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Eisejuaz y Gilgamesh: los caminos del Otro



Eisejuaz y Gilgamesh: los caminos del Otro
Por: Roberto Laserna

Cierta vez tuve la oportunidad de subalquilar un departamento habitado. Sus dueños estaban de viaje y, por pocos días, nos lo rentaron con todo lo suyo.

Eran estudiantes del doctorado en arqueología y tenían unos libros que para mí eran totalmente extraños. Ahí descubrí un texto fascinante: el poema épico de Gilgamesh.

El poema

Hasta entonces, Gilgamesh el Inmortal era para mí un personaje de historieta, que vivía en las colecciones argentinas D’Artagnan con guiones de Lucho Olivera primero y de Robin Wood después. Pero resultó que era mucho, pero mucho más que eso. El poema épico original me cautivó y es desde entonces uno de mis libros favoritos. No solamente porque es un verdadero hito en la cultura humana, ya que se trata de la primera obra literaria jamás registrada por escrito, sino porque su lectura permite viajar en el tiempo hasta las más antiguas civilizaciones y encontrarse con los sueños, las visiones, las creencias y los valores de quienes las vivieron.

Por supuesto, no es fácil leer esa leyenda debido a su forma de poema épico, pero sobre todo porque lo que uno encuentra ahora es un rompecabezas reconstruido por los arqueólogos y lingüistas a partir de las tablas de arcilla que se encontraron en sitios de la antigua Mesopotamia, y que pueden no estar completos. De hecho, no se conoce ninguna versión íntegra. En aquellos tiempos la escritura se plasmaba en tablas de arcilla de símbolos cuneiformes que, por supuesto, requerían mucho cuidado ya que podían romperse fácilmente. Y se sabe que muchos, al copiar la leyenda, le quitaban o agregaban partes para hacerla más actual o más relevante a su entorno social y político. Así, es una obra de muchos autores y que fue “escribiéndose” a lo largo de varios siglos. En castellano tenemos el privilegio de contar con una traducción directa del acadio hecha por un mexicano, Jorge Silva Castillo.

La novela

He recordado a Gilgamesh muchas veces mientras leía Eisejuaz. Tal vez resulte atrevida mi relación pero no pude evitar sentir esa sensación. No pretendo equiparar ambas obras, ni mucho menos, sino explicar la misma sensación de extrañeza y asombro que tuve al leer esos textos, de encuentro con experiencias muy primitivas pero que al mismo tiempo son muy profundas y trascendentes.

Debido a esta sensación en mi lectura, ciertamente muy subjetiva, pienso que la novela Eisejuaz, de la argentina Sara Gallardo, recientemente publicada en Bolivia por Ediciones Dum Dum, puede también considerarse un poema épico que, al igual que Gilgamesh, es capaz de transportarnos en tiempo y espacio hacia una sociedad ajena, remota a nuestra experiencia cultural.

Aunque por su tiempo y ubicación la novela a momentos nos alcanza y toca, de una manera inesperada, o tal vez, indeseada. Ella transcurre ya avanzado el siglo XX y en la zona fronteriza entre Argentina y Bolivia.

La novela de Sara Gallardo no está escrita en versos, pero en muchas partes se leen párrafos enteros que tienen tanto ritmo y melodía como un poema. Y la épica resulta mucho más notable cuando etiquetamos al personaje con nuestros parámetros culturales: es un indio chaqueño perteneciente a la etnia de los matacos, viudo y sin hijos, que aprendió a leer en una misión pero que se niega a hacerlo, y que en su terrible pobreza se alimenta incluso de gusanos y lagartijas. Ha desempeñado trabajos duros y humildes. Ha sido lavador de copas en un bar, leñador en el monte y aguatero en un burdel. Pero su vida interior, profundamente enraizada en sus tradiciones, es tan intensa que trasciende ese pequeño mundo de las cosas para conectarlo con los mensajeros de aquél que “está solo, que no nace, que no muere”.

El Otro radical

Eisejuaz (Este también) está más allá de nuestra mirada, esa de las etiquetas. De hecho, vamos descubriendo poco a poco que también se llama Lisandro Vega. Pero a medida que captamos con esfuerzo esos contornos reconocibles, encontramos que resultan absolutamente inservibles, tanto para él como para nosotros. Eso nos incomoda como lectores, pero eso es también lo que nos asombra en la lectura. El mundo interior, el de los sueños y la imaginación, es más fuerte y poderoso.

La épica de Eisejuaz es también incómoda por la denuncia que entraña acerca de la destrucción de su mundo material, resultado de la expansión de la economía de los blancos y su lógica de dominio y subyugación de “lo salvaje”. El protagonista vive y sufre ese proceso y lo sabe imparable e irreversible. Aún así, no lo vive como una derrota porque él la convierte en un designio divino cuya realización lo acerca al mundo del que “está solo, no nace, no muere”.

A diferencia del antiguo indigenisno, de los Arguedas, Icaza, Sabogal, Botelho, Lara, que trataba de demostrar que el otro no es en el fondo tan distinto de uno, el que escribe y el que lee, Sara Gallardo en su novela trata de demostrar que el otro es otro precisamente porque es distinto a uno, y es así como debe ser reconocido y apreciado, en su disimilitud y alteridad, en la dificultad y el desafío de comprenderlo como es y no con los cristales a través de los cuales lo miramos.

La épica de Eisejuaz, como la de Gilgamesh, nos confronta con las limitaciones de nuestra racionalidad al acercarnos a una que es muy diferente en imágenes, valores y lenguaje.

A momentos uno se siente tentado de reconocer en Eisejuaz un arquetipo de los matacos, sobre todo cuando, como es mi caso, conoce tan poco de su cultura. Contribuye a ello el hecho de que los suyos lo buscan reiteradas veces para hacerlo su jefe, seguramente porque reconocen en él las mejores cualidades de su etnia. Pero él rechaza ese honor y esa responsabilidad, asumiendo más bien la que considera su misión individual. Claramente, como me lo hizo notar Edmundo Paz Soldán, la autora de la obra, Sara Gallardo, se aleja del indigenismo también al profundizar en la personalidad del personaje, en su “rareza” individual, alejada del “ser típico”.

Es posible que un día un congreso de antropología demuestre que todo en la novela es falso y que nada de lo que se lee en Eisejuaz permite afirmar que refleja o ilustra la cultura de los matacos, o su “cosmovisión”. Si acaso aquello ocurre hará que esta novela sea aún más grande, porque en ésta la autora hizo verosímil la mentira, que es lo que hace toda gran literatura.

Al final de la novela, Eisejuaz sigue siendo miserable y sucio. No triunfa y tampoco se acerca a ti, como lector. Sigue siendo ajeno pero ya no es distante, porque lo conoces mejor y seguramente lo estarás respetando, cuando no amando. Y sentirás lástima de ti cuando vuelques la última página y sepas que la novela ha terminado y no tiene continuación.

Fuente: Ideas



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