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La Guerra del Chaco y el trágico destino del hombre símbolo



La Guerra del Chaco y el trágico destino del hombre símbolo
Por: Freddy Zárate

Hasta el día de hoy se tiene una visión parcializada del “hombre símbolo”, como se solía llamar al político Daniel Salamanca (1868-1935), quien era un notable congresista y prueba de ello se encuentra plasmada en los cuatro volúmenes de sus Discursos parlamentarios. Pero la historia sociopolítica –postguerra del Chaco (1932-1935)– se inclinó en opacar la figura del Presidente Salamanca atribuyéndole toda la responsabilidad político-militar de la mayor tragedia bélica que sufrió el pueblo boliviano. Esta visión convencional puede ser puesta en entredicho si nos remontamos a la propia fundación de la República de Bolivia (1825) hasta el inicio de la contienda bélica con el Paraguay (1932). En todo este largo periodo la diplomacia de ambos países no logró solucionar pacíficamente los límites definitorios del Chaco.

Como preámbulo de la Guerra del Chaco está el incidente de Fortín Vanguardia (5 de diciembre de 1928) donde el Presidente Hernando Siles Reyes manifestó fervorosamente en la Plaza Murillo de la ciudad de La Paz: “Soy enemigo de la guerra; pondré todos mis esfuerzos para evitarla, pero si a ella nos lleva el honor nacional, juro que iré con vosotros”. De igual forma se puede advertir las palabras de Daniel Salamanca en un discurso pronunciado en Cochabamba a raíz de los sucesos de Vanguardia: “Debemos defender el Chaco porque es nuestro, y es el patrimonio que nos legaron nuestros mayores; no para nosotros, hombres efímeros que mañana moriremos, sino para nuestros hijos, para nuestros nietos: –Para la Bolivia de siempre”. Esto nos refleja el ambiente bélico que se fue anidando en ambos países. A poco tiempo, estalló la guerra más larga que sostuvo Bolivia a nivel internacional.

Terminada la Guerra del Chaco se empezó a fraguar una visión dogmática de este periodo histórico. En palabras del “Chueco” Augusto Céspedes, Daniel Salamanca cayó en “su absolutismo quechua” y manifiesto fervorosamente: “Debemos pisar fuerte en el Chaco”. Según Céspedes, “la llegada de Salamanca a la presidencia significó para Paraguay un desafío. En cambio, los compatriotas de Salamanca seguían pensando en su debilidad física como signo de debilidad moral”. El “Chueco” Céspedes además asevera: “Salamanca creyó ser capaz de hacer una gran guerra desde su escritorio (…). La Rosca cargó de explosivos la megalomanía de Salamanca”. Esta expresión “Rosca-minero-feudal” se fue haciendo común en el léxico de los años cuarenta que tuvo la finalidad de identificar a todos los adversarios del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), expresión utilizada profusamente por Augusto Céspedes y Carlos Montenegro.

Otro detractor de Daniel Salamanca es el escritor y político Tristán Marof, quien lo retrata como “un hombrecillo menudo, amargado y de color cetrino, con el reflejo mestizo bifacial. Su fisionomía sin expresión y sus ojos soslayados y fríos, no revelan en él ningún dinamismo ni inquietud. Sus setenta años sopesados y su vieja enfermedad dolorosa, han hecho de este ser anciano un ser irascible, lleno de mezquindades y rencoroso, arrebatado y guerrero, que reacciona a ráfagas contra todo lo que le circunda (…). Su pobre contextura, sus miembros débiles, y su rostro interrogante, eternamente al vacío, guardan ritmo con su mentalidad retardada (…). Pero esa mentalidad roñosa y con telarañas, es precisamente la que utilizan los empresarios yanquis para tener un sirviente”. Para Marof, el “hombre símbolo” fue el fin de la ideología liberal y de los aleteos del Republicanismo Genuino que representó al típico hombre del feudalismo, latifundista, abogado ladino, sofista consumado, enredador de pleitos y expedientes, y por último –asevera Marof– comerciante de agua de regadío en los valles de Cochabamba.

