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La fragmentación de un mundo íntimo



La fragmentación de un mundo íntimo
Por: Luis Carlos Sanabria

FRAGMENTO. La vida es lineal. La vida es lineal porque el tiempo lo experimentamos como una línea: una cosa después de la otra, un momento después del otro, y entre los extremos de la línea, entre l primer punto y el último, transcurre nuestra vida. Pero el recuero es fragmento. La memoria es fragmento.

Por eso, contar una historia de manera lineal es anti natura. Quien cuenta una historia se fuerza a seguir la trama, se fuerza a regresar a la línea, pero la historia retrocede, se va a un lado, salta hacia adelante, se eleva o desciende, y el narrador oral navega esos saltos hasta desembocar en la orilla final.

Un escritor que se sienta a escribir una historia de principio a fin debe forzar el relato, forzar la memoria, porque contar es recordar, recordar es ficcionar y toda historia es un todo fragmentado.

El mundo que nos rodea, con cargas de significación social y, evidentemente, cosmovisiones, se encuentra cifrado por el lenguaje, aquel que adquirimos de nuestros padres, aquel que aprendemos en las escuelas, aquel utilizamos para comunicarnos. Sin embargo, conforme vamos creciendo y desarrollando relaciones personales afectivas, vamos construyendo códigos propios que codifican ese mundo inmediato y cercano. Es por eso que cada familia tiene, en cierto sentido, su propio lenguaje, uno con el que es posible cifrar anécdotas, sentimientos, recuerdos. Un lenguaje que para personas ajenas a ese núcleo puede llegar a ser, a momentos indescifrable. Lo mismo ocurre con las relaciones de amistad: la complicidad de un grupo de amigos estará marcada por las palabras que rijan el código de esa amistad. Lo mismo ocurre con el amor y quizás por eso las rupturas suelen ser devastadoras: se destruye un mundo íntimo de dos personas y con él, el lenguaje que lo codificaba. Se destruye un diccionario en el que cada palabra tiene una carga especial. Al acabar la relación es difícil que cada palabra pierda el sentido previo. Vivimos marcados por ese lenguaje que no es otra cosa que una herida abierta, una herida que genera dolor cuando accidentalmente se la toca.

Soundtrack, de Camila Urioste, nos propone un paseo por un lenguaje íntimo, cargado de memoria, cargado de la ficción personal que suele generar la memoria, usando como vehículo una narración de gran calidad, con una prosa a ratos poética, a ratos cinematográfica, a ratos musical.

Este libro, ganador del último Premio Nacional de Novela, ofrece al lector una historia intensa, contradictoria y ambigua –es decir, una historia completamente humana-, y junto a ella un artificio formal para recorrerla. Se trata de una especie de diccionario que atraviesa el lenguaje particular de Alicia, personaje principal. Un lenguaje que define su vida, sus relaciones, su neurosis y sus obsesiones. Vivimos la vida de Alicia a través del mundo que ha construido con palabras y términos.

Abandono es la primera entrada de este diccionario, y en cierto sentido, también la última. La escena es la perfecta imagen de una película: Martín, gran amor de Alicia y a quien conoce desde la infancia, se marcha bajo una lluvia caudalosa en la ciudad de La Paz. Una lluvia contradictoria como muchos elementos de la novela, pero no contradictoria en el sentido de inverosimilitud, sino en la perfecta medida de la paradoja humana (ver CONTRADICCIÓN). Esta lluvia marca la tragedia –por llamarla de alguna manera– de Alicia, que nos cuenta su vida en una narración fragmentada hasta ese momento: no sabemos hace cuánto, que Martín ya no habla con ella. Es una lluvia que trae esperanza a una ciudad travesando su peor momento de sequía, de represas secas y racionamientos de agua.

A partir de esta definición –la de Abandono–, comenzamos a recorrer una trama invisible, marcada por saltos y aperturas similares a las divagaciones que enriquecen tanto la narración oral. Por lo mismo, la lectura no es lineal. Es como tener los retazos de esta hermosa historia fragmentados y acomodados no con un orden cronológico, sino alfabético. Pero tampoco existe la obligación de leer los fragmentos de esta historia en ese orden. Este es más bien sugerido por las definiciones que van apareciendo y, como decía líneas atrás, abriendo el relato:

ABUELO. Ver HARMÓNICA

(…)

HARMÓNICA. La harmónica es instrumento de migrantes, pues es fácil de llevar, en una mano cabe. Instrumento de migrantes, de gitanos, de judíos. Instrumento para extraños que, al borde de una carretera, arman campamento y de noche sacan harmónica, violín, guitarra, lo que pueden, para poder tocar, para poder acordarse.

¿Acordarse de qué? Sé de qué. Solo quiero escucharlo decir.

De su tierra. De su familia, de su paisaje. Para acordarse pues, para sentirse gente todavía. Cuando tu papá y sus hermanos eran chicos, en la Navidad les regalábamos harmónicas. A toditos. Era moda; o sea, en los años 50, 60. Es liviano, como para los niños, pero tocar es difícil, no aprenden. Igual les regalamos. La harmónica era para tocar los villancicos en Navidad, para adorar al Niño. Así era en Sucre. Entonces había la costumbre de que salían los niños con sus sonajitas de tapitas de Coca Cola aplastadas y la harmónica, pero eso nomás tocaban, los villancicos. (…)

Y así cada definición te lleva a otra, y otra, y la historia se va armando sin la necesidad de seguir el orden cerrado de las páginas, de la sucesión; pues, como dice Alicia, la memoria es un fragmento, pero, sobre todo contar una historia de manera lineal es anti natura.

El lenguaje es sencillo sin dejar de ser poético y permite al lector habitar la piel de Alicia a lo largo de una historia de más de tres décadas.

Una historia que se anuncia como el principio del fin. Esta es otra de las paradojas esenciales en un libro lleno de estas contradicciones que rayan en el oxímoron: una reina comunista, una militante de izquierda racista, una familia lectora de Marx con pongos, un roquero cuyo mayor deseo es bailar salsa, una hippie con un don para las selfies y, quizás sobre todas las hermosas contradicciones que abundan en esta historia, el morir viviendo.

Este es un diccionario que anuncia desde su inicio el principio del fin. De un fin particular. Quizás el fin de ese lenguaje y ese menudo que recorremos desde la A hasta la Z.

Fuente: La Ramona



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