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Cuento de Rosario Barahona Michel: Cosas consabidas



Cosas consabidas
Por: Rosario Barahona Michel

(Publicado originalmente por Yerba Mala Cartonera, Cochabamba, Bolivia 2017)

Para Jacqueline Sandi Zárate, una de mis mejores amigas, y esa su temible ocurrencia de creer en mí más que yo misma.

I

Es sólo una caja de zapatos conteniendo toda su vida. Eso es lo que dije antes de entrar, y quizá por eso me miraron tan raro, o quizá por eso mismo me dejaron pasar sin mayores restricciones.

II

Hay que irse cuando aún te puedan echar de menos, y por eso, uno no debería quedarse por mucho tiempo en los lugares que no son íntimamente suyos, es decir, que no son afincada, sólidamente suyos, desafiando así al destino con tanta rebeldía a todo lo que pudiese acontecer, o tal vez, definitivamente, nunca acontecer.

Acometiendo, develando, u omitiendo algunas palabras, callando, sino es lo mismo. Porque ya lo sabes, los silencios no son lo que son, o cuando menos, no son lo que parecen, porque los silencios también tienen su voz y ésta suele ser escandalosa, a veces maldita.

Es curioso, pero en ello pensaba al (des)oír un traqueteo inusual en la acera de mi calle: la puerta de algún taxi que cerraba casi graznando, un par de voces masculinas y unos cuantos pasos lejanos, pero como no me pareció tan importante, me encogí de hombros, dejé el Merlot consuetudinario de prescripción médica en la esquina de la mesa del jardín y me arrodillé, entonces, en tierra, para podar mis rosales de junio, que caprichosos, seguían floreciendo. Tenía todas las mesas y superficies de la casa llenas de rosas y hasta me faltaban ya recipientes para albergarlas.

Pese a ser mediodía el aire era frío como el de madrugada, y el sol pegaba fuerte y helado sobre mi rostro. Mis ojos se embebieron de un resplandor claroscuro y fue entonces que golpeaste enérgicamente la puerta con esos tus nudillos tan duros, extraños, tiesos, reumáticos, característicos. Te abrí la puerta, párpados aún entrecerrados por la memoriosa retina que no olvidaba el golpe solar, y después de todo, extrañada: la cocinera de mi confianza manejaba su propia llave para entrar, (ya sabes que jamás fui buena cocinando) y McLaren, el motociclista de la Ducati también, aunque él solía entrar por el garaje y no por la puerta principal, dejando una estela fina de humo perfumado en el ambiente, para enseguida apearse quitándose el casco y sacudirse un poco el cabello, jugando siempre con las llaves de su moto que bailaban entre sus dedos expertos, produciendo un tintineo inevitable, muy parecido a un son vivo e intenso de alegría tribal.

Llegaste de viaje, de ese viaje eterno e inexplicable que fue tu vida y como si nada volviste a casa, vestido como si hubieses estado a punto de asistir a un cocktail o a un velorio. Camisa blanca, corbata gris, un traje negro y formal, algo en desuso por las anchas solapas que acababan cruzándose en una corta abotonadura, aunque no sé por qué pensé que combinaba perfectamente con tus canas de nieve peinadas hacia atrás con infalible rabia. Una bolsa arrugada de papel craft debajo de tu brazo, sugería un obligado regalo traído de quien sabe dónde, y un escueto equipaje colgaba tan cuidadosamente de tu hombro que parecía ser todo lo que tenías en tu misteriosa vida. Sin embargo, fue tal el aire de desorientación rítmica flotando en cada músculo de tu arrugado pero bien afeitado rostro, y tus ojos oscuros tan brujos, dudando, que no me quedó más que fingir cierta cordura y dejarte entrar.

