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Alucinaciones inenarrables: ‘Muerta Ciudad Viva’



Alucinaciones inenarrables: ‘Muerta Ciudad Viva’
Por: Rodrigo Villegas Rodríguez

Un recuerdo puede ser nada más que una alucinación, una secuencia de imágenes transformadas por el transcurso de la madrugada, y/o tergiversado por aquel líquido dulce y amargo que es el alcohol en cualquiera de sus mezclas: cerveza, chicha, whisky o un “soldadito”. Alcohol de quemar con agua, la bebida de los pobres, de los urgidos por pertenecer a otro mundo, uno en el que las alucinaciones perduren, y se hagan, al fin, recuerdos.

“Creo que estoy perdiendo la vista, mamá. Lo que ya perdiste es la cordura, hijo, y seguro que el alcohol no solo ha de afectarte la vista, te traerá la nostalgia, vivirás en ficción, como una mala novela criolla”. Así dice, piensa y vive, y viceversa, el personaje innombrado de la novela Muerta ciudad viva (El País, 2013; Limbo Errante, 2018), del cochabambino Claudio Ferrufino-Coqueugniot, ese escritor estandarte de la literatura vigente de nuestro país. Característico por su irreverencia, inconformismo y aproximación hacia lo marginal, hace de su personaje un ser que habita en la tragedia, en la que se debate todo aquel que permite a su sangre nutrirse de lo vital: trago, literatura y mujeres (léase “sexo”). Lo demás no importa. La revolución comienza en uno mismo.

Muerta ciudad viva, la cuarta novela de Ferrufino-Coqueugniot, acaba de ser reeditada por la editorial española Limbo Errante. En Bolivia es difícil encontrar ejemplares de la primera edición —al parecer El País cerró poco tiempo después de publicarse la obra—. Es por eso una alegría la nueva edición de esta obra, esta vez en Europa. Pocos autores nacionales han tenido el privilegio de publicar en el exterior, más aún en España, fecundadora de obras y autores relevantes en la historia de la literatura y su emancipación por las Américas. Es así que este logro es una celebración para Bolivia, a pesar del conocimiento escaso de este arte en nuestro medio, un territorio, como tantos otros, alejado de los libros (“Paladines de una lucha casi imposible en el país, la de crear, hacer literatura, contra y a pesar de todo”).

Cochabamba. Siglo XX. Los años 80. Ferrufino-Coqueugniot narra lo “inenarrable” de una ciudad que se hacía pedazos desde las entrañas, pero que encuentra la gloria por los mismos motivos. Un infinito que intercala la vida y la muerte, la muerte y la vida. Que corrompe cada espacio, desde los bares más inmundos hasta los basurales donde descansa algún borracho sin zapatos y sin chamarra, asaltado mas no muerto, mordisqueado por las ratas y los perros pero no muerto. No muerto. Al final de todo eso es lo único que importa. “Pero y qué, la vida como la muerte viene y va. Ni intentar cambiarla. Ir con ella, acelerarla, retrasarla, volcarla y volverla a volcar, pero con un destino que lo decide ella, no tú”.

El personaje heterodoxo de la novela, que no parece novela —no tiene un argumento definido, está dividida en capítulos con un orden arbitrario, un diario, crónicas, memorias, epifanías, pesadillas…— sino algo mayor, vive/muere en aquella ciudad continente (“Era Cochabamba, la guerra del fin del mundo bajo un sol envidiable, un clima paradisíaco, árboles y acequias”), en lo marginal, en los agachaditos donde se come carne de ratón o de perro, comparte camas dispersas con damiselas y putas en cuartuchos miserables que hacen de hoteles, que, ya sea cerca a un eucalipto o a un molle molle, o en un tren donde lleva contrabando, no pierde la oportunidad siempre presente de copular, de hacerse eterno en la carne de las féminas que perturban sus ojos, que bullen su negra sangre de bestia humana.

Ferrufino-Coqueugniot acelera su obra, ésta y sus anteriores novelas, en los distintos grados de violencia y del placer. Es un viaje al fin de la noche, la travesía de un Ulises en tierra cochala, un final que no encuentra pero que sostiene en un simulacro permanente a través de la chicha y de sus parejas ocasionales, aquellas a las que a merced se muestra sin remedio. “Crecer deja de lado la épica y nos mete de cabeza en las mujeres, de cabeza porque será lo primero en perderse en esta nueva guerra que nunca se gana, donde solo se pierde”.

Muerta ciudad viva es un embate de literatura sucia, de historia desprovista de sentimentalismos, de sexualidad desbordante, de adoración por el arte a pesar y por las circunstancias, cualesquiera que sean. Quizá se pueda “resumir” los libros de Ferrufino-Coqueugniot en una frase labrada en la novela: “Exceso de muerte, calor y hediondera”. Exceso de talento. De Literatura. De muerte y de vida.

Levanto mi vaso de chicha —¿alucinación dejada por la lectura inhóspita de la novela?— en celebración por la reedición de Muerta ciudad viva. Ojalá el impreso llegue a Bolivia, el país del cual emergió. Obras como aquella son cada vez más necesarias en un mundo tan cínico como en el que vivimos.

Fuente: Tendencias



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