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Piratas, e-books y el reto de editar libros en Bolivia



Piratas, e-bookS y el reto de editar libros en Bolivia
Por: Rafael Sagarnaga

Baja la venta de libros editados en Bolivia. Se cierran librerías, se convierten en negocios mixtos o minimizan sus espacios. Los proyectos para la venta de libros nacionales en formato digital debieron resignarse a ventas casi esporádicas. Y mientras ya sólo tres ciudades del país cuentan con negocios formales de venta de libros, cada acierto editorial sólo entusiasma a la piratería. ¿Por qué la producción y oferta bolivianas parecen batirse en retirada y hasta languidecer?

Paradójicamente, corre el siglo en el que más se lee, escribe y busca conocimientos en el planeta. Y si bien, en otros países el mercado editorial no vive precisamente tiempos de bonanza, en Bolivia la actividad ya raya en el mecenazgo. Los datos resultan elocuentes. “En 2016, vendimos 3.500 títulos en impresos”, cita Marcelo Paz Soldán, propietario de la editorial Nuevo Milenio, “en 2017, sólo 2.700 libros”.

El golpe de Trapezio

Otros tres empresarios consultados también admitieron bajas en sus ventas. Además, reconocieron un ritmo más lento en la ampliación de su catálogo; es decir, en el indicador que marca el prestigio de una editorial. Coincidentemente, la cada vez más extraña apertura de nuevas librerías recibió un golpe intimidante: Trapezio, uno de los proyectos libreros más destacados de 2017 duró escasos nueve meses.

Encabezado por Magela Baudoin, Carol Gainsborg y Gabriela Araúz “Trapezio, libros y otras obsesiones” inició sus actividades en junio de 2017. Se abría como un espacio cultural y al mismo tiempo una alternativa para conseguir libros que habitualmente no llegan a las otras librerías de Santa Cruz.

Pero el 18 de marzo, la escritora informó a los medios que las tres emprendedoras habían decidido cerrar el negocio. “Luego de nueve meses de pérdidas y de distintas estrategias para sacar a flote la librería”, dijo Baudoin, “la realidad es irrebatible y tenemos que cerrar”.

Así, en la ciudad más grande de Bolivia, hoy se puede contar las librerías con los dedos de una mano: Lewylibros, El Garaje, Ateneo, Rayuela y Alma Mater. Una densidad con récord negativo si se consideran sus dos millones de habitantes, sin contemplar el área metropolitana que crece imparable en su entorno. Pero, por lo menos aún es posible hallarlas. Las bajas son más en ciudades como Tarija. Allí las dos únicas librerías que había, Oasis y Floyds, restringieron sus espacios de libros y usan otros para vender desde música hasta helados.

En Cochabamba, y el millón de habitantes que implica su área metropolitana, bastarían dos manos, menos dos dedos, para contar las librerías sobrevivientes. En La Paz se suma 13 librerías para un conurbano que, con El Alto, supera los dos millones de pobladores. No hay más en Bolivia, y, según trascendidos, es posible que en el futuro haya menos. Sin embargo, diversos tipos de libros, o partes de ellos, literalmente se multiplican en el entorno de universidades y colegios, a manos de los fotocopiadores.

Piratas a la vista y paciencia

Pasa algo similar con ferias de libreros donde otrora se vendía textos de segunda mano. Hoy han mutado a ferias pirata que se nutren, ya sea de los propios fotocopiadores o del material que llega de Perú. También en el formato digital se combinan los que generan los grabadores de discos compactos y los textos piratas que llegan del exterior. Las diferencias de precios entre las obras originales y las fotocopiadas van de un 30 por ciento para abajo, el caso digital es radicalmente peor.

El último texto de Naomi Klein, “Decir no no basta”, en librería vale 210 bolivianos, su clon en cierta feria con olor a fotocopiadora cuesta 60. La más reciente edición de la Historia de Bolivia de Mesa-Gisberth cuesta en librerías 150 bolivianos, en zona callejera vale 50, “con tapa casi igualita”. Es la siempre impresentable, pero cada vez más expandida piratería que llega a memorables extremos de descaro y aplastante aparataje tal cual recuerda Paz Soldán.

“Cierta vez participamos en una licitación para un libro que nosotros habíamos producido e imprimido, era un título de la editorial que sólo nosotros lo hacemos: ‘Río Fugitivo’, escrito por Edmundo Paz Soldán”, cuenta el empresario, “el pedido lo había lanzado un colegio que quería adoptar nuestro libro en su pensum escolar. Curiosamente perdimos la licitación frente a una empresa que había obtenido los textos impresos más baratos, piratas, que los que nosotros hacíamos”.

Y en el mercado digital, las proporciones se multiplican exponencialmente. Ernesto Martínez, el propietario de la librería Martínez Acchini, marca las diferencias: “Acá el libro digital pelea en peores condiciones que el impreso frente a la piratería. Mientras una edición digital de algunos libros bolivianos vale 5 a 6 dólares, un pirata ofrece un CD con 1.000 libros en dólar y medio, o sea 10 bolivianos. ¿Bajamos un libro digital a un dólar (7 bolivianos), si en la calle te venden un CD con 500 libros en 5 bolivianos?”.

No por nada la Oficina del representante de Comercio Exterior (USTR, por su sigla en inglés) de EEUU, en 2015, dio un alerta a Bolivia. Situó al país en la segunda categoría de “preocupaciones relativas a la propiedad intelectual”. La nota constituye algo así como un subcampeonato mundial de piratería que entonces fue compartido con otros seis países.

¿Es entonces la piratería quien lleva al mercado editorial boliviano a su creciente crisis? “No”, coinciden todos los ejecutivos consultados. Si bien reconocieron sus marcados efectos, recordaron que el fenómeno data desde hace casi dos décadas, y, sin embargo, el bajón editorial se acentuó particularmente en los últimos tres años.

