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La visión de la muerte de Guillermo Bedregal




La visión de la muerte de Guillermo Bedregal
Por: Óscar E. Jordán Arandia

Cuando Guillermo Bedregal García (1954-1974) murió en un accidente automovilístico tenía sólo 20 años.

Pero la obra escrita que dejó tiene un valor significativo para la historia de la literatura boliviana debido, entre otras cosas, al carácter auténtico de su estilo y a la singular combinación temática del subjetivismo con el paisaje local. Pero hay un hecho singular que marca, inevitablemente, su vida y es la relación estrecha y misteriosa que tenía con su propia muerte.

Guillermo Bedregal era “un poeta hecho y derecho”, como lo definió Jaime Sáenz; “un soñador enigmático”, según su padre, Guillermo Bedregal Gutiérrez; un ser que apenas empezaba “a visitarse”, en palabras del mismísimo poeta.

Su trabajo poético es conocido a través de sus libros póstumos: La palidez (1975) y Ciudad desde la altura (1980), publicados por su maestro y amigo Jaime Sáenz, conjuntamente a la viuda de Guillermo Bedregal, Corina Barrero; y Empiezo a visitarme (2001), una edición de Arturo Orías.

Todos ellos, escritos entre mayo de 1972 y octubre de 1974, mes en el que murió el poeta en circunstancias por demás insólitas.

Hay, además, cuatro testimonios fundamentales respecto a Bedregal que valen la pena mencionarlos para hacer un pequeño bosquejo de los momentos más importantes en sus dos últimos años de vida, y rastrear las relaciones del poeta con su propia muerte: los prólogos de Sáenz a La palidez y Ciudad desde la altura; el “Exordio inusual”, escrito por su padre y que aparece en la primera y única edición de Empiezo a visitarme; y el prólogo de Juan Carlos Orihuela para el último libro antes citado.

La Paz y el “conocimiento de Jaime”

En mayo de 1972 llegó a La Paz Guillermo Bedregal cargando en sus espaldas el “haber vivido avatares políticos violentos aquí en Bolivia, su patria, y también en Chile durante los años del horror fascista”, según relata su padre, Guillermo Bedregal Gutiérrez, un coloso de la política nacional.

Cuando Jaime Sáenz (1921-1986) conoció a Bedregal -en el segundo semestre de 1972- éste tenía 18 años y aquel 51. Sáenz había publicado para ese entonces seis de los nueve poemarios que editó en vida y tenía casi listo Al pasar un cometa (1982) y su novela Felipe Delgado (1979).

Desde el primer momento, sus poemas dejaron impresionado a Sáenz y, de inmediato, lo nombró miembro del “directorio de los Talleres Krupp”, una especie de grupo de trabajo literario, que lo dirigía el mismo Sáenz.

Pero aquella impresión fue mutua, ya que el mismo Bedregal apunta, con puño y letra, en las carátulas de su manuscrito de Empiezo a visitarme los hechos más importantes desde su primer regreso a Bolivia, entre ellos están: “Conocimiento de Jaime”, “Verdadero descubrimiento de la ciudad”, “Jaime Sáenz”.

Sáenz ya tenía gran prestigio de oscuro poeta maldito, cuyas extravagancias y actos poco convencionales le ganaron la atención de propios extraños y marcaba la pauta de gran parte de los escritores de esa época. En ese momento, daba clases en la carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés y dirigía la revista literaria Vertical. Estaba rodeado de curiosos, admiradores, poetas y escritores, que fueron, precisamente, los que constituyeron su grupo más cercano de amigos.

Pese a todo ello, la influencia de Sáenz en la poesía de Bedregal es mínima, y quizás el único común denominador sea la muerte.

En los mismos manuscritos de Empiezo a visitarme, editados por Plural, hay anotaciones de Bedregal que revelan cierta pesadez y oscuridad que se van agravando paulatinamente en una eufórica producción literaria y que culmina, curiosamente, con la edición de sus tres libros, semanas antes de morir.

El fin

Tres meses antes de morir, el 2 de agosto de 1974, Bedregal contrajo matrimonio con Corina Barrero, una estudiante de Literatura que también era discípula de Sáenz. Mientras tanto, el poeta conducía su propio programa de radio, El Alcázar; trabajaba en la revista Vertical, y estudiaba Filosofía en la Universidad Mayor de San Andrés.

Semanas atrás, Bedregal le había entregado a su amigo los originales de La palidez para que le dé una opinión al respecto y, a principios de octubre, hace lo mismo con Ciudad desde la altura. En ese mismo mes, el último de su vida, confía a su esposa Corina los originales de Empiezo a visitarme.

En tan sólo 30 meses Bedregal preparó tres libros, con más de un centenar de poemas, cuya complejidad poética y vivencial causa asombro e incluso miedo. La sombra de la soledad, la ausencia, la pérdida, el acabamiento están presentes en casi todos los poemas.

A principios de octubre, días antes de su accidente, entre truenos y relámpagos, flores y piedras, lluvia y abismos, el enigmático solitario y misterioso Guillermo sabía exactamente que el acabamiento, la llegada del fin, estaba próximo.

Y no lo digo yo, sino Sáenz: “Una noche a principios de octubre y cuando a todo esto se hallaba trabajando febrilmente en los poemas de Ciudad desde la altura, Guillermo apareció en casa.

Retornaba de Llojeta -retornaba de la altura, bajo una lluvia torrencial, y llevaba entre sus manos unas flores y unas piedras- casualmente, era una fecha de especial recordación. Esa noche, a lo lejos, se encendía el relámpago en el silencio- y el recién llegado vestía de negro. En realidad estaba de luto -pensé yo-, y tendría sus razones; las piedras y las flores querían decir algo”.

Guillermo Bedregal Gutiérrez recuerda, en el “Exordio Inusual” de Empiezo a visitarme, cómo se enteró de la muerte de su hijo: “Intempestivamente, un sábado caliente y matinal en Caracas, sonó el teléfono de mi oficina. Era la voz temblorosa de mi madre, con quien Guillermito vivía acompañándola en La Paz, después del fallecimiento de mi padre. Nos informó la súbita muerte de Guillermito en un accidente automovilístico”.

Lo cierto es que el 26 de octubre de 1974, el poeta se estrelló en su automóvil, en la zona de Sopocachi, junto a su cuñado y su amigo el Loro. De los tres, sólo murió Guillermo Bedregal. Y sólo él sabía -lo atestiguan sus poemas- que el fin estaba próximo ¿Lo intuía o lo evocaba? Eso, solo el poeta lo pudo saber.

Fuente: Ideas



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