En todo rito de paso encontramos el vértigo, el abismo, que aquí está simbolizado en una caída en la luna, un particular alunizaje que podemos pensar también como el paso de la niñez a la adolescencia.

Aventura con más de un héroe, compuesta por una amalgama de viajes externos e internos por territorios que van de la familiaridad de la casa y el barrio al peligro de la intemperie. Pocos mojones de bolivianidad aparecen en este texto. Apenas si notamos la presencia de una ciudad en particular, que surge con guiños mínimos: minibuses, un chicharrón, un himno-parodia que reza Avaroa es el hombre de goma, un lago que se llama Patiño. Y la montaña, sí, que podría ser cualquiera pero no lo es porque hay, diremos, la presencia de la montaña. Una montaña que tiembla al compás de las tribulaciones internas de cada escalador, de cada intrépido.

Los protagonistas de esta historia quieren, por distintas razones, llegar a la luna. Para ello, tienen que alcanzar la cima del Lomo del Dinosario Dormido. La leyenda cuenta que nadie ha podido escalar el Lomo porque el dinosaurio se sacude. Todos lo harán, sin embargo, convencidos de que estar tan cerca es de algún modo llegar. Pero no se trata de un casi llegar, de un intento fallido o una meta esquiva, sino de acercarse a la belleza de lo incompleto. Por eso el paisaje lunar es la metáfora de una búsqueda no de felicidad sino de belleza. Una magnífica desolación que en su intemperie también acoge.

Dos historias se narran en paralelo en esta novela: la de Fernando y Galileo y la de “el escritor”. Fernando es un niño un tanto bribón que tiene una pandilla de amigos bribones que se pasan el día haciendo travesuras o jugando al fútbol en la calle. Ante la necesidad de comprarse una pelota, deciden revender libros que primero deben robar. Fernando observa que su vecino, Galileo, un niño introvertido que no se relaciona con nadie y camina siempre con la ayuda de una muleta, tiene una gran colección de libros. Fernando decide robarlos, pero es descubierto en su intento de asalto. Galileo decide no delatarlo a cambio de que Fernando lo acompañe a una expedición al cerro más alto del lugar para contemplar el fenómeno de la “súper luna”, pues al niño le encanta la luna. Fernando acepta y comienzan juntos una aventura en la que llegan a conocerse. Cuando están cerca de llegar a la cima, caen. Jamás alcanzan la súper luna.

Un niño que “se las sabe todas”, que domina códigos y espacios, y otro que no puede caminar ni socializar y vive sumergido en la lectura. En uno, la vida caliente de las calles, y para el otro el refugio seguro de las historias de aventuras que no se viven.

Por otro lado, se narra la delirante historia de un delirante escritor que se enamora y comienza una relación perfecta con Andrea Punk, quien decide marcharse súbitamente y sin dar explicaciones. El escritor, devastado, no sabe muy bien qué hacer. Hasta que un día, tras una extraña conversación con una extraña señora, se convence de que Andrea vive en la luna. Y emprende entonces el mismo peregrinaje que Galileo y Fernando. Su objetivo es escribir sobre la luna para, indirectamente, escribir sobre Andrea Punk. Si el problema de Galileo residía en la imposibilidad de movimiento, acá lo encontramos en la falta de imaginación, y la luna se convierte en una suerte de objeto de estudio para llegar al amor. El escritor se pregunta:

Si un astrónomo de nombre Joaquín habita el sol, ¿acaso no es posible que Andrea Punk viva en la luna? Y si este es el caso: ¿quién vive en las estrellas? Tal vez las novias (está bien, ex novias) de otros escritores, que viven sentadas en algunas de sus cinco puntas. Tal vez los maridos de otras damas de nombre París. Tal vez alguien que es importante para alguien. Así que mejor me quedo con la luna y dejo en paz a las estrellas… Andrea Punk podría sentir celos. (Mamani 2012: 62)

Lejos de encontrarse rápidamente, como se intuiría en un principio, estas historias convergen sólo al final de la novela. Spoiler alert: cuando “el escritor” y el viejo Nicanor juegan ajedrez y escuchan por la radio la transmisión de la llegada del hombre a la luna. Entonces “el escritor” se acerca a la ventana, mira la luna e imagina escribir la historia de dos niños, uno llamado Fernando y el otro Galileo, tratando de escalar aquel cerro para llegar a ver la luna enorme, a casi tocarla, a casi estar en ella.

II.

Si hay un tema recurrente en la historia de Tan cerca de la luna este es, definitivamente, cierta imposibilidad en el completar del todo, o de una manera ideal, las búsquedas propias de los personajes, siempre sumidos en su soledad y en una realidad en extremo distante a la perfecta. Esa imposibilidad manifiesta en ese “tan cerca” al que nunca se llega. Tan cerca de la luna, tan cerca de Andrea Punk, tan cerca del amor.

La latencia del fracaso, sin embargo, se diluye cuando los personajes encuentran la manera de asociarse para lograr lo que quieren. Asociaciones nuevas y fortuitas son las que completan la búsqueda primera, pero dan también un nuevo sentido a la existencia. Todos los personajes de la novela podrían considerarse “secundarios”.