“No se sabe aún qué tamaño tiene el mercado del libro en Bolivia, es una tarea pendiente. Asumimos que podría ser el doble si no hubiese piratería. Se vuelve más complicado publicar en Bolivia, importar libros desde Bolivia y vender libros a Bolivia. Pero la piratería no ha sido responsable del cierre de librerías en los últimos años, ya estaba”, explica Martínez.

¿Y el libro digital?

En un mundo sumergido e interconectado por la cibernética, la segunda hipótesis apunta al libro electrónico o e-book. ¿Es el creciente consumo del libro digital a nivel internacional el causante del bajón editorial boliviano? “Tampoco”, “menos”, “para nada”, responden los directos afectados.

Según diversos estudios, el mercado del libro electrónico avanza a un ritmo mucho menos rápido de lo previsto cuando se inició, en 2008. La consultora Libranda, por ejemplo, señala que en el mundo, el libro digital se acerca al 20 por ciento de las ventas. En España, bordea el 14 por ciento y en Latinoamérica, el 10 por ciento. “En Bolivia no debe llegar al 2 por ciento. Y no va a surgir más allá debido a la piratería”, asegura Ernesto Martínez.

José Antonio Quiroga, ejecutivo de la editorial Plural, explica el fenómeno: “Son muy bajas las ventas de ebooks. No tienen incidencia en las cifras de negocios o ventas anuales, en Bolivia y Sudamérica y aun son bajas en el mundo. No se trata precisamente de que la gente baje los libros de Internet o los tenga en sus tabletas de lectura”.

Las causas del bajón

¿Y entonces cuáles son las causas para que el mercado editorial boliviano haya ingresado en etapa de sobrevivencia? En tres factores coinciden los directos afectados: cambios en los hábitos de lectura, desarraigo cultural por la lectura y falta de apoyo estatal al fomento del libro en Bolivia.

“Las nuevas tecnologías están cambiando los hábitos de lectura”, explica Quiroga, “al cambiar los hábitos, pasa que la gente hoy tiende a leer fragmentos. Ejemplo, muchos estudiantes ya no compran libros enteros, sino que leen los capítulos que les sirven para aprobar determinada materia, gracias al acceso a la información vía Internet”.

Y a ese cambio, en el país, se suma un problema crónico y extendido. “En el caso boliviano hay un problema extremo, gigante: la lectura no está arraigada culturalmente”, dice Paz Soldán, “el futbol sí, los concursos de belleza, la comida, la política, el alcohol, pero la lectura no. Parte de la cultura está relacionada con otros aspectos que no tienen nada que ver con el libro”.

Por si fuera poco, a diferencia de lo que pasa en diversos países, el fomento a la lectura no constituye preocupación alguna de las autoridades. No se conoce ninguna política estatal de fomento al libro, como pasa en Uruguay, Colombia o Chile. Tampoco hay iniciativas estatales de promoción de las bibliotecas públicas para que compren libros de los editores. Y menos existe un sistema de compras estatales para las bibliotecas, entre otras medidas.

Quiroga recuerda, además, que la Ley nueva del libro “complicó la vida más que ayudar” con un cambio en el sistema impositivo que acabó costándoles más a las editoriales. Paralelamente, aún no se creó el fondo editorial establecido en aquella norma.

“No hay un solo un programa en todo el país que haya invertido 100 mil bolivianos en la compra de libros”, dice Paz Soldán, “no existe ninguna repartición del Estado que haya comprado alguna vez 30 libros para que sean repartidos en las bibliotecas. Dicen que no hay recursos, que son pobres, que tienen pocos ingresos, pero de pronto te enteras que han comprado 10 millones de bolivianos en mochilas, y su efecto es nulo. Las consecuencias se las ve cuando los muchachos llegan a las universidades y no son capaces de entender lo que están leyendo”.

COMODIDAD

Lectores bolivianos quieren pagar poco por lo que leen.

TABLETAS

Los libros digitales se han hecho muy populares entre la juventud.

PROMOCIÓN

Buenos autores extranjeros publican en Bolivia, pero ninguno ha logrado récord en ventas.

PARADOJA

La piratería se ha vuelto en la reguladora de lo que se lee. Ellas ganan de los éxitos populares, y al hacerlo consagran a ciertos autores .

Editoriales vivas

Aproximadamente, 13 editoriales de diversa índole funcionan en Bolivia.

En La Paz se hallan Gisbert, Don Bosco, Plural, 3600 y El cuervo; en Cochabamba, Pseudo Gente Editores, Taburete, Nuevo Milenio, Los Amigos del libro, Kipus, Fe de erratas y Paulinas; en Santa Cruz, Editorial Lewy, El país y La hoguera.

También funcionan como editorial la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB) y el Archivo y Biblioteca Nacionales de Bolivia (ABNB).

La Fundación Xavier Albó, el Centro de Estudios Superiores Universitarios (CESU), la Fundación Konrad Adenauer, la Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, y el Banco Central de Bolivia tienen sus propias ediciones.

Biblioteca del Bicentenario

Los editores se han visto afectados por el proyecto de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia (BBB). José Antonio Quiroga explica que la iniciativa les causó una baja impensada: “Es un proyecto interesante, pero varios de nuestros títulos la BBB los publica con la subvención del Estado. Entonces ya no podemos competir. “Historia de la rebelión de Tupaj Katari”, de María Eugenia del Valle o “Estado y ayllu andino”, de Tristan Platt, valen 40 o 50 por ciento más que los de la Biblioteca del Bicentenario.

Fuente: Revista OH!



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