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Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana



Magela Baudoin o la nueva literatura boliviana
Por: Anna Maria Iglesia

De padres bolivianos y nacida en Caracas en 1973, Magela Baudoin se define como una “boliviana por elección. Yo elegí ser boliviana”. Siendo muy pequeña dejó Venezuela y se crió “entre libros” en Bolivia: “mi padre era un gran narrador”, recuerda la autora, que confiesa no recordar “si algunos libros los he leído o los he escuchado recitar por mi padre”. Escritora y periodista, Baudoin combina ambas profesiones, aunque en los últimos tiempos la literatura ha adquirido mayor protagonismo, sobre todo a partir de la obtención del Premio García Márquez por La composición de la sal, un libro de relatos que ahora llega a España de la mano de la editorial Navona.

Los relatos de La composición de la sal se construyen, en palabras de Alberto Manguel, a partir de “la inminencia de una revelación que no se produce”. ¿Es consciente de esta lógica de la continuada postergación que rige sus relatos?

No es posible decir que es un ejercicio plenamente consciente, porque esto implicaría que la literatura fuera un acto completamente premeditado y esto no es cierto. Pero seguramente proyecto en mi estética el tipo de lectora que yo soy, una lectora que le gusta el desplazamiento, que le gusta moverse y le gusta pensar mal. Soy una lectora que habita en el escepticismo y que le gusta dejarse estar en la historia. Si alguna imagen para pensar mi propia estética es la de un negativo de una foto, es decir, siempre pienso que mis cuentos son un negativo, que alude y, a la vez, elude una realidad que nunca explica. Aborrezco la literatura explícita.

¿Cree que abunda la literatura explícita?

Hay y no la hay, yo solo puedo decir lo que me gusta hacer. Lo que puedo decir es que para mí el arte es precisamente esto: la posibilidad de que el otro complete el sentido. En este sentido, mi estética no es fácil, sino que obliga al lector a “tomar parte de”.

En sus relatos, el lector debe completar un sentido que usted elude mostrar.

Sí, dialogo mucho con el silencio y, por tanto, con espacios de elusión y quiero que el lector habite y complete estos espacios de la ambigüedad. La falta de concreción tiene que ver con mi diálogo con la poesía. Soy una antigua lectora de poesía y hallo que hay mucha poesía en el cuento, sobre todo en lo referente a la composición de sentido. La poesía es poesía porque anuncia, no muestra. Y, para mí, si algo es mágico y rotundo en la poesía es la posibilidad de construcción de sentido fuera del texto. Trabajo la literatura desde esta perspectiva, pensando la literatura como un viaje compartido y, por tanto, teniendo una fe enorme en la figura del lector.

¿Trabaja desde una perspectiva distinta cuando escribe novela?

En la novela el lugar del lector no cambia, el lector sigue siendo alguien activo, sin embargo, la composición de la novela tiene otra música, una música más lenta, que permite una cadencia, una exploración más profunda, otra respiración. La novela permite una exploración más psicológica e, incluso, más sociológica del mundo. El cuento, por el contrario, es un aparato de potencia y de profundidad que admite muy pocos fallos. El cuento te exige una conciencia plena del arte facto literario.

Lo que aúna todos los relatos de La composición de la sal es la idea de ambivalencia

Efectivamente, probablemente aquello que aúna todos los cuentos es la ambivalencia del habitar, del acaecer. Creo que si alguna unidad tiene el libro es que todos los personajes están siendo, están acaeciendo, se están transformando y torciendo en su espacio vital. Me interesa la ambivalencia, aquello no es ni el blanco ni el negro y, sobre todo, la ambivalencia entre lo bueno y lo malo: la sal puede servir para sanar, pero también para hacer daño –una tortura era poner sal en las heridas abiertas.

El cuento que da título al libro tiene como trasfondo las ansias de “recuperar el mar”, por parte de la sociedad boliviana, a la que se describe como una sociedad patriarcal.

Exacto. Y por estos dos motivos, este es un cuento particular, porque habla de cómo se quiebra un hombre, algo imposible en una sociedad patriarcal como la nuestra, una sociedad donde es imposible que un hombre se doblegue ante el dolor y no pueda hacer nada más que llorar, si bien llorar es algo muy humano. Al mismo tiempo, el cuento es particular porque el protagonista que no puede dejar de llorar encuentra que la única solución posible para dejar de llorar es algo que para un boliviano es imposible: bañarse en el mar. Es paradójico que en Bolivia la solución a todos nuestros problemas históricos fuera y siga siendo la recuperación del mar, algo que todos nosotros sabemos imposible. La recuperación del mar es un ideal que, como todo ideal, está muy lejos de cumplirse. Me gustaba jugar con esta doble imposibilidad: la imposibilidad histórica y la imposibilidad vital -la del hombre que se quiebra- en una sociedad como la nuestra.

Si en el relato La composición de la sal se muestra la humanidad de un hombre que se quiebra, en Algo para cenar se nos presenta su opuesto: un niño que desprecia con bastante crueldad a su madre.

Es cierto, aunque el niño lo que hace relacionándose así con su madre es buscarse, buscar quién es. Lo que me interesa en este cuento y en los demás es ver cómo los espacios vitales de la identidad se componen de acuerdo a las circunstancias y cómo estas circunstancias, a veces, te llevan a límites realmente inesperados. Quería explorar cómo cualquiera de nosotros somos capaces de hacer cosas que jamás habríamos imaginado y en esta posibilidad de hacerlo nos revelamos como alguien distinto a lo que nosotros creíamos ser. Y quería indagar sobre la ambivalencia entre lo que creemos ser y lo que somos a partir de los espacios domésticos. Me interesaba indagar sobre cómo nuestra identidad se quiebra en espacios tan sencillos, tan aparentemente definibles como son los espacios de nuestra cotidianidad.

