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Augusto Céspedes: crónicas desconocidas, cartas y fotografías



Augusto Céspedes con René Zabaleta

Augusto Céspedes: crónicas desconocidas, cartas y fotografías
Por: Martín Zelaya Sánchez

En el Diccionario Histórico de Bolivia, dirigido por Josep Barnadas, se lee que Augusto Céspedes Patzi nació en 1904 y falleció en 1996. No obstante en la mayoría de los sitios web -Diccionario Cultural Boliviano y Wikipedia, entre otros- se consigna su fecha de muerte en mayo de 1997. Eso sí, para no dejar de enredar la labor de rastreo -pues no en pocos lugares se lee que nació en 1903- hay dos distintas fechas de fallecimiento, el 9 y el 11 de mayo. Pero bueno, fue hace 20 años –casi, casi- y por eso ahora vamos a recordar al Chueco Céspedes.

Y para eso -no debería sorprender a nadie-, nos sumergimos una vez más en los archivos de Mariano Baptista Gumucio. Aparte de su investigación para Evocación de Augusto Céspedes (2000), Baptista nunca dejó de seguir el rastro del autor de Sangre de mestizos, acaso uno de los mejores libros de cuentos de la literatura boliviana -está en el top tres sin lugar a dudas. Es así que entre más de un par de proyectos en manos sobre el Chueco, don Mariano tiene listo ya para meter a imprenta Augusto Céspedes en El Universal y La Calle, un libro que además de contener en su totalidad a Crónicas heroicas de una guerra estúpida (1975) complementa varios artículos publicados entre 1932 y 1935 durante la corresponsalía del cochabambino en el conflicto bélico con Paraguay. Pero además, recoge valiosas columnas y crónicas publicadas en los años siguientes en el diario La Calle.

Difusión

“Hace un año, poco más, poco menos -cuenta Baptista- encontramos en los archivos de la familia los recortes de los diarios y algunos manuscritos. Así pudimos cotejar fechas, completar lo que había quedado afuera de Crónicas heroicas…, pese a ser seleccionado inicialmente por el mismo Céspedes, y la publicación ya está asegurada gracias al financiamiento de Jorge Núñez del Prado. Menciono su nombre porque quiero destacar su mecenazgo”.

Ya hace varios años don Mariano logró armar varias carpetas de fotografías originales, recortes y manuscritos de Céspedes y tiene en mente armar un museo del autor. Mientras tanto, comparte en estas páginas algunas cartas inéditas. No aún las firmadas por el Chueco, por lo pronto, algunas dirigidas a él por personalidades como, Augusto Guzmán, Thiago de Mello, Adolfo Costa du Rels y René Zavaleta Mercado.

No somos un país que suela reconocer a sus escritores con justicia. De cuando en cuando hay emprendimientos aislados -reediciones, recopilaciones de inéditos, etc.- y por eso esta próxima edición de las crónicas periodísticas del Céspedes se antoja más que oportuna.
“Ojalá usted o alguien más se animara a hacer una biografía del Chueco”, le comento a don Mariano mientras fotografío sus fotografías. “Ojalá…”, me responde sonriendo.

93 años

Una biografía per se es un trabajo monumental, si es que se la hace seriamente, como debe ser. Los escollos son demasiados, como acabamos de ver en el caso de Augusto Céspedes, tan solo por las fechas imprecisas de su nacimiento y deceso en libros y portales web. (Claro que esto es fácilmente subsanable con una consulta directa a la viuda o revisando los archivos de don Mariano con más detenimiento).

De todas maneras, no resistimos la tentación de intentar al menos un boceto de perfil, una suerte de sinopsis de pocos párrafos como esas que aparecen en las contratapas o solapas de las biografías. Baptista Gumucio rastrea -en la introducción del libro que esperemos tener en librerías en pocos meses- algunos detalles de su vida particular…, de los 93 largos y agitados años que vivió el autor de El metal del diablo.

“…Pablo Céspedes [su padre] había fallecido en 1920, dejando a Augusto de 16 años, con sus tres hermanas menores, Yolanda, Agar y Ayda, con quienes la naturaleza fue generosa en sus dones, concediendo a Augusto, en cambio, un cerebro privilegiado, pero un aspecto físico que distaba mucho del canon griego de belleza. En vista de que no había porvenir alguno en Cochabamba para la familia, Adriana Patzi Iturri [la madre], resolvió probar suerte en La Paz, con sus 4 hijos y consiguió, en el reducidísimo mercado de trabajo que ofrecía el país a las mujeres en esa época, un empleo en el Correo, desde donde sacó adelante a su prole con esfuerzos indecibles”. (…)

“Habría que acudir a Freud y sus teorías del inconsciente para tratar de entender el ánimo de Augusto y la relación con su madre y sus hermanas en esos años de estrecheces económicas en La Paz y cómo le caería la noticia del matrimonio de su madre, cuando la recibió ya de corresponsal de guerra en el Chaco a sus 29 años. (…)

En alguna otra página Augusto se refiere a su padre, liberal y regente de un colegio de Cochabamba, calificándolo de excelente periodista, pero eso es todo. (…)

“A quien siempre Augusto amó fue a su tío Manuel (Man Césped) fallecido al inicio de la Guerra del Chaco, visitándolo en su lecho de agonía. Por lo menos cinco artículos salieron de su pluma elogiando la vida y obra del hermano de su padre. Queda claro en todo caso que fue determinante la influencia sobre el joven Augusto de mujeres fuertes y corajudas como su madre y sus hermanas y de las parejas y dos esposas que tuvo a lo largo de su vida, algunas de las cuales han quedado retratadas en su obra literaria”. (…)

Para cerrar, volvemos al DHB donde, bajo la dirección de Barnadas, en la entrada sobre Céspedes, J.W. Knudson escribe: “Como muchos otros escritores en el mundo, hizo su aprendizaje como reportero en los propios diarios; pero a diferencia de la mayoría de ellos, se mantuvo en las filas del periodismo a pesar de la fama adquirida en los predios literario e historiográfico. Empezó ganándose la atención nacional con sus despachos desde el frente chaqueño para El Universal: estos reportajes iniciaron un nuevo concepto de lo inmediato en la prensa del país y, aunque no aparecieron reunidos hasta mucho después en el volumen Crónicas heroicas de una guerra estúpida, constituyeron el embrión de Sangre de mestizos…”.

Y luego, como sabemos, Augusto fue político de cepa; un dandy; un hombre de mundo que conoció a políticos de primer nivel y artistas icónicos de todo el mundo; que viajó por los cinco continentes en misión diplomática o emenerrista; un agudo y cáustico columnista de prensa; y claro, un dotado narrador que luego de escribir un cuento y un libro capitales para las letras bolivianas -El pozo y Sangre de mestizos- tuvo una larga y dispar bibliografía en la que más allá de su intencionalidad ideológica, no se puede evitar reconocer un trazo privilegiado. Por eso la pregunta de siempre es: “¿y si el Chueco se hubiera dedicado de verdad a la literatura…?”.

Fuente: Letra Siete



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