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Jorge Suárez: Un panegírico del lenguaje



Jorge Suárez: Un panegírico del lenguaje
Por: Óscar Diaz Arnau

(Texto de presentación de “Jorge Suárez, Obra reunida” en el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia en Sucre)

Veinte años después de él, Jorge Suárez está más presente que nunca en Sucre, la última ciudad que eligió para hacer lo que más le gustaba: periodismo y literatura, trabajando en un diario, el Correo del Sur, y compartiendo con alumnos en un taller de cuento, el de la Universidad Andina.

Por esos caprichos de la reminiscencia o del dejà vou, nos reunimos hoy en este ambiente varios de los que fuimos convocados hace 20 años, en 1998, en el recordado Hacheh, para hablar del viejo Suárez. Y lo hacemos con el magnífico pretexto de su “Obra Reunida” por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB), que además de los libros del periodista y escritor paceño está provista de la minuciosidad de un “auscultor” —más que un editor— el filólogo y crítico literario Luis H. Antezana.

El ‘Cachín’, amigo personal de Suárez pero jamás transigente con él en su labor exploratoria, nos obsequia un estudio introductorio que, se nota, va más allá de la introducción y lleva su sello y firma. Un lujo para sus lectores: dos maestros que se juntan de nuevo en esta Obra Reunida que a su vez es parte de la colección de 200 obras fundamentales del país y que se condice con el prolijo trabajo de ‘Don Jorge’, como lo mentamos todavía en el periódico, en un merecido premio a su aporte a la jerarquización de la literatura nacional.

La mía, como seguramente vienen adivinando, es una opinión que está mediada por el afecto. A Suárez lo conocí en sus amenas clases de narrativa, pero aún más en los cafés posteriores en los que compartía sus anécdotas de Chile, Perú, México, Cuba, Europa, Argentina o Bolivia. Un día me preguntó qué estudiaba y antes de que alcanzara a responderle “Comunicación Social”, soltó una risotada de cincuenta metros que casi despeluca a un imperecedero en la plaza 25 de Mayo. Fiel a una tradición de escritores que poblaban las redacciones descreía, más que desconfiaba, de la formación de periodistas en carreras universitarias; me llevó de una oreja al Correo del Sur que, más que un trabajo, era una escuela.

Don Jorge tenía una personalidad arrolladora que, por supuesto, intimidaba. Sobre todo a los jóvenes, que nos sentíamos legítimamente pequeños ante su figura —en apariencia baja y encorvada pero en realidad infinita como sus sonetos producto de una cultura que daba para cafés y después whiskies y otra ronda de cafés y más whiskies interminables.

“¡Oye!”, te decía al cabo de cada recitación de memoria, como esperando tu asentimiento para su ejemplo de algún autor sobresaliente. “¡Oye!”, subiendo y bajando la cabeza, pensativo. Era una de sus características, la del hombre maduro que cavila cepillándose invariablemente la cabeza con los dedos, siempre y cuando no hiciera bromas. Me equivoco: él no bromeaba sino que embromaba, se escarnecía a gusto con un ingenio festivo que no tuvo recambio. Ahora mismo está riéndose de esta caricatura de presentación; así era el viejo Suárez…

Alguien viajado, leído y generalmente bien acompañado como él había acumulado suficiente vida como para entender que debía transitar su destino con humor, a pesar de todo lo que rumiaba contra la Bolivia displicente de los años 90. Y transitaba literalmente caminando solo por la plaza para después tomar la Arenales, mirada perdida en el suelo hasta llegar al Correo del Sur y comenzar a hacer de las suyas. Y las suyas eran, en lo habitual, genialidades.

Encuentro una doble habilidad en Jorge Suárez: la primera, para encarar la siempre difícil página en blanco desde la literatura, y la segunda, para moverse en las lides de la política desde el periodismo. Sorteaba con inteligencia las vicisitudes propias del director de medio de prensa respecto de políticos cabreados; es que a algunos los tenía hastiados con “La Gran Siete” y sus fulminantes epitafios, ácida manera de despedir a los vivos antes de tiempo.

Yo, que me vuelvo ingenuo nada más que por darle motivos para que siga riéndose de esta pegatina de palabras, digo que él era un ‘maledicente bueno’ (como si los maledicentes pudieran ser buenos). De última la suya no sería maledicencia “buena” pero sí festejada y, por su buena fama de escribiente de dedicatorias póstumas a deshora, algunos políticos y escritores deseaban con todo su engreimiento el honor de aparecer muertos por él en el saleroso obituario del periódico. Otros, más alimonados, lo odiaban a muerte y no sin razón.

