Síguenos en



Follow Me on Pinterest





Donaciones

Ayudanos a difundir libros gratuitos

Recomendamos




Los inmortales de Homero Carvalho



Los inmortales de Homero Carvalho
Por: Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Homero Carvalho Oliva escribe “La ciudad de los inmortales”, refiriéndose-como marco geográfico- a La Paz. Espectros del tiempo, de una época precisa en el autor, la de las dictaduras militares de cuando éramos jóvenes. En La Paz se centra el gobierno y sus actores y/o espectadores asisten a una representación teatral donde los detentadores del poder apuestan sus cartas. En ella, un grupo de jóvenes universitarios -narrados por una voz ubicua que puede ser la de cualquiera, la del novelista en especial que juega con las bocas de sus personajes para contar lo que quiere contar sin responsabilizarse de todo- idealiza el sueño de la revolución en el espacio temporal que el retorno democrático ha traído al país.

En lo personal, aunque ajeno a los avatares de la capital, “La ciudad de los inmortales” me toca. Pertenecemos a la misma generación, Homero y yo, más tantos otros nombrados y supuestos, y vivimos aquellos procesos de cambio muy de cerca. Fuimos ilusos juntos, y juntos nos desencantamos de ese tango que fue “la revolución boliviana”. Sin embargo, y eso transmiten las líneas del libro, eran tiempos de esperanza. A pesar de que la ilusión jugase su papel confundidor nos movía un impulso: aquel de que al final del camino existía una vida mejor, así parezca absurdo decirlo, una existencia libre de los trasgos militares que decidieron como por azar de malicia tener al país bajo su bota por el mayor espacio de nuestra juventud. En las noches nos sentábamos, en casa de amigos, y al ritmo de vinos rojos, a escuchar la música de la pronta gesta nicaragüense, con ritmo de bala.

Chino Murillo regresaba del exilio en Suecia, calzaba botas y boina de tanquista. Pleno de deseo e iniciativa al principio, lentamente, con la misma inercia en que nos acorralaron los corruptos, los de antes y los nuevos, fascistas y comunistas, falangistas y miristas, la boina perdió color y entre alcohol y sexo Chino ahogó los estertores de su -y nuestra- esperanza.

Otros aires recorren hoy las calles de La Paz, aires que miro con recelo y desconfianza. Los actores cambiaron, el tiempo los barre para dejar las letras de sus nombres de recuerdo. El radicalismo actual pasa por el tamiz de cuán indigenista se es para recibir aceptación. Dudo que los líderes, que en el fondo piensan (pueden estar seguros) en la desgracia de someterse a “indios de mierda”, deseen dar curso a un proceso histórico que augure transformaciones profundas en una racista Bolivia; sólo anhelan, como es sabido, lucrar en nombre de los desposeídos.

Volvamos a Homero y su excelente obra. “La ciudad de los inmortales” inaugura de manera seria una mirada retrospectiva hacia el banzerato, la frágil democracia, el garcíamezismo y demás desdenes. No se ha hecho antes un acercamiento literario tan bello y puntual al mismo tiempo. Carece de análisis sociológico y no importa, porque aunque trate de temas concretos los ficcionaliza, los incluye en la memoria de quienes recuerdan, subjetivamente. Con júbilo se anunciaba verano en la política; las mujeres, estudiantes ellas con Marta Harnecker bajo el brazo, se disponían a amar y despellejaban sus ropas ágiles ante la seducción que ejercía Bakunin; los cuerpos se recostaban debajo de los eucaliptos y en la pausa después del amor las parejas discutían si Lenin o Plejanov, Che Guevara o Nechaev, mientras el sudor les goteaba en los costados.

Homero es coloquial, relata lo que vio u oyó decir. Algunos hicimos huelgas de hambre, o huelgas solas; otros llevamos aliento a los subvertores. Sin embargo el escritor le quita al hecho lo que pudiese tener de sacrosanto. Porque nos equivocamos, porque siendo los casi niños que fuimos había en nuestra “revolución” grande infantilismo. No sabíamos disparar, ni idea tuvimos de que para combatir se necesitan agallas, y que al odio teníamos que oponer odio, y muerte a la muerte. Recuerdo cuando me llamaron porque en la clandestinidad se reunían Filemón Escóbar y la dirigencia de Vanguardia Obrera, y Jimmy Issa y yo teníamos que vigilar por si venían los esbirros de Arce Gómez a matarlos. Como idiotas nos paramos, a unas cuadras de distancia, corderos dispuestos al matadero, desarmados, los de afuera y los de adentro, una hermosa mañana de domingo, casi subiendo a la Taquiña que para mi contento transcurrió plácida. Corrí a casa, hambriento, después de mediodía, al ver irse a los complotados, uno a uno, por los pasadizos de Linde. Carvalho destruye, sin quitarle emoción y belleza, esa idea de que oponíamos una fuerza compacta al fascismo.

Comimos en la huelga de hambre, a escondidas, y amamos sociólogas frenéticas, desnudas de la cintura abajo, mientras el Señor de Mayo observaba el temblor de las carnes… dentro de una iglesia, claro.

No necesito entrar en el argumento. Lo de Homero es historia viva y a quienes menciona, la mayoría de ellos, todavía trashuman las calles. El tiempo ha cambiado. Lechín y otros jerarcas “de clase” han fenecido,

García Meza regenta un mínimo imperio en su prisión de Chonchocoro. Su sicario, Luis Arce Gómez, preso en los Estados Unidos, conocerá ahora el amor de los robustos brazos de los reos afroamericanos, y su iluso reino de droga y nacionalismo se hundió bajo las pretensiones, mejor las garras, de los más prácticos, ya sin distinción, en estas horas febles, de izquierda o derecha o centro.

Queda, aparte del amargor de la derrota, porque derrota es haber perdido el rumbo, un aroma de homenaje en esta novela de Homero Carvalho a aquellos que murieron, ya ni importa si valió la pena, por la sangre que corrió por las calles (venid a ver la sangre por las calles, dice Neruda). Y cuando la joven negra, hecha revolucionaria/ hecha puta, Condesa de Chicaloma-Garota de Irupana -personaje suyo-, toma venganza en sus manos, mostrando las falencias angustiosas de la izquierda nacional, nos da como final novelesco al menos un alivio.

Felicidades, Homero, por destapar los años, por la claridad que disipa las penumbras de un sueño.

Fuente: Puño y Letra



Escribe tu comentario