Estas dos visiones (Céspedes-Marof) tuvieron la finalidad instrumental de identificar a los antipatrias o enemigos de la nación y ellos eran los llamados a reconstruir la patria. Todo este período está cargado en forjar un profundo civismo con ribetes izquierdistas, donde los ideólogos del nacionalismo revolucionario formularon la exitosa tesis: “formación de la conciencia nacional”. Según esta idea romántica, las arenas del Chaco lograron quitarles la venda de los ojos que hasta ese momento vivían los bolivianos. A partir de esa tragedia se empezó a pensar como nación. También postularon la idea de que el infierno verde logró hermanar al sector mestizo, blanco e indígena que hasta esa época se desconocía mutuamente. Sobre este último punto, la novela chaquística y los diarios de los excombatientes nos muestran una realidad diferente. En el Chaco se agudizó un racismo sistemático al sector indígena que puede ser resumida en una palabra: repete.

Toda esta prédica nacionalista revolucionaria desembocó con la toma del poder en abril de 1952 por el MNR. Desde de ese momento la historiografía de Bolivia se fue ideologizando según la visión de los vencedores. Por eso no debe sorprendernos que hasta el día de hoy se tenga como máximos referentes de nuestra historia contemporánea al “Chueco” Augusto Céspedes, Carlos Montenegro, René Zavaleta y algunos otros. La nefasta herencia de la revolución de 1952 nos refleja una visión parcializada de la historia, la cultura y la política.

Volviendo a la década de los años treinta, en plena contienda bélica con el Paraguay los militares obligaron a Daniel Salamanca a dirimir del mando presidencial (del 5 de marzo de 1931 hasta el 27 de noviembre de 1934). Después de un breve tiempo (17 de julio de 1935) la muerte sorprendió a Salamanca, quedando una gran cantidad de papeles en su archivo personal. De manera póstuma se llegó a publicar el folleto Apuntes para una teoría del valor (1939). Pero el trabajo más ambicioso fue realizado por el historiador Eduardo Arze Quiroga, quien después de varios años de arduo trabajo logró ordenar y seleccionar minuciosamente toda la documentación dispersa de Daniel Salamanca, alcanzando a publicar en cuatro tomos el libro Documentos para una historia de la Guerra del Chaco (1951-1974). La abundante documentación rescatada de los anaqueles y cajas de Salamanca trataron de mostrar la otra cara del conflicto bélico con el Paraguay, donde convergieron asuntos políticos, diplomáticos y económicos. La idea de Arze Quiroga fue la de equilibrar las muchas posiciones interesadas donde se fueron consolidando visiones apresuradas y magnánimas de algunos episodios y personajes del Chaco. Seis años más tarde, el escritor y político David Alvéstegui publicó en cuatro volúmenes la biografía titulada Salamanca (1957-1970). La extensa obra trató de mostrar una visión favorable de la vida y obra de Daniel Salamanca. Estos intentos por salvar de la oscuridad al “hombre símbolo” y tener una visión imparcial de este periodo no lograron hasta el día de hoy cambiar las percepciones “cementadas” en el campo académico y universitario.

Dentro del archivo personal de Daniel Salamanca también se encontraron varios fragmentos o aforismos, que según parece, el autor tenía la intención de publicarlos. Los adagios tienen una data a partir del año de 1912 hasta 1926. Para que este proyecto no quedara desechado, los hijos de Salamanca recopilaron los pensamientos del “hombre símbolo” y publicaron el libro Las dudas y las visiones del camino (Instituto gráfico Oliva de Vilanova, Barcelona, 1951). En el prólogo del libro (firmado en Cochabamba, el 24 de junio de 1912), Daniel Salamanca explica cómo fueron concebidas sus distintas sentencias: “En el camino de la vida, fui anotando aquí y allá, casi siempre en papeles sueltos y en tiempos muy diversos, alguna que otra observación nacida por punto general de mi experiencia y relativa a menudo a algún caso real (…). Pero no sólo del mundo nacieron los pensamientos sino también del estado de mi alma y de las cuestiones que la preocuparon en el largo espacio de tiempo. Así se fue haciendo este trabajo en el curso del camino sin ánimo deliberado”. Más abajo, Daniel Salamanca intuyó el oscuro destino que le deparaba la historia: “Como la noche se avecina y las fuerzas se agotan. Sin esperanza ya de cosa mejor, no tengo más que exhibir la exigua cosecha que por casualidad he recogido”.

Fuente: Puño y Letra



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