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Javier Sanjinés: De la literatura a la política



Javier Sanjinés: De la literatura a la política
Por: Ana Cecilia Ballerstaedt

Convencido de la violencia contextual que vivía Bolivia por los años 50 del siglo pasado, Javier Sanjinés se embarca en un estudio sociopolítico con la literatura como herramienta verificadora y sustentadora.

Existe una delgadísima línea que separa al arte de los discursos sociales, ya señalada por Mónica Velásquez en el estudio introductorio que acompaña el libro de Sanjinés, Literatura contemporánea y grotesco social en Bolivia, publicado por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia: ambos son complementarios, comunicados a través de una relación causa-efecto que Sanjinés se encarga de destacar y trabajar en su obra.

Frente a la Revolución

Con la Revolución de 1952 termina de consolidarse definitivamente el discurso ideológico del “nacionalismo revolucionario”. El paso de los años muestra, sin embargo, su degradación y tergiversación ideológica; prueba de ello es la producción literaria de aquel período, en el que se desarrollan contradiscursos para hacer frente al Estado vertical y autoritario. La aparición de estos posicionamientos frente al dominio político tiene su origen en la escasez comunicativa que sufre la sociedad civil a causa de la represión estatal. A lo largo del texto, Sanjinés mostrará la transformación de la literatura boliviana como reacción a esta hegemonía y propondrá abordarla desde una perspectiva política y estética innovadora, más firme y sugerente.

El primer período de dominio político del Movimiento Nacionalista Revolucionario viene marcado por una literatura corroída por la desidia y la dejadez. En obras como Los deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz, y Cerco de penumbras, de Óscar Cerruto, se muestra la incapacidad volitiva de los personajes, ganados por el desgano y el sopor de sus días.

Esta confusión irreflexiva hace que el sujeto no sea dueño de su destino, sino que tan sólo se deje ser en él. Y es que el dominio ideológico es tan fuerte que reprime esferas simbólicas (públicas) en las que la intersubjetividad podría, en otras circunstancias, desenvolverse con relativa normalidad.

Como consecuencia, se hace imposible un ordenamiento de la cotidianidad de los individuos, dando lugar al caos, que se explicita en la literatura como forma de expresión.

Suprimido el lado racional del diario vivir, comienzan a propagarse y a cobrar más fuerza movimientos alternos y contrarios: lo absurdo, lo terrible, lo oscuro; que no son más que una reacción a esta supresión comunicativa que impide obtener una perspectiva clara de la realidad.

Esto es a lo que Sanjinés llama “lo grotesco”; mediante él la sociedad busca, desesperadamente, leer su situación, comprenderla, pero, en un fallido intento, se relega, involuntariamente, al plano estético del horror.

En un segundo momento, la crisis por la que atraviesa Bolivia se agudiza y, por ende, la ya tergiversada comunicación entre sociedad civil y Estado. Llega el tiempo de las dictaduras. Sin espacio público donde descargar las impresiones de lo vivido, inmensa la brecha entre Estado y sociedad, la voz unánime, deseosa de diálogo, se descarga, clandestina y con furia, en la articulación de discursos opuestos al poder, planteando la recuperación y re encauce de lo popular democrático.

El contradiscurso

Hay entonces dos posturas: la contraria al poder y aquella que está con él. La literatura media entre estos dos extremos, sin adscribirse del todo a ninguno. En ella se comprueba la profundidad que ha adquirido este quiebre comunicativo. Si bien en la etapa anterior, durante el gobierno del MNR, se mostraba cierta escisión dialogal, en ésta la separación es total: el abismo entre el Estado y la sociedad es infinito e inconmensurable, y la literatura se encarga de retratar esta realidad. No hay un análisis del contexto porque el mundo social ha perdido su objetividad y con ello la posibilidad de interpretar el horizonte histórico y los sucesos que dentro de él se viven y desenvuelven. La literatura es ensimismada, aislada. Sin embargo, Sanjinés vislumbra en ella un destello: existe una propuesta, todavía incipiente, pero, a pesar de ello, desarrollable a futuro. Lo grotesco ha salido del puro plano estético y comienza, tímidamente, a ingresar dentro de un ámbito más político y activo.

Opuesto al pesimismo burgués presente en la literatura analizada, Sanjinés se interioriza en propuestas creativas más comprometidas con lo popular. Obras como El paraje del tío y otros relatos mineros, de René Poppe, los testimonios orales-escritos de Domitila Chungara en Si me permiten hablar…, e incluso producciones fílmicas como El coraje del pueblo, de Jorge Sanjinés dan cuenta del impacto que esta etapa histórica ha tenido, y, a su vez, plantean posibles soluciones.

Se abre un diálogo mucho más existencial que ideológico o abstracto: la narración de la cotidianidad minera, ya a través de testimonios, novelas o filmes, es contada desde una experiencia personal, o al menos en base a una; motivo por el cual este contradiscurso adquiere mucho más fuerza ante el Estado, pues sus armas no son políticas sino subjetivas, íntimas, influyentes en la colectividad social. Las producciones estéticas no solo reflejan la realidad, sino que trabajan con ella, la analizan y asumen una postura ante ella. Sanjinés llama a este mecanismo “la politización de lo estético”, cuyo objetivo es lograr conmocionar al público no solamente a nivel artístico, sino también reflexivo. Con este incentivo se recupera la objetividad hermenéutica sociopolítica perdida a causa del autoritarismo, y lo grotesco comienza a encauzarse hacia formas más claras de organización cotidiana.

Cholos viscerales

En resumen, podríamos decir que el asedio estatal dentro del ámbito social influye en su modo interpretativo, impidiendo el flujo normal de acontecimientos, anclando la historia en una indefinida y exasperante atemporalidad, densa e infinita. En su ensayo Cholos viscerales, incluido como apéndice en Literatura contemporánea…, Sanjinés muestra esta deficiencia con el retrato de una digestión enferma, pesada y anormal, que escapa a la voluntad del individuo que ingiere la comida, y que, tarde o temprano, se envenena, pues la lentitud del proceso impide la adecuada evacuación.

Lo grotesco es ese menjunje, aquel bolo alimenticio nunca desechado y perturbadoramente presente en la cotidianidad, lo que el autor llama “la centralidad de la periferia”, y que no es más que el efecto de un defectuoso sistema estatal, o, análogamente, de un precario funcionamiento digestivo.

A fin de evitar estos inconvenientes patológicos, Sanjinés prescribe la presencia mediadora del ángel de la literatura. A través de ella se manifiesta (estéticamente) lo grotesco como forma de expresión fragmentada y herida, y, entre sus rescoldos, cabe también la posibilidad de albergar una propuesta política. La persuasión sublime de lo literario se conjuga hábilmente con el posicionamiento ideológico alternativo, dando como resultado una dulce pero osada producción artística capaz de conmover las esferas celestes y altas desde donde reina sigilosamente el Estado, logrando así el ansiado diálogo entre este y la sociedad civil.

Fuente: www.bbb.gob.bo/



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