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Nadie no podrá



Nadie no podrá
Por: Patricio Pron

Nacida en Buenos Aires en 1931 y muerta en esa ciudad en 1988, Sara Gallardo estuvo casada dos veces, vivió en siete u ocho países, tuvo cuatro hijos y publicó once libros, cinco de ellos novelas: Enero (1958), Pantalones azules (1963), Los galgos, los galgos (1968), Eisejuaz (1971) y La rosa del viento (1979). Leopoldo Brizuela (que prologó su Narrativa breve completa en 2009) llamó a su obra “una de las más reconocidas (y peor apreciadas) de su tiempo” en no poca medida debido a que, aunque popular (fue una de las periodistas argentinas más leídas de finales de los sesenta y setenta), Gallardo nunca consiguió conciliar para el público la imagen de escritora frívola perteneciente a la clase alta que cultivaba en sus artículos y la (en palabras de Martín Kohan) “originalidad radical” de su obra literaria.

Eisejuaz es un miembro de la etnia wichí, un “mataco” que se cree habitado por los espíritus de la naturaleza a la que rezaron su padre y los suyos, pero (a su vez) se esfuerza por ser un buen cristiano; en ese sentido, habita en una frontera que atraviesa constantemente: la que divide la vida en el monte y la de la ciudad, que redujo a las comunidades indígenas a la explotación y la pobreza, el pasado que se tuvo y el futuro del que ya no se dispone, la religiosidad pagana y la cristiana, que parece no comprender del todo. Al igual que Hazel Motes (el personaje de la novela de Flannery O’Connor Sangre sabia, que pretende fundar la “Iglesia de Cristo sin Cristo” y tiene una relación problemática pero salvífica con la fe, y que tal vez haya ejercido una influencia en Gallardo o quizás no), Eisejuaz es religioso de una manera que pone en cuestión la noción misma de religión, y su trayectoria es la de las terribles consecuencias que sus acciones tienen en los demás y en él mismo. Eisejuaz desea creer, pero ese deseo se ve obstaculizado por la frontera no sólo física en la que habita: los dioses crueles de la naturaleza siguen allí, y el Dios cristiano retribuye cada gesto de caridad con dolor y pérdida. Ni siquiera en el último momento deja de ser piadoso, sin embargo; pero esa piedad es dañina, para él y para los suyos.

Gallardo conoció al hombre que inspiró el personaje de Eisejuaz en la provincia argentina de Salta en 1967; si resulta inolvidable es también (y principalmente) a raíz de la lengua que concibió para este monólogo de enfermedad y muerte: una lengua de dobles negaciones (“Nada le hablé”, “Nadie no podrá”), desplazamientos gramaticales (“No se comemos gente pero sabemos matar”), silencios y formulaciones elípticas y de rara plasticidad que, al tiempo que rechaza implícitamente las formas tradicionales de representación del habla rural argentina, convierte a Eisejuaz en un profeta incendiario, que se despide del mundo con las palabras “La piedra que fui se ablandó; dejó libre el hueco. Aquel barro que él fue se lavó. Ya cumplimos. Queda el camino limpio. ¿Qué diré ahora? Diré: Bueno. Como la semilla en su ceguera, sin conocer el árbol de mañana”. Algo en esa lengua recuerda las obras de Juan Rulfo, Mário de Andrade, Antonio Di Benedetto y João Guimarães Rosa: Sara Gallardo (popular en vida, olvidada a continuación, recuperada afortunadamente en los últimos años) no fue menos talentosa que esos autores, y Eisejuaz (que la pequeña editorial boliviana Dum Dum trae ahora tras su recuperación en 2001 en la serie Clásicos de la Biblioteca Argentina, dirigida por Ricardo Piglia, y su publicación en El Cuenco de Plata en 2013) es una gran oportunidad de comprobarlo.

Fuente: El País



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