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Panza de Oro, una celebración anómala



Panza de Oro, una celebración anómala

Al hablar sobre un festival de poesía es posible hacerlo desde distintos enclaves. La constante falta de recursos con los que suelen gestarse. El escaso público que asiste a sus presentaciones. La mala leche con que los escritores que no fueron invitados se refieren a los organizadores, etc. Ninguno de estos temas —como ninguno de muchos otros—, resultan ajenos al Panza, pero en esta ocasión no ahondaremos en ellos. Y como ya en otras oportunidades hemos aclarado el por qué lo hacemos y el para qué, hoy nos enfocaremos en los dónde.

Cada festival tiene su propia naturaleza. Muchas veces ni los mismos responsables reconocen en un comienzo la totalidad de esta, ya que se va explorando a sí misma a medida que se pone en marcha, a medida que se desarrolla. Y uno, atento, va tomando notas sobre su organicidad. Al menos, así ha resultado para nosotros. Hacedores poco ortodoxos al momento de entender y accionar en el mundo de las letras y la gestión.

Sin duda, esto último es algo que ofrece la independencia. Y que hemos sabido aprovechar quienes, en esta macro región, apostamos por la creación de alianzas y tráficos entre autores y obras literarias. Ejemplo de ello es el trabajo realizado entre la frontera Chile-Perú por la editorial Cinosargo y su festival Tea Party, y por la nueva editorial Navaja con su festival Matute que —desde Iquique, Chile y bajo estas mismas lógicas—, nace estrechamente ligado a la idea de transfrontera.

Entonces, el primer dónde sería un territorio determinante. Chile, Perú, Bolivia, pero no sus capitales, sino sus provincias; esas zonas reducidas a las decisiones que se toman sin miramiento alguno desde los poderes centrales. De este modo, en los últimos años el tránsito ha sido intenso. Decenas de autores se han desplazado con sus propuestas de un lado y otro de esta histórica triada de naciones, permitiendo una lectura renovada de sus diferencias y similitudes.

Luego, los otros dónde. Los lugares específicos en los que cada festival decide llevar a cabo sus actividades. Porque si bien se comparten los lineamientos antes mencionados, nadie pretende homogeneización alguna. Y habrá quien prefiera la plaza y el megáfono, los sitios patrimoniales, los salones universitarios, y quienes opten, como nosotros, por psiquiátricos, cárceles, audiológicos, colegios y bares.

Estaremos de acuerdo en que no hace falta mucha habilidad para reconocer en todos ellos ciertos rasgos en común. El principal obedece a que se trata de sectores de la población que, de manera muy limitada, se asocian a actividades de este tipo. La poesía tiene sus riesgos, ya se sabe. Incita a reflexionar sobre nosotros mismos y sobre nuestros contextos. De ahí su ridiculización a lo declamatorio en los recintos educacionales. No es casual. Nada lo es en estos terrenos.

Ahora bien, la anormalidad bien podría considerarse otro atributo importante. El distanciamiento con el que el ciudadano promedio encara todo aquello que se le escapa. A lo que se encuentra “más allá” de sus posibilidades de entendimiento. Lo trans, si se quiere, en tanto fonética y signo lingüístico, en tanto petulancia frente a los entredichos de la razón o en tanto penas, comportamiento y libertades. En resumen, lo que supera a quienes temen cualquier síntoma de singularidad, entonces, es nuestro principal dónde.

Así, desde su nacimiento en el año 2014 este festival, cuyo nombre nos remite al goce, ha ido sumando los espacios que en esta cuarta versión consolidan su carácter. Ya sea a través de sus vínculos con el centro penitenciario San Sebastián de Mujeres, con quienes ha trabajado satisfactoriamente desde un comienzo, gracias a sus responsables y a su población penal, al Instituto Psiquiátrico San Juan de Dios, quienes son parte importante desde nuestra segunda versión y donde este año se abrirá el festival con la primera de las lecturas, o mediante la labor compartida con la Unidad Audiológica Fe y Alegría y el compromiso incondicional de su plantel docente.

Mención aparte merece el interés demostrado por quienes son responsables de los colegios La Salle, Daniel Salamanca, Edgar Montaño y el recientemente sumado San Agustín, así como por los profesores de aquellos cursos que, entendiendo el valor de la poesía, cada año esperan a nuestros invitados nacionales e internacionales con una disposición aplaudible. Del mismo modo, los espacios que se han hecho partícipes y han apoyado la realización del festival este año: Centro Pedagógico Simón I Patiño, Centro de Documentación e Información Bolivia CEDIB, Café Bistrot Caracol, Sub Pub y Centro Penitenciario San Antonio.

A pocos días de la versión 2017 del Panza de Oro que en esta ocasión reunirá no solo a autores de Chile, Perú y Bolivia, sino que además sumará a escritoras de Argentina y Uruguay, se nos hacía necesario abordar la importancia de los dónde. Esto, porque decidir tal o cual escenario al momento de hacer lo que hacemos, otorga pistas que nos permiten una panorámica ampliada de nuestras acciones. Ya sea, para nosotros mismos o para quienes resulten interesados en la cara pública e incidental de la poesía.

Celebramos y agradecemos la apertura de cada uno de los centros e instituciones que han confiado en nuestros objetivos. Esperamos que nos sigan acompañando en las futuras versiones de este festival que gusta de saberse operando “del otro lado” de la contención y la normatividad.

Fuente: La Ramona



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