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Samanta Schweblin: «Soy una devota de la literatura fantástica»



Samanta Schweblin: «Soy una devota de la literatura fantástica»
Por: Pedro Pablo Guerrero

Sus historias son extrañas, oscuras y amenazantes. Ella no. Habla con entusiasmo y sin reservas de la «cocina» de su literatura, como le gusta llamarla. Su reciente visita a Chile coincidió con la aparición de un nuevo libro, Pájaros en la boca y otros cuentos (Literatura Random House), que agrega relatos de su ópera prima, El núcleo del disturbio (2002), a los de Pájaros en la boca (Premio Casa de Las Américas, traducido a 13 idiomas), más dos historias inéditas.

Un año redondo fue 2017 para Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978). Fue incluida en la lista de Bogotá 39 como uno de los mejores autores de ficción de América Latina menores de 40 años, y la traducción al inglés de su novela Distancia de rescate (2014) quedó seleccionada entre las finalistas del Man Booker International Prize.

«La nominación fue toda una experiencia y un reconocimiento absolutamente inesperado», comenta. Incluso, tardó en comprender la importancia del premio para el mundo literario, hasta que una amiga que la veía demasiado tranquila la sentó y le preguntó atónita: «A ver, ¿entendés que esto es como los Oscar de la literatura?».

Seleccionada hace años por la revista Granta, ganadora del Premio Juan Rulfo de Francia, y del Ribera del Duero por el volumen de cuentos Siete casas vacías (2015), se toma con calma las distinciones. «Creo que los premios siempre son buenos mimos para el alma, por su reconocimiento, y porque a veces vienen acompañados de dinero, y el tiempo para la escritura hay que comprarlo, y es bastante caro», admite. «Pero sobre todo es algo que les pasa a los libros, o así me gusta pensarlo. Cuando estoy en mi escritorio, conectada otra vez con mis textos, los reconocimientos quedan del otro lado de la puerta, y otra vez estoy sola, preguntándome cuál es la mejor manera de contar una historia».

Es la interrogante que la ronda desde los 8 años, cuando su abuelo leía poemas en voz alta, y ella escribió sus primeras historias mediante versos. El dilema que la llevó, a los 12 años, a dejar de hablar durante algún tiempo porque la abrumaba la distancia entre lo que quería decir y lo que entendía la gente. La inquietud que la arrastró de taller en taller hasta dar con el de Liliana Heker, «que realmente me formó y que habla de una tradición de trabajo en la que yo me inscribo», según dice.

Marcada influencia de escritores norteamericanos

Muchos consideran que sus historias forman parte del género fantástico, pero usted prefiere hablar de un guiño a ese género. ¿Cuál es el matiz que las separa?

Para hablar en términos muy pragmáticos, lo fantástico es algo que no puede suceder, y yo creo que en la mayoría de mis cuentos lo que ocurre es posible. Todavía pertenece al mundo de lo real. Lo que pasa es que son situaciones extrañas, un poco anodinas, o anormales. El fantástico es más una atmósfera que algo argumental. Soy una devota de la literatura fantástica, la leo mucho, me he formado leyendo autores fantásticos, entonces siento que es algo que tengo muy adentro, lo transpiro aunque quiera moverme en el mundo de lo real. Siempre está ahí, como un monstruo invisible respirando.

La vacilación define lo fantástico según Todorov: si se explica, deja de serlo. Schweblin no da explicaciones. «Me gusta que esa decisión de género quede en la cabeza del lector. Que no la conteste el cuento», precisa.

Bellatin dijo que su escritura es una experiencia más parecida a la que se puede tener en una galería de arte o frente a una película que delante de un libro. ¿De dónde proviene esa visualidad?

Yo estudié cine y a veces se piensa que mi literatura puede ser muy visual por eso. El cine influyó a su manera, porque pasé muchos años viendo películas. Creo que fue muy bueno para mí haber elegido una carrera tan práctica como es el cine, en lugar de haber elegido una carrera teórica como era letras en ese momento en Argentina, que es una carrera preciosa, pero no tiene que ver con la cocina de la literatura. Es otra cosa. En cambio, en la carrera de cine sí abordamos mucho la problemática de cómo se cuenta una historia, de qué es lo importante y qué debería dejarse de lado. Pero yo creo que lo visual en el mundo de la literatura no tiene que ver con las influencias del cine, sino más bien con cómo se deja participar al lector y con el propio poder de invocación de las palabras.

¿A qué se refiere con invocar?

Si yo te digo: «sobre esta mesa no hay una tetera», ya decidiste qué tetera no hay, ¿entendés? Las palabras invocan cierta visualización de las cosas, con una magia que el cine nunca va a poder reproducir. Qué tetera es lo que elige el lector, por más que lo dicte el escritor. Esa danza es lo que le da materialidad a la lectura. Hay que dar espacio para que eso ocurra. Por el solo acto de la escritura no sucede. Es un truco de magia en el que básicamente hay que tirar del lector para que avance y, a la vez, darle lugar para que tome sus propias decisiones acerca de lo que está pasando. Flannery O’Connor decía que los escritores principiantes se dejan encantar por lo poético y lo abstracto, cuando en realidad el mundo de la literatura es absolutamente concreto, un mundo de acciones, de cosas. Las cosas suceden y por eso se ven. Si no suceden, no se ven.

Por lo mismo son tan importantes en su formación autores como Raymond Carver y John Cheever, quienes trabajan con la misma precisión técnica. En la escritura de Schweblin, sin embargo, esta manera de narrar se asoció a temas y atmósferas inquietantes que provienen de autores como Kafka y Arreola.