Así que mientras caminabas con pasos cansinos, algo cortos, diste cierta explicación sobre tus viajes, un viaje de trabajo que condujo hacia otro, y otro, y otro más, hasta una larga estadía en una gran empresa de transporte en pleno desierto del Sahara, y luego en el de Namib por unos años hasta la aparición de una grave y rara enfermedad autoinmune parecida a un enfisema pulmonar por el abuso del tabaco, después vino el temible desahucio laboral, ‘y aquí estoy’, pronunciaste, seguido de un resignadísimo ‘así transcurrió la vida’, dicho con un asomo de sonrisa más parecido a una disculpa tan tonta, anodina, atemporal e incoherente que tan sólo atiné a mirarte perpleja, preocupadísima, no por vos, ni por tu extraña llegada, sino porque no había terminado de podar mis rosas. No está en mí eso de dejar las cosas a medias, lo sabes.

Retomé mi tarea y mientras que con movimientos rapidísimos cortaba pequeños tallos con mis tijeras jardineras me preguntaste si sabía que estabas vivo, y yo respondí que sí, que a mi pesar, tu dignísima familia se había encargado de hacérnoslo saber. Sin pausas de tiempo entonces, como una digresión descomedida, preguntaste mirando en derredor:

—Dónde están mis pantuflas.

Fue raro, pero sin quitar la vista del rosal, sorprendiéndome de mí misma, como si te hubiese visto ayer, y no hace treinta años atrás, respondí automáticamente:

—En el mismo lugar.

—Y mi pipa- volviste a preguntar, insistente, y yo a responder, insistente también:

—En el mismo lugar.

—Y mi juego de dominó.

—En el mismo lugar.

—Y mis discos de Eric Clapton.

Parpadeé entonces, y no niego que estaba a punto de quebrarse mi frágil paciencia, cuando abandoné momentáneamente mi faena de jardinera para responderte bien, pero lastimándome en el afán mi dedo anular con las espinas del rosal. Conteniendo la respiración, me puse en pie, bebí un sorbo generoso de mi Merlot bendiciendo mentalmente a mi sabio médico de cabecera, y te espeté entonces, palma en alto, la verdad de la situación:

—¡Por favor, hombre!- grité como una loca- todo está en el mismo lugar de siempre.

Avancé un poco y tres gruesas gotas de mi sangre cayeron al piso de cerámica beige, pero vos no te inmutaste, sino que aparentemente paralizado primero y descreído después, abriste armarios y vitrinas y cuando comprobaste que no te mentía, recobraste tus objetos amados, los pusiste a salvo en un cajón de tu cómoda de huésped, y miraste en derredor, escrutando a fondo los detalles, siempre desaprobándolo todo, pues nada parecía estar a tu nivel. Sacaste entonces tu blanco pañuelo y limpiaste el piso, callada, concienzudamente, concentrándote en los cercos sombreados de rojo tornándose púrpura, tan púrpura, que obstinados, se negaban a desaparecer del todo.

Pues bien, que yo ensuciase así mi casa con mi sangre, era mi problema, Ignacio, y sé que no merecía tu aprobación, pero sabes, yo ya no la necesitaba, como no te habíamos necesitado -ni mis hijos ni yo- en estos largos treinta años de tu ausencia.

Quizá por reafirmar eso no corrí a lavarme la herida ni a vendarme el dedo como lo hubiera hecho en cualquier otra situación, sino que bajé la mano que por acción de gravedad sangró más y más, y vos, nervioso, ibas limpiándola a mi paso, sin poder apenas sostener mi mirada inquisitiva, hasta que tu pañuelo se puso todo rojo?

Estuve segura entonces, que no hay remedio contra algunas ausencias. Resulta mejor la ausencia que el remedio contra la misma, como una vacuna que contiene elementos de la enfermedad para no enfermarla, como un pañuelo blanco de la paz que ha dejado de serlo para siempre por tornarse sangriento. Porque lo contrario a la paz no es la guerra, sino la sangre.

III

Cuando vos llegaste, Ignacio, tuve que salir de casa, yo, que no sé si recuerdas, detesto salir de casa (ahora más, mucho más, desde mi retiro formal del banco), para decirle a McLaren que me esperara en su jovial, amplio y moderno apartamento de imponentes ventanales, que por lo menos por un tiempo ya no me visitara más, porque aunque es mi casa y no tuya, quiero que sepas que no estábamos a tu disposición, ni él, ni yo, ni mucho menos mis dos hijos, -que gracias al cielo se marcharon a Europa- para que nos perturbases con tus preguntas, con tus miramientos y tus chocheras, en fin, con tu presencia, con todo esto que eres y que tan bien, o tan mal, –sólo Dios sabe– has sabido llevar hasta ahora.