El relato Moebia, donde se describe una cárcel laberíntica, es un explícito homenaje a Jorge Luis Borges.

Borges es, sin duda, uno de mis autores de cabecera. Está siempre a mi lado, sobre todo, su poesía; es un autor al que recurro para sanarme, para expandir el universo, para volver a quien soy. Y Moebia era una exploración de la posibilidad de encontrar un camino donde es imposible encontrarlo; Moebia representa las mil posibilidades de un laberinto y, evidentemente, terminó siendo un homenaje al maestro de los laberintos.

Pero, ¿por qué imaginar el laberinto borgiano como una la cárcel?

Cuando escribo, siempre lo hago, en parte, desde el periodismo: mi ojo periodístico siempre está buscando nuevas historias. Y un día me encontré una historia que me llevó a este relato. Se trataba de la historia de alguien de alguien del mundo de la “normalidad” que llega a abismarse a ese otro –el de la cárcel- y encuentra que ambos mundos se parecen más de lo que hubiera podido pensarse. Los dos espacios se reflejan, funcionan como dos espejos y esta idea del espejo es muy borgiana. En seguida esta historia me llevó a este relato, que nace de una perla de la realidad, de una historia que estaba ahí y me impacto. Normalmente, siempre me sucede así: hay algo de la realidad que me impacta y, entonces, empiezo a explorar y a preguntarme “qué sería sí…”

¿La práctica periodística, por tanto, ha influido en tu literatura?

Claro, conscientemente me encuentro siempre espiando la realidad. De todas formas, creo que mi espacio creativo proviene de muchos lugares: del impulso de crear historias, de lo lúdico, de la búsqueda de respuestas, que es el espacio del periodismo, y también del dolor, es decir, ese espacio desde el cual respondo a mis fantasmas. A partir de estos espacios creo mi poética, a veces planteando un mero juego y, a veces, buscando respuestas a preguntas que vienen de historias que encuentro en la realidad o que son más personales. Como diría Alicia, escribo para preguntarme quién soy y a dónde voy.

¿Cuál es la formación literaria de Magela Badouin?

Es una hermosa pregunta, porque yo tuve una educación sentimental muy clásica: mi abuela era muy lectora y mi padre era muy narrador, me leía los clásicos y en mi infancia habité junto a Dumas, Salgari, con la poesía de los simbolistas, pero también con Jane Austen y las hermanas Bronte. En la adolescencia, llegó inevitablemente Herman Hesse y, a partir de ahí, mi búsqueda literaria me fue llevando por distintos caminos. Los autores del Río de la Plata están obviamente presentes, están ahí Cortázar, Arlt, Borges, Laiseca… Sin embargo, junto a todos ellos, está también la literatura norteamericana, sobre todo, la literatura sureña con autores como Faulkner, Flannery O’Connor, Carson McCullers y Hemingway. Si te fijas, se trata de narrativas que incorporan un lector escéptico, un lector que interviene e interpreta lo que está pasando.

En su formación, se combinaron una literatura metaliteraria con una literatura más arraigada a lo real y al detalle de lo real.

Efectivamente, ahí están los autores del Río de la Plata y ahí está también la poética del detalle de Chejov. No es una mezcla consciente, pero sí es cierto que son dos marcas importantes en mi poética. Si me preguntan de quién soy hija, diría que conscientemente soy hija de Chejov, pero inconscientemente me cruzan muchos autores

¿Cómo ve actualmente la literatura boliviana?

Yo creo que la literatura boliviana está en un momento muy interesante y, de hecho, está concitando la atención internacional. Hoy parece que la literatura boliviana ha querido saltar su insularidad para mostrarse finalmente sin complejos y, ahora, está siendo descubierta como lo que es: una literatura plenamente singular, de una fuerza muy importante y que dialoga, por una parte, con lo local y, por otra parte, con lo global. Encontramos, entremezclados, escritores realistas, escritores que dialogan con lo fantástico y escritores que dialogan con la ciencia ficción; todos ellos están contando un país que, de alguna manera, sigue anclado en el tiempo, pero también conectado en el tiempo.

Acaba de recibir el Premio García Márquez, a través del cual ahora publica en el mundo literario español. ¿Cómo vive esta experiencia literaria-editorial?

Alcanzar un premio tan importante como el García Márquez no deja de ser una sorpresa, no deja de ser una retribución del azar que una no termina de creer, sobre todo porque García Márquez era un luminoso cuentista, de los más grandes que hubo. Por lo que se refiere a publicar en España, es como completar un recorrido, que ha tenido este libro a partir de la obtención del Premio. España es el octavo país donde se publica La composición de la sal y publicar aquí abre una senda que espero sea fructífera. España sigue siendo un norte importante en las letras hispanoamericanas y, para un autor boliviano, el hecho de que un libro salga de Bolivia es algo de por sí muy importante.

¿Considera que Bolivia es un país literariamente cerrado?

Sí, porque históricamente Bolivia ha estado fuera del circuito literario internacional a pesar de tener importantísimos autores, como Ricardo Jaime Freire que, junto a Darío y Lugones, fue el padre del modernismo, o Fran Tamayo o Hilda Mundi, que fue una vanguardista tremenda. Y así puedo citar muchos más autores, como por ejemplo Augusto Céspedes, un gran autor de relatos muy poco conocido. Todos estos autores han quedado circunscritos a un territorio bastante incomunicado; afortunadamente esta incomunicación se ha ido rompiendo y, como te decía, el territorio hoy está más presto a comunicarse con su entorno internacional y, por tanto, la literatura boliviana está hoy más expuesta, despertando una curiosidad importante.

Fuente: theobjective.com



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