Por lo mismo, no es casual que el libro comience recreando una conversación entre Neil Armstrong y Buzz Aldrin, los dos primeros hombres en pisar la luna, dándole toda la importancia al segundo. Armstrong es solo alguien más ahí (y no el primer hombre en pisar la luna):

“Tranquilo”, se dice a sí mismo; sabe que no puede emocionarse: es un militar. Levanta la mirada y abandona por completo el “Eagle”.
Finalmente, pisa la luna.
ARMSTRONG: Hermoso… hermoso.
ALDRIN: La vista es una magnífica desolación. (Mamani; 2012: 9)

Aldrin contempla la superficie lunar y le salen las palabras espontáneas, la frase del profundo impacto, de la emoción. No el comentario enlatado para una humanidad expectante, sino palabras que imaginamos balbuceo, las primeras palabras en un mundo nuevo dichas por un hombre envejecido de repente: “Alguna vez Buzz Aldrin escribió: ‘¿Qué hace un hombre de 39 años que ha caminado sobre la Luna?’” (Mamani: 171).

Estamos frente a una novela que plantea a la imaginación como recurso para salir de los bretes de la existencia, desde los aparentemente más triviales asociados al dinero hasta el laborioso acercamiento a un espectáculo natural y el no menos arduo a un amor perdido. Habitar la desolación en su hermosa magnitud, ir hacia ella con gran curiosidad, sin el fantasma del fracaso, que no es solo el revés del éxito sino una posibilidad con sus propios códigos.

En este sentido, el humor juega un papel fundamental. Casi siempre, está asociado a la torpeza y a aquello que frustra y ralentiza la acción.

Volviendo a la historia de “el escritor” lo vemos descubriendo que, en su hostilidad y desolación, la luna es magnífica. Sabe que su amor perdido no está ahí. Que en verdad está solo y que Andrea jamás volverá a su vida y, al mejor estilo de tendría que llorar por ti/ y no tengo ni una lágrima, no se entrega a la desolación, ni se obsesiona con el trascender la derrota buscando algún aforismo de autosuperación. Lo importante no es el viaje condenado al fracaso que emprenderán sus personajes. Lo importante no es recuperar a Andrea Punk:

El escritor sale de su casa y camina sin destino conocido. Mientras silba las últimas letras de Lois Ann, de George Shearing, piensa que no es suficiente con imaginar una historia, imaginar personajes, escalar una montaña y fallar en el intento; lo importante es escribir el libro. (Mamani; 2012: 186)

Para el escritor, la magnífica desolación se materializa en la posibilidad de la creación frente al fracaso. Eso resulta contundente en la lectura, más aún para niños de diez años, el público específico al que el libro apunta. Probablemente ese sea uno de los rasgos más destacados de la experiencia de lectura del libro para un niño: la posibilidad de acercarse a la idea de una desolación, y de trascenderla a partir del impulso creativo. Tras leer el libro con estudiantes de quinto de primaria, los niños fueron capaces de darse cuenta de que todo el libro no es otra cosa que el resultado de habitar la desolación, y que la luna en la que habita el amor del escritor o los anhelos de Galileo puede ser inaccesible, pero eso no es lo que importa.

Los estudiantes propusieron rápidamente a “Buzz Ligthyear”, personaje de la película animada Toy Story, como una especie de símil de Buzz Aldrin, no solo por el nombre sino por el parecido de sus historias. Como la novela relata, la vida de Aldrin fue en picada después de ser el segundo hombre en pisar la luna, equivalente a la frustración de Ligthyear al descubrir que es un juguete de fabricación masiva y no un guardián galáctico. Ambos recuperan la esencia de su ser al ser conscientes de esa desolación. En palabras de Buzz –Ligthyear, no Aldrin– no estoy volando, estoy cayendo con estilo.

Insistimos: la novela se propone de dejar en claro de que la magnífica desolación se refiere a las posibilidades creativas que encierra la idea de fracaso:

‒¿Y cómo termina la historia de Aldrin? ‒pregunté.
‒Pues no termina. Aldrin se recupera y continúa con sus proyectos espaciales. Da charlas por el mundo, aparece en televisión, ese tipo de cosas… ‒respondió Galileo.
‒Me parece una historia bastante corriente ‒dije‒.Una persona que sufre, que se recupera, el mundo queda asombrado por su valentía. Nada del otro mundo.
‒(…) Y es que lo verdaderamente genial de este hombre no fue el hecho de haber pisado la luna, ni el haberse convertido en hombre famoso, ni el haber superado todos esos obstáculos hasta alcanzar la paz (…) Como Aldrin no era escritor ni poeta; no tenía ninguna frase enlatada que pudiera decir al momento de pisar la luna. (…)La de Aldrin fue diferente. Sus palabras eran la representación del ser humano a lo largo de la historia. El resumen de un mundo que se creía único y que había vivido como si fuese el único por muchos años. Y lo más importante de las palabras de Aldrin fue la premonición de la vida que se le avecinaba… (Mamani; 2012: 172-173).

La de Tan cerca de la luna es una experiencia de lectura que confronta con la posibilidad persistente del fracaso, la pérdida de un amor, la desesperación, mezclando un viaje de niños y de adultos que se espejan sin distorsionarse. De la misma manera en que conviven míticamente, en el capítulo más poético, un cordero llamado Dolor y un lobo llamado Pasión.

La novela no habla de valores, no plantea caminos maniqueos sino que pone en escena el largo y constante camino de la incertidumbre, de lo inexplorado. Simple y magníficamente nos pone a observar la desolación para que algún rato seamos capaces de proponer algo nuevo desde ahí. Porque al final, todos tenemos alguna Andrea escondida en la luna.

Fuente: Ecdótica



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