«Es difícil explicar cómo se dio ese cruce en mi escritura», admite. «Pero yo siento que la literatura de la que me enamoré de chica, la que me fundó a un nivel de imaginario, es la literatura latinoamericana, con toda su exuberancia, su rareza, su oscuridad, sus extrañamientos. Es el mundo de Cortázar, Bioy, Rulfo, Antonio di Benedetto. De María Luisa Bombal, que me encanta. Después, a mis 17 o 18 años, empezaron a entrar con mucha fuerza los autores norteamericanos. Toda mi generación está muy influenciada por ellos, se leían muchísimo en los 90, traducidos por Anagrama u otras editoriales españolas».

Al menos dos relatos de «Pájaros en la boca y otros cuentos» se pueden leer como una sátira negra del arte moderno. ¿Algo personal contra ese mundo y la glorificación de la «violencia»?

Siento una fuerte conexión entre el arte y la violencia. Vivimos en un mundo donde la estética de la violencia es cada vez más fuerte, donde los actos violentos se piensan también desde lo estético y lo simbólico, porque es claro el impacto exponencial que una buena «curaduría» de la violencia puede tener en los medios. También hay arte muy violento. Recuerdo haber salido descompuesta de la primera muestra que vi de Damien Hirst, o el rechazo que me causaron las primeras películas de Haneke, director que, de todas formas, adoro. También hay violencia en el lugar que a veces ocupa el arte más elitista, algo obsceno y agresivo en toda su parafernalia.

Distancia de rescate , su única novela hasta la fecha -ahora trabaja en otra-, nació de un cuento que no podía terminar. Es una historia hecha a partir del diálogo entre una mujer y un niño que le ayuda, mediante una voz susurrante, fantasmal, a entender lo que le acaba de ocurrir a ella y a su hija en un pueblo rodeado de plantaciones de soja. «Son campos perfectos», comenta. «La industrialización y la fumigación con herbicidas hace que cada planta de soja sea absolutamente perfecta. El paisaje parece de maqueta. Y por eso es tan peligroso».

«Venimos de la tradición del fantástico rioplatense»

Shweblin no es porteña. Creció en Hurlingham, una pequeña ciudad de la Provincia de Buenos Aires. «Una franja a mitad de camino entre la zona en que moría el campo y nacía la ciudad», recuerda. En una misma cuadra podía haber una farmacia con carteles de neón y un potrero con dos vacas. «El campo es un escenario muy presente desde que se fundó la literatura argentina, y siempre fue un lugar peligroso y de extrañamiento, inhóspito».

Su novela tiene un aire de familia con Los cuerpos del verano (2012), de Martín Felipe Castagnet, y algunos cuentos de Mariana Enríquez. «Venimos de la tradición del fantástico rioplatense», responde Samanta Schweblin. «Tenemos muy cerca el mundo de lo extraño, de lo anormal, lo oscuro. Esta atracción por ‘el más allá’ o ‘el otro mundo’, a veces incluso sin siquiera cruzar el género realista, es algo que ha estado siempre en nuestra literatura. Pienso en autores como Bioy Casares, Antonio di Benedetto, Sara Gallardo, Silvina Ocampo, Horacio Quiroga, entre muchos otros».

«Distancia de rescate» es una expresión que acuñó Schweblin para definir el cálculo mental de cuánto tiempo le llevaría a un padre rescatar a su hijo si le pasara algo malo. La novela plantea una paradoja en las relaciones familiares, tema habitual en la narrativa de la autora. «El amor filial debe ser, de todos los amores y tipos de cariño que hay sobre la faz de la tierra, el más genuino, el más auténtico. Sin embargo, también es un amor muy doloroso, que genera sufrimiento en las dos partes. De él nacen muchísimos miedos y dependencias. Lo que te forma también te deforma: las limitaciones a veces se transfieren de padres a hijos con los mandatos familiares. Después nos tenemos que pelear toda la vida para poder cambiar y ser de otra manera».

Samanta Schweblin ha estado en México, Italia y China, invitada como escritora en residencia. Actualmente vive en Berlín, donde llegó con una beca del DAAD (Servicio Alemán de Intercambio Académico) al mismo tiempo que el director de cine Sebastián Lelio. Incluso les tocó ser vecinos. «Nos hicimos muy amigos», recuerda Schweblin. Cuando le contó que estaba escribiendo Siete casas vacías (Páginas de Espuma), el cineasta chileno le dijo que tenía que leer La nueva novela, de Juan Luis Martínez. «Me encantó y me pareció muy atinado. ‘La desaparición de una familia’ es un poema increíble», comenta la escritora, quien lo escogió como epígrafe de su libro.

En Berlín, Samanta Schweblin está aprendiendo el idioma. «Mi apellido no es alemán, es alsaciano; mi familia habla francés», explica. También da talleres literarios para la cada vez más grande comunidad hispanohablante, en la que ha hecho grandes amigos intercambiando experiencias y modismos. «Conocí Latinoamérica desde Alemania», admite.

Más de la mitad de los autores de su generación que Samanta Schweblin conoce vive fuera de su país natal. A todos les pasa lo mismo. «Hay una deformación del español, a la que durante años se le tuvo tanto miedo, y que hoy se ha convertido casi en una personalización del idioma que cada uno hace. En la lectura del español de un determinado autor podés, si prestás atención, deducir en qué ciudades vivió, qué tipo de literatura tiene, qué piensa sobre determinadas cosas. Es decir, que en algún punto nuestros españoles se vuelven más sinceros que nunca. No se trata de neutralizarlos. Es un registro de vida», concluye.

Fuente: impresa.elmercurio.com/



Una Respuesta »

  1. […] Además, destaca los relatos de César Aira, las novelas de Vila-Matas y los cuentos de Samanta Schweblin. Al elegir dos textos importantes en su vida, nombra “La persona deprimida”, de D.F. Wallace y […]

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