Así que cuando vos llegaste, sabía con certeza que me dolería ese conocido ruidillo metálico de las llaves de su moto entrechocándose una contra la otra, y quizá más, el olor de aquel perfume fresco y juvenil algo amaderado y cítrico de la casa Dior o Rabanne que usaba McLaren, tan intensamente adherido a cada fibra de mi amarillo claro chaise longue. Por eso, antes que pudieses subir siquiera a mi sala de estar por cualquier pueril pretexto tuyo ritualista –misterios del orden y de la perfección– como por ejemplo, ver las horribles noticias de la televisión, saqué sábanas del baúl y las dispuse encima de aquel sofá tan sagrado donde recostados –pistachos y canapés de acompañamiento– McLaren y yo habíamos empeñado muchas horas de películas y de amor.

Está demás decir que el mueble quedó como un fantasma paralizado y solitario, totalmente recubierto, o más bien, tengo que decir, como un espacio a cubierto de recuerdos felices.

Te acomodé, entonces, en la habitación de huéspedes de la planta baja, que como querías, también tenía televisión.

IV

En el segundo piso, eché llave a mi sala de estar, contigua a mi dormitorio (y a éste también), de modo que no tuvieses acceso a que después de treinta años pudieses verme despeinada o desmaquillada. Eso sí que no te lo permitiría, ya ves, el tiempo te da derecho a todo, o casi a todo.

Pero una mañana de sábado en que, apurada buscaba las llaves de mi Wrangler para ir a visitar a McLaren –películas, vino y canapés constituían otra vez el programa del día– te encontré parado en el centro de mi sala de estar, mirándolo todo con no poco estupor, desde mis muebles nuevos, mis obras de arte y hasta mis recipientes de cristal conteniendo rosas y más rosas, y en una mesita, la infancia de mis hijos congelada, su primer día de colegio, sonriendo en el tobogán, o soplando las velas de una gran torta de cumpleaños, e ibas escrutando mi mundo seguramente como viéndote ajeno y preguntándote dónde, en qué capítulo de nuestra historia había quedado aquel hombre que vivía allí conmigo y con nuestros pequeños, dónde su entusiasmo juvenil, dónde sus pulmones y huesos sanos y no esa carne masacrada por el alquitrán de sus Marlboro, esos nudillos reumáticos de hojarasca, huesos secos, sórdidos y enfermos.

Sin dar ninguna explicación acerca de porqué o cómo es que estabas allí, (seguramente yo por descuidada había dejado abierta la puerta) preguntaste en forma de sentencia, mientras leí en tus ojos una brujería inminente:

—Y qué vaina es ésta de las sábanas sobre tu sillón.

Pero eso no fue lo peor, sino que, insisto, guardabas una mirada tan peligrosa, como si supieras que se avecinaba una tormenta de granizo y vi claramente que estratégicamente te guardabas ese secreto, como un pecado cometido en una guerra silenciosa, tus ojos como dos nubarrones de duda y de culpa. Volviste a preguntar:

—¿Puedo sentarme ahí y ver televisión?

—No –te contesté, y en el fondo, te juro, no mentía: —el polvo entra por las ventanas y se encapricha en quedarse sobre este sofá, ni la sábana lo libra del polvo. Te ensuciarías la ropa si te dejo sentarte ahí.

Callé inmediatamente, sintiéndome una tonta por dar explicaciones tan elaboradas a quien no se las merecía. Reí, entonces, por la absurda, nerviosa, tonta situación y en un tono casi amistoso, exclamé:

—Ay vos, Ignacio, siempre reprobándome en todo.

Así que con esa frase te evadí sin dificultad con la destreza que sólo los años da y echando llave a mis territorios más íntimos me dispuse a salir dejándote solo, ya que te advertí que no volvería hasta la noche, y añadí en son de broma que te abstuvieses de prender fuego a la casa, ya que si eso sucedía, ni vos, ni yo, tendríamos ya dónde vivir.

