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Edmundo Paz Soldán: “La violencia nos ha servido para sobrevivir”



Edmundo Paz Soldán: “La violencia nos ha servido para sobrevivir”
Entrevista a Edmundo Paz Soldan
Por: Sergio de la Zerda

El rol de la violencia y la religión en la conformación de las comunidades es, entre otros, un tema que el lector puede identificar en la reciente narrativa de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967). Violencia y religión son algo que tienen en común su libro de cuentos Las visiones (Ed. Páginas de Espuma – Nuevo Milenio, 2016) y su novela Los días de la peste (Ed. Malpaso – Nuevo Milenio, 2017).

El primero se ambienta en el mundo distópico planteado en Iris (2014), y presenta relatos de luchas entre pueblos conquistados y conquistadores, desesperanzadoras perspectivas sobre los avances tecnológicos y seres acostumbrados al uso de drogas para todo tipo de experiencias, lo que, además de la ominosa vida misma descrita, genera las constantes visiones. La reciente novela, por su lado, transcurre en una cárcel y un pueblo tan bolivianos como latinoamericanos, un micromundo en el que se condensa toda la corrupción material y moral de la que es capaz el hombre, en medio de tensiones políticas, teológicas y salubres.

Una acelerada y casi cinematográfica narración atrapa al lector de estas historias. De sus matices e implicaciones nos habla el escritor y profesor de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Cornell (EEUU), el Premio Nacional de Novela 2002 y un gran mentor de la nueva generación de escritores bolivianos al haber sido el suyo uno de los primeros nombres que en lo contemporáneo ha trascendido las fronteras del país.

El lenguaje de Las visiones tiene una serie de palabras que parecen sacadas del habla popular boliviana (oies, quivo, chairus, trankapechos) y otras adaptadas del inglés (fokear, pipol). ¿Cómo fue la selección para su uso? ¿Hay algún criterio sobre su sonoridad?

El principal criterio fue la sonoridad de las palabras. Más intuición que razón. A veces encontraba una palabra que me gustaba por cómo sonaba y me ponía a jugar con ella, a ver cómo incorporarla en el lenguaje de los cuentos. Los poetas nunca pierden el sentido lúdico de las palabras, los narradores a veces nos volvemos demasiado utilitarios con ellas. Yo quería que el habla de Iris diera la sensación de un lugar verdaderamente otro, que remite a varios lugares pero está siempre moviéndose, no termina de fijarse.

Las drogas en el mundo distópico que plantea son de uso cotidiano y muchas veces generadoras de las metafóricas visiones que planea. ¿Cree que el uso de estupefacientes será tan masivo en las siguientes décadas?

Las drogas están en el principio de nuestra historia y lo estarán en el final. El desafío para una sociedad consiste en cómo regularlas, porque se ha visto que una prohibición cerrada lleva al fracaso. Hay que ver cuáles se podrían legalizar y cuáles son letales a nivel individual y social.

En sus relatos, la tecnología también parece ser solo otro generador de soledad. ¿Esta terminará con las concepciones colectivistas del hombre?

Siempre estaremos buscando formas de crear una comunidad y no perderemos la utopía de construir una sociedad plena e igualitaria. A la vez, apenas creamos una comunidad, no nos conformamos con ella y comenzamos a incubar el mal que se la llevará por delante.

Por otro lado, el ser humano, ya en la realidad, pero sobre todo en su visión futurista, ha naturalizado la violencia. ¿Está en nuestra naturaleza?

Claro que lo está. Nos ha servido para sobrevivir en un mundo en que las cosas no estaban necesariamente a nuestro favor. Llevamos esos impulsos atávicos a todas partes, y a veces no nos damos cuenta de que hemos logrado más cosas deponiendo las armas y elaborando sistemas sociales complejos para vivir en paz con nuestros vecinos e incluso con nuestros enemigos. La diplomacia, la capacidad de llegar a acuerdos cediendo parte de nuestras pretensiones, es nuestro instrumento más sofisticado de supervivencia.

Y un tema común en Las visiones y en Los días de la peste (de hecho en esta novela es el detonante) es la religión. Por supuesto, todas las religiones tienen contradicciones entre sus doctrinas y cómo se aplican. En sus obras, sin embargo, estas contradicciones son exaltadas, dando la idea de que la fe tiene poco fundamento. ¿Cuál cree que es el rol de la religión en la sociedad?

