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Siringa. Memorias de un colonizador del Beni



Siringa. Memorias de un colonizador del Beni
Por: Willy Muñoz

La Biblioteca del Bicentenario de Bolivia publicó Siringa. Memorias de un colonizador del Beni (1946), obra póstuma del cruceño Juan Coímbra, con un estudio introductorio de Claudia Bowles.

De naturaleza híbrida, Siringa ha sido considerada, tipológicamente, como crónica novelada, un relato de viaje. Codifica los eventos de una expedición para explotar la hevea elástica —el árbol de la goma—, pero también hace referencia tanto a la historia de los orígenes de esa industria, como a la historia colonial y de la República.

Es un texto rico en detalles hidrográficos, así como de religión, mitos y leyendas de ese territorio, costumbres, festividades, sistema judicial y estructuras sociales.

La estructura episódica del texto permite a Coímbra describir el viaje que él mismo realizó por el territorio de Mojos entre 1896 y 1902. El autor se enmascara tras un narrador que relata sus experiencias de viaje. Relata las experiencias de aventureros que provienen de diferentes clases sociales y de múltiples lugares de origen, expedicionarios en pos de hacer fortuna a corto plazo para así retornar a sus lugares de origen. Atraídos por esa posibilidad, encaran la fatalidad escondida en ríos caudalosos y la selva impenetrable. Pocos son los que retornan con vida y con la fortuna soñada.

Hay que resaltar la función de Coímbra como antropólogo, si bien la limitación de espacio no permite especificar su visión antropológica. Recurro a las conclusiones de Clifford Geetz sobre el antropólogo como autor. Afirma que los textos de los antropólogos son creíbles por lo extensivo de sus descripciones, por “la sustancialidad de los hechos”, característica también de Siringa. La proliferación de las descripciones constata que el autor “estuvo ahí”. El resultado es el registro de las múltiples disciplinas del saber en su argumento. Sin embargo, Coímbra se distancia del antropólogo ya que su texto, epistemológicamente, carece de la supuesta objetividad del antropólogo para ofrecer a los lectores una versión poética, subjetiva, del expedicionario en las tierras del Beni.

Siringa fue publicada décadas después del viaje de Coímbra. La memoria de los numerosos riesgos que tuvieron que afrontar los expedicionarios mezcla el terror de encontrarse cara a cara con la muerte con los sentimientos de gozo que experimenta el autor al momento de reconstruir los hechos escrituralmente, trasunta la satisfacción vital del que sobrevive los peligros de la selva.

Coímbra se codifica como testigo, focalizador de lo que presencia, y no como actor principal, razón por la cual plantea una poética de admiración y de heroísmo de los que se atreven a atravesar el extenso territorio de la selva hermosa y libre, sin artificios humanos, o como lo define, paradójicamente, el narrador: “un viaje sin más destino que el de la libertad de aquel presidio; de aquel presidio con barrotes de pájaros agoreros y seres fabulosos…”. En esa prisión selvática, no deja de transparentar su admiración por la sacrificada labor del fregués —el que extrae la resina del árbol de la goma—, quien se adentra en los peligros de la selva en busca del árbol y camina “horas de horas vigilado por los ojos asustados de los pájaros y por cientos de otros ojos, misteriosos e invisibles, de los genios y duendecillos del monte. Había que tener condiciones para esta empresa: fortaleza física, serenidad, coraje y decisión instantánea”.

Admira también el valor y pericia de los fleteros, verdaderos argonautas de esos ríos, quienes tienen en sus manos la vida de sus pasajeros y son responsables de la carga de goma que transporta. El fletero otea el horizonte escudriñando el peligro: “con los ojos fijos semejaba un pequeño dios parado en su tronera”. Precisamente, la mitología camba crea un numen macho para el espíritu del río: “espíritu torvo y brutal que —como aquellas terribles deidades de los pueblos nómadas— más que corderos y niños inocentes, exige en su honor el sacrificio de vidas jóvenes, músculos nuevos y almas llenas de esperanza”. Ríos y selva forman en su conjunto, un todo que “enloquecía a esa pobre humanidad dentro de aquella viripotente selva, siniestra y bella a la vez…”.

El viaje, pues, es el tema que da continuidad a los diferentes episodios, travesía que codifica el enfrentamiento de hombres bravíos contra una naturaleza indómita, en cuya majestuosidad la muerte espera en cualquier recodo.

Estas notas son meras ideas de un texto que merece un estudio exhaustivo.

Fuente: La Ramona



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