Suárez no podía con su genio: tenía que burlarse de la pálida política nuestra de cada día. ¡Y no solo de la política!, también de cuestiones más peliagudas (que las hay, aunque no lo crean), como por ejemplo de algún relato bíblico faltándole el respeto con la picardía de su pluma en ese endemoniado tono suyo que atraviesa la socarronería y la candidez.

Pero de su humor corrosivo no se salvaban ni sus amigos; es más, ellos parecían ser su blanco preferido. El siguiente epitafio se lo dedicó a un egregio colega, otro chancero que para su fortuna ni siquiera está en preembarque, ciclista popular en Cochabamba, el Ojo de Vidrio: “De un premio que no ganó / Ramón Rocha se fue al cielo / Dios le dé el premio consuelo / que Guttentag le negó”.

El libro de libros que presentamos hoy es la sublimación del humor en su vertiente más seria: la ironía —aunque para el caso que nos convoca, en aras de la precisión, mejor debamos hablar de la sátira. Sátira que Suárez estrenaría a la sorprendente madurez de sus 21 años, en 1953, junto a Félix Rospigliosi: “Hoy, fricasé (soneticidios)”, un verdadero súmmum de la travesura cómplice hecha literatura en Bolivia.

Antezana y la BBB no incluyen la faceta periodística del autor, con una sola excepción. En “Los melodramas auténticos de políticos idénticos” (1960), Suárez destroza con destreza a varios políticos de su tiempo advirtiendo severa y, cómo no, jocosamente de entrada que “todos los personajes citados en este libro son absolutamente revolucionarios. Cualquier semejanza con la realidad es una verdadera vergüenza”. A esta salvedad periodística en la obra literaria reunida Cachín la explica como una muestra del “puente” del humor que el escritor paceño tiende entre el periodismo y la literatura. Nunca dejó de hacer literatura en el periodismo; para él era imposible separar estas dos actividades. “Oficios”, diría García Márquez. La literatura EN el periodismo es una de las mayores contribuciones de Jorge Suárez. Otra, su docencia que, según nos ha contado su hija Mirella, disfrutó como nada primero en Santa Cruz y después en Sucre.

En la capital alternó su trabajo en Correo del Sur con la escritura de su última novela, “Las realidades y los símbolos”, publicada póstumamente en 2001 e incluida al final de esta Obra Reunida. Coinciden los recuerdos de sus alumnos de aquí y de allá de un maestro de aula pero especialmente de café, en torno al cual se reunían jóvenes —y no tan jóvenes— absorbidos por la autoridad de su palabra.

“El otro gallo”, ese vibrante relato poético de bandolero, lo consagra como notable narrador, de acuerdo con el recuento crítico de Antezana. Se trata del surgimiento de su narrativa en prosa luego de sus acendrados versos en libros, algunos con mayor repercusión que otros pero todos con nombre propio. Destacan los preciosos “Sonetos con infinito”, la musical “Sinfonía del tiempo inmóvil y otros poemas de amor”, y los poemas largos “Elegía a un recién nacido” y “Serenata”, que en su segunda versión recoge los tercetos de su célebre “Oda al Padre Yunga”.

Para los amantes de la poesía, en esta Obra Reunida encontrarán una joyita que en el original de “Sinfonía del tiempo inmóvil…” aparece como curiosa solapa donde Suárez refiere a la falibilidad del poeta y también al porqué de su ambivalencia con el verso clásico y libre; no, para que ustedes mismos descubran las respuestas a estas dos cuestiones vitales para el escritor esta vez no lo voy a “spoilear”, como dicen con anglicista complacencia los nuevos adictos a la caja boba, el Netflix.

Escrupuloso pese a su estilo de bohemio empedernido. Riguroso, tan distinto a la mayoría que con soberano desdén por el oficio parecieran querer sacarse de encima los textos periodísticos. Un productor de belleza era/es, un artista cabal, el viejo Suárez. Veinte años después lo tengo mágico y magnético con sus versos y citas filtrándoseles por los entresijos de la memoria. Con la lectura de los clásicos, con la disección de nuestros textos, con las discusiones colectivas para, entre todos, impulsarnos a dejar los cuentos ojalá limpios de paja y trigo. Nos hacemos críticas que yo siento honestas, a veces no tiene contemplaciones con alguno de nosotros, pero… ¡¿qué sentido tendría el taller de no ser así?! Entonces surge la enseñanza más grande de todas, esa que el maestro se esfuerza en remarcar incluso con el mudo ejemplo de su literatura y que despunta cuajado de flor, como los tajibos, en El otro gallo; esa enseñanza que llamo un “panegírico del lenguaje”.

“No hay posibilidad práctica de generar un texto literario fuera del lenguaje”, enfatiza Suárez una y otra vez. “El lenguaje que no sale de la realidad corre el riesgo de no decir nada”.

