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Autorretrato de Saúl Montaño



Autorretrato de Saúl Montaño
Por: Iván Gutiérrez M.

(Texto leído en la presentación de “Autorretrato” de Saúl Montaño, dentro la XI Feria Internacional del Libro Cochabamba, 2017)

Siempre he pensado que el aceptar presentar un libro implica asumir la responsabilidad de la magnitud de conflictos que el texto puede proponer y que deliberadamente logras traducir. Al decir responsabilidad me refiero al proceso adecuado de haberse sometido a la reflexión más extensa y profunda de aquello que el texto en conflicto nos propone, o nos complica. En ese sentido pensar el libro Autorretrato; demanda plantear una reflexión central acerca de los límites y las fronteras permitidas de la invención en contraposición de lo real.

Estas dos últimas palabras son las que construyen y entran en conflicto en el libro difuminando las dos constelaciones que suelen ser la referencia de todo lector; La ficción y la realidad. Lo que realmente ha pasado y lo que realmente se ha inventado. Cuando leemos es imposible evitar ese enfrentamiento. Es más, me atrevería a decir, que aceptamos el reto o la experiencia de la lectura de un libro, para internarnos en esas geografías donde la imposibilidad se vuelve una posibilidad. Donde la capacidad de recordar diagrama una aldea, en la que la geografía abraza y es móvil y también menos hostil, que aquellos lugares donde nos ha derrotado la fría condición del tiempo y el destino.

Autorretrato es una construcción que acaricia esa delgada línea en la que el cielo pierde toda estrella para el lector. Donde la pregunta que intenta cobrar los grados de certeza, de eso inventado que viene a ser, en términos prácticos la literatura, queda siempre en deuda. Porque el acto de leer implica creer en eso que leemos y también implica desconfiar en eso que crea el humano. Porque la realidad necesita del testimonio del sobreviviente, de la venganza del que ha sido herido, del terror de un sueño asesino, del amor de un imposible, de la sombra del muerto que hemos querido, del delirio por retener la ausencia de una madrugada con un nombre que tiene como esqueleto óseo a un fantasma.

Pero a la vez que nos suspendemos en esas posibilidades, reconfirmamos y delineamos con mayor claridad el peso de lo imposible. En esa ecuación el balance de lo que hubiésemos querido que sea, se refleja con eso que toca enfrentar, o lo que está siendo dado; el resultado de esto es la silueta del reflejo de un espejo que contiene lo que se refleja pero que a la vez, modifica lo que es realmente, es decir lo que se está reflejando. El mejor ejemplo es el autorretrato de Van Gogh. Es decir que al ver el cuadro debemos tener la imagen del holandés frente a un espejo, observándose durante horas, para grabar cada detalle y poder transportarlo al lienzo. El resultado final es un cuadro del pintor pero que no es el pintor, sino es algo más cercano a su alma, que también no es su alma, sino un reflejo de ese momento siendo, subsistiendo como alma. Solamente pienso en las dos superficies que figuran de lienzo. Un espejo que contiene por un momento al objeto (en este caso el hombre frente suyo) y un lienzo blanco que se ensucia para después retener de nuevo un reflejo. Este juego de reflejos constantes generan tanta modificación de lo real; que la pregunta sobre lo esencial es una necesidad ¿realmente habrá sido así?

Autorretrato de Saúl Montaño en el fondo o en la superficie conmueve al lector porque te sitúa en ese límite donde se extravían los referentes del principio de ficción y de realidad. Al no tener una constelación clara de lo que se está leyendo, aunque al principio del libro diga no ficción. La experiencia de la lectura puede en un principio resultar incomoda; porque necesitamos saber que juego jugamos, necesitamos creer en los signos que hemos ido usando de referencia en nuestra geografía de la memoria. Al no tener claro el sendero del recorrido; entonces no tenemos un rumbo marcado. Nos encerramos en un recorrido circular constante; donde cualquier y todos los puntos son principio y final a la vez.

Saúl Montaño desarrolla un texto compuesto por datos fragmentados que a veces no tienen coherencia; pero si mantra rítmica. Si acto poético antes que fundamento lógico. Y a pesar de que creemos que estamos leyendo sobre Saúl Montaño el escritor que se autorretrata, en sí estamos leyendo sobre el reflejo que la escritura va ensuciando en un testimonio como la pintura que termina atrapando el vigor del pintor. El vigor de Saúl el escritor, de Camiri, nacido en 1985, que tiene la energía vital en los antebrazos y aumenta gradualmente hacia sus manos. Que alguna vez ha vencido a puños y también ha sido vencido a puños. El que no sabe bailar; pero recuerda el rechazo de una mujer. Ese que no sabe conducir motocicleta y que lee y lo disfruta. A pesar de que una vez leyó a un Ruso y tuvo que salir por la noche para hacer ejercicio y quitarse el agobio de la lectura. Ese que bebe y que huele a tabaco. Es que una novia le dijo que no escriba nunca su biografía porque no le ocurrían cosas interesantes. Ese Autorretrato que es uno y es muchos y en esa manta de variantes también es ninguno.

En la película “El exorcista” cuando el padre Karras escucha la grabación de las voces de la poseída junto al padre Lankester. Le dice parece que son varios demonios. Debido a la cantidad de voces que se escuchaban en el audio. Lankester responde que siempre son muchos pero solamente es uno el que habla y que la tarea era encontrar esa voz. Autorretrato es un libro que a pesar de que pareciera que estamos leyendo el testimonio de una persona, escuchamos muchas voces que van componiendo cada pasaje de lo que nos dice el texto. Y como es regla de la construcción mientras más detalle usemos para describir un florero más alejado de la realidad lo llevamos, mientras más generales seamos más cercano a la universalidad lo traemos. Autorretrato tiene una clave por descifrar y preguntarnos. Si en ese trabajo de detallar la intimidad, la no ficción de repente se vuelve más lejana al primer objeto que se refleja. En otras palabras escuchamos muchos gritos, pero tratar de rescatar la voz que en verdad habla es el secreto para descifrar nuestros demonios o el demonio que queremos escuchar.

Voy a terminar citando el cierre del discurso inaugural del homenaje que la Unesco le hizo a Kierkergaard en 1964 junto a intelectuales como Sarte, Camus, Jasper, Grabiel Marcerl, etc. René Maheu da paso a las exposiciones diciendo:

Hacemos esto no sólo para recordar que las obras de arte y de pensamiento, antes de ofrecer respuestas a todos los hombres, han sido en primer término la interrogación y el tormento de alguno.

Mirar un autorretrato es encender la reflexión con la pregunta: ¿Realmente habrá sido así? Y en esa pregunta refundamos esos límites a veces tan olvidados de la ficción y nos damos con generosidad, la posibilidad de encontrarnos en la anécdota más irrisoria de la conversación del tiempo. Autorretrato como experiencia de lectura es la aventura de correr por el pasillo del aeropuerto para impedir que el amor de tu vida se aleje. El problema es que cuando llegas al final pareciera que nunca existió ese amor.
Disfruten la novela.

Fuente: Ecdótica



Una Respuesta »

  1. K dice:

    Un artículo con grandes pretensiones, lleno de frases pomposas y de conceptos elaborados (todo es “conflicto” y “conflictivo”). Y, sin embargo, escucho mucho ruido y veo pocas nueces.

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