Un rol fundamental, tanto en su lado espiritual como en su lado más secular. Sin la fe, sin el fervor popular, no hay una Innombrable en La Casona y en Los Confines. Pero la religión no se acaba ahí y también es parte de los juegos de poder de una sociedad. En estos últimos libros me interesaba explorar esa paradoja, la religión como una búsqueda de trascendencia espiritual y también como una institución muy enraizada en la tierra, con sus ritos y jerarquías y capacidad para generar violencia.

En Los días de la peste describe en detalle el micromundo de la cárcel. Pareciera en varios tramos que se refiere por ejemplo a la de Palmasola. ¿Cómo fue el proceso de documentación para esta ambientación?

Investigué sobre muchas cárceles latinoamericanas, leí crónicas y novelas ambientadas en cárceles, visité una cárcel imponente e intimidatoria en Colombia, pero siempre tenía claro que la inspiradora era la de San Pedro en La Paz. El disparador en mi imaginario fue un reportaje que vi en la tele sobre unos niños que salían temprano de San Pedro para ir al colegio. Su topografía fue la base pero a partir de ahí comencé a inventarle patios, a crearle un culto religioso, etc. Hay cosas de El Abra también, sobre todo lo relacionado con los delegados, inspirado por una crónica que leí en OPINIÓN.

Y hay elementos también muy propios de Cochabamba, por momentos parecería que se refiere al 11 de enero del 2007, y es clara la adaptación de un personaje que era muy popular, el conocido Águila que deambulaba por nuestras calles. ¿Estas son apenas coincidencias o quiso hablar de alguna problemática real específica?

En la novela fundí al Aguila con el Loco de las bolsas, dos personajes míticos de mi adolescencia cochabambina. Lo del 11 de enero no estaba en mi cabeza, al menos no directamente. La problemática que me atraía era la de la comunidad. ¿Cómo crearla, cuando todo está en contra nuestra? La Casona me sirvió como un espacio donde explorar narrativamente ese tema, y de ahí la metáfora de la comunidad se fue irradiando: el individuo como una comunidad (Riga), la relación de la cárcel con una comunidad mayor (la provincia), la relación de una provincia alejada con la capital y el país, etc.

Las visiones y Los días de la peste, como Iris, se nos hacen muy cinematográficas. ¿Ha pensado alguna vez en adaptarlas a este lenguaje?

La verdad que no, pero es cierto que pienso mucho en las formas de narrar del cine cuando escribo. En Los días de la peste, al organizar la estructura de la novela lo primero en lo que pensé fue en una cámara que se va moviendo en travelling, yendo de un personaje a otro en una misma escena, cambiando constantemente de perspectiva. Esa forma de usar el punto de vista determinó la forma que tomaría la novela.

En una entrevista del 2014 nos dijo: “Lo que está pasando con la nueva generación de escritores [bolivianos] va a provocar un efecto como de rebote que va a mostrar que en la literatura boliviana pasaban cosas desde antes, que no es solamente que de pronto hay una especie de miniboom que no tenía nada que ver con lo que pasaba antes”. ¿Reconocimientos como los que han recibido Magela Baudoin y más recientemente Liliana Colanzi confirman este panorama?

Pese a muchas dificultades estructurales vivimos un muy lindo momento, y ojalá que sirva para mostrar nuestra muy sólida historia. Hilda Mundy, Augusto Céspedes, Jaime Saenz y otros más deben ser parte del canon latinoamericano; que no lo sean se debe a que nuestra caja de resonancia era muy pequeña. Pero ahora que esa caja se ha agrandado hay que aprovechar para que nuestra literatura sea más conocida en el continente.

¿Cómo cree que debería crecer nuestra aún modesta Feria del Libro de Cochabamba?

La de este año ha pasado muy desapercibida y en parte es porque la seguimos viendo como una actividad organizada por una Cámara del Libro sin muchos recursos, cuando es una actividad de la que debería apropiarse toda la ciudad. Tanto la empresa privada como el sector público deberían darse cuenta de que una feria del libro dice muchas cosas sobre una sociedad, sus deseos y aspiraciones. En ferias como las de Medellín, Guadalajara o San Juan uno siente que el pueblo participa, hay voluntarios en todas partes, la feria no está divorciada de la ciudad. Una vez que se logre eso será más fácil atraer invitados interesantes del país y del continente.

¿Cuáles son sus proyectos futuros?

Ahora mismo estoy escribiendo cuentos y tengo una versión de una novela corta ambientada en la frontera entre Brasil y Bolivia.

Fuente: La Ramona



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