El escritor es el efecto de su contexto social, de su lugar y su cultura, no su inventor. “Rulfo es el producto de Comala y no Comala el producto de Rulfo”, se repite. Trata de decirnos que no podemos hacer literatura fuera de la cultura y el lenguaje, que “literatura y lenguaje son conceptos inseparables” y por eso “cada literatura [de cada región] requiere de un desarrollo propio”. Y porque “el lenguaje es inseparable de la vida”, el lenguaje es vida.

En última instancia, remata en la introducción del libro del Taller del Cuento Nuevo de Santa Cruz, partiendo de la realidad “la ficción comporta el reordenamiento estético de la vida”.

La trilogía literatura-cultura-lenguaje es el principal legado de Suárez para sus alumnos, un legado que ustedes pueden constatar en sus libros aquí reunidos, donde, siendo muy él, verán cómo por una parte consigue llevar el lenguaje poético a la narrativa y, por la otra, reflejar el lenguaje popular, en tanto castellano propio —ya sea local, regional o nacional— sin caer en el costumbrismo; al contrario, dilatando la mirada para profundizar en el ser universal desde una perspectiva literaria vanguardista o posmoderna.

Describe lo cotidiano del entorno apelando a personajes impregnados de la tierra, de la vida. Escribe del amor y del desamor, del yatiri, de la imilla, del varita, de la cholita, del hualaicho, del soldado, del hombre basurero, del lustrabotas, de los jugadores de azar, del Bandido de la Sierra Negra, del poeta, del boliviano en su búsqueda de la identidad. Escribe de la política y del fricasé, de la soledad y del picolé, del otoño y del impuesto; escribe del alba, escribe del huayño, de la cueca, del bolero. Escribe canciones y mientras escribe, se ríe de las noticias generalmente malhadadas por el sino de la torpeza de políticos tan pero tan nuestros…

Canta y cuenta, dice Antezana tomándose prestadas las palabras de Rubén Vargas. Y cuando canta y cuando cuenta, Suárez lo hace en tercetos y cuartetos, en décimas y octavillas, con toda la formalidad del verso clásico y también lejos de todo convencionalismo literario. El editor del libro se aprovecha de su erudita condición para distinguir entre la “narrativa en prosa” y la “narrativa en verso” del autor paceño.

Lo dice bien, Antezana: Suárez no alcanzó a ver la publicación de “Al borde de la razón”, que contiene los cuentos de sus alumnos, a los que con el apoyo perseverante de María Teresa Lema dedicó los últimos años de su vida, en Sucre. Pero escribió el prólogo que ustedes pueden leer en esta Obra Reunida.

Nos había presentado a Jesús Urzagasti, amigo suyo que llegó a la Universidad Andina para dictarnos una charla magistral. Nos había señalado el camino leyéndonos a Chejov, a Maupassant, a O’Henry, a Edgar Alan Poe, a Hemingway, a Hesse, a Rulfo, a Quiroga, a Borges, a Cortázar… Se había dado tiempo para ocuparse de la modesta literatura de cada uno de nosotros, porque para cada uno tenía una recomendación particular.

Veinte años después, Suárez está más presente que nunca en Sucre.

Homenajeamos con este libro a uno de los poetas y narradores contemporáneos más importantes de Bolivia. Al maestro que buscó aportar su granito de arena para cambiar nuestra larga historia de mediocridad educativa [y aquí coincido con el vicepresidente Álvaro García Linera en su acertada presentación], en parte consecuencia de nuestra postergación literaria en el concierto internacional. Honrar su memoria y encomiar su labor de modo tal que sirva de faro para las nuevas generaciones era, qué duda cabe, una obligación. Y aquí estamos, Don Jorge, no se ría de nosotros. ¡Bah!, no creo que vaya usted a cambiar.

“Todo recuerdo es un licor lejano / y toda evocación es siempre nada”, escribió en uno de sus sonetos, de aquí al infinito. No recordará entonces cuando después de la sesión con Urzagasti nos dijo que una de las funciones del escritor era “salvar a los muertos”, ¿o sí? Yo, con la torpeza de mi juventud, le presenté un cuento aparatoso titulado “Cómo llorar a un buen muerto”… No recuerdo haber llorado a nadie como lloré al viejo Suárez hace 20 años.

Y sin embargo él —que estoy seguro no hubiera querido otra salvación más que la literaria—, pícaro como ninguno debió estar como me lo barrunto ahora, en esta sala, con su genio inconmovible, riéndose a mandíbula suelta de nuestra desgracia… en su propio funeral.

Con estas palabras, felicito y agradezco a la BBB por hacer justicia con Jorge Suárez.

Fuente: Puño y Letra



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