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Narrativa gay boliviana comenzó ya en la Colonia



Narrativa gay boliviana comenzó ya en la Colonia
Por: Mijail Miranda Zapata

En una jornada en la que la purpurina y los zapatos de plataforma tomarán las calles de la ciudad para celebrar las diversidades sexuales y genéricas y reivindicar los derechos que los colectivos TGLB bolivianos, cabe recordar también a aquellos que trabajan por esta población, por visibilizarla, sacarla de la marginalidad y crear obras artísticas desde sus realidades.

Es el caso de Édgar Soliz, un escritor paceño, que a lo largo de su vida ha pertenecido a diversas agrupaciones y, aunque admite necesaria una separación entre su obra y algún tipo de activismo, su literatura y su inquietud por escarbar en el rastro de “lo homosexual” dentro las letras bolivianas, no dejan de ser una trinchera política.

Sobre esta búsqueda, Soliz habla con una erudición que, por momentos, intimida y enlaza cada una de sus ideas con referencias precisas e incluso algunas citas bibliográficas y datos sobre los autores que va desmenuzando con gran facilidad. Conversar con él es casi una clase magistral.

Sobre la primera pista de lo homosexual en la narrativa boliviana, Soliz se remonta a la época de la colonia, con “Relatos y Crónicas de la Villa Imperial de Potosí”, de Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela. En este documento, fundacional en bibliografía histórica nacional, se hace mención a unos “indios sodomitas” que recibieron un castigo divino, al morir quemados por un rayo mientras copulaban.

“Es la historia de unos indios que se atrevieron a amarse, en clave de crónica. En este relato, se lee de algún modo el contexto histórico. Separar a los homosexuales y nombrarlos como ‘los otros’, decir “los indios son sodomitas”, puntualiza Soliz.

Ya a mediados del siglo XX, el escritor asegura que la estudiosa Virginia Ayllón encontró la novela “Erebo” de Pablo Gumiel, un libro que confiesa no haber encontrado y que aún continúa buscando. Sin embargo, una investigación realizada por el académico norteamericano David William Foster, intitulada “Latin American Writers on Gay and Lesbian Themes”, confirman la referencia del casi desconocido Gumiel.

No obstante, a pesar de estos precedentes, Soliz apunta a que la novela fundacional de la literatura con temática homosexual, estaría en los años 70, en “Los papeles de Narciso Lima Achá”, de Jaime Sáenz.

“Narciso, el protagonista, en un viaje trasatlántico a Europa conoce a un hombre con el que mantiene un idilio amoroso. En esa medida, el tema homosexual se puede leer desde este personaje, en la medida en la que hace un viaje, no solamente con fines educativos, sino también de impulsos sexuales. Es un viaje de descubrimiento de su homosexualidad, del amor en él. Es importante leer a Sáenz desde esta óptica”.

Posteriormente, hay un vacío, principalmente por falta de una investigación más minuciosa y por la dificultad de acceder a los libros que posiblemente contengan estas temáticas.

Ya en los 90, Adolfo Cárdenas, en su “Periférica Blvd.”, asegura Soliz, le dedica todo un capítulo a unas Drag Queens, en estos, destaca su perfecta adaptación a la propuesta estética global de la novela. “Hay una exuberancia barroca en el lenguaje de la obra y también en estos personajes y el espacio que habitan, que no se acomodan al género binario, que pueden ser todo y exceden todo”.

También hay otros libros, como el “American Visa”, de Juan de Recacoechea, o “Morir en La Paz”, del chileno Bartolomé Leal, que hacen referencia y tienen a personajes trans como parte de sus relatos.

Pero, estos son personajes contruidos a partir de una mirada “heterosexual”. Es por eso que Soliz apunta a los relatos de Víctor Hugo Viscarra como el punto de quiebre, “porque logra leer estas subjetividades desde la marginalidad” y desde una voz que no parte de la ficción, sino desde lo vivencial, dándole a un halo de veracidad a este abordaje.

Finalmente, Soliz explica que actualmente hay muchos homosexuales escribiendo, pero ya como enunciación. Entre estos destaca el trabajo de Edson Hurtado, la poeta queer Rosario Aquim, Albanella Chávez o, incluso, trabajos de investigación como los de David Aruquipa.

Fuente: Opinion



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