V

No te lo conté pero sé que por ser tan brujo lo sabías. Después de pasar todo el día con McLaren viendo películas, volví a casa a eso de las once de la noche. Aunque exhausta, al ver que dos flores morían, no pude dejar de cambiar el agua de uno de mis innumerables floreros, -misterios del orden y de la perfección, quizá- subí las escaleras, y cuando me disponía ya casi a ponerme el pijama, saliste de tu habitación de huésped y gritaste desde el patio que tenías hambre, mirando siempre hacia arriba, sin despegar los ojos de mi puerta. Te contesté, miedosa de que los vecinos pudiesen creer que tenía un prisionero a punto de la inanición y de que me inventaran alguna otra historia más, así que puse el índice sobre mis labios, y sorprendida, ya que te había explicado todas las reglas de mi casa, te enfrenté, muy seria, susurrando:

—Ignacio, la cocinera dejó tu cena en el microondas.

Por toda explicación dijiste que no sabías bien cómo usar un microondas tan extraño como el mío, así que vencida, me até a la cintura el lazo rosado de mi bata de cama y bajé a la cocina.

—Esto es un atrevimiento de tu parte –refunfuñé– no puedes pedirme que venga a la cocina a estas altas horas de la noche para calentar tu cena.

—No te enojes –sonreíste– perdóname, pero el hambre no me iba a esperar.

Y tomando asiento, de inmediato comenzaste a moverte y a tamborilear los dedos sobre la mesa, cual pianista desafinado, siguiendo el ritmo de un bolero sin fin.

Entonces, mientras el horno microondas hacía su trabajo dando vueltas infinitas a tu ritmo, respiré hondamente y me enfrenté a mi propia, algo temida parafernalia. Había leído demasiado sobre aquel llamado ‘síndrome del nido vacío’, inventado o no, no importa, el hecho es que así se refieren los terapeutas estudiosos a la soledad que invade una casa cuando los hijos se van. ‘Qué lindo eso’, recuerdo que pensé entonces, ‘los estudiosos de la soledad existen’. Bueno, en todo caso, había decidido que a mí no me sucedería (que la soledad no me alcanzaría, digo) y es difícil de explicar, pero en efecto, no sucedió, o tal vez estaba tan ocupada con el trabajo en el banco que no lo había sentido nunca, mucho menos en los dos últimos años que pasaron en un pestañeo. Así que desde hace catorce años que mis hijos se fueron a aquella universidad, opté por hacer las mismas cosas que antes hacía con ellos en casa. Por eso me viste tendiendo sus camas en la mañana y a la hora del almuerzo, de la merienda y de la cena poner sus respectivos lugares en la mesa, que vacíos, me acompañan tranquilamente con sus voces tiernas de silencio.

O quizá sólo es costumbre, como bien opina McLaren.

Costumbre o no, pero fiel a mí misma, puse la mesa para cuatro: mis hijos, yo, y vos. Cuatro platos, cuatro cubiertos, cuatro vasos, cuatro servilletas, la jarra de cristal, llena de agua en el centro, como dividiéndonos para siempre.

—¿Alguien más viene? –preguntaste– sonriendo sostenidamente, flotando la preocupación en tu voz, como un hilillo tenebroso.

Y no me creíste cuando te dije que no, explicando que se trataba tan sólo de una idea mía de sobrevivencia, de un ritual de vida o muerte.

—No puede ser –juzgaste meneando preocupadamente la cabeza– nuestros hijos ya se marcharon de casa, no puedes hacer como si estuvieran aquí.

—Claro que puedo –te discutí, dándome cuenta que me fascinaba discutirte.

—Estás loca.

—Ya lo sé.

Silencio.

—¿Vas a comer o no?-pregunté a tiempo de que te ponía enfrente el plato caliente de pollo al horno acompañado de ensalada rusa.

Iba a sentarme para acompañarte mientras cenabas pero no lo hice porque fue interesante ver tus puños bien apretados contra tus sienes, como un hombre completamente devastado por mis acciones, por mis movimientos. Si vos podías sorprenderme, queriéndolo o no, yo también iba a hacerlo.

Más silencio.

Tus puños seguían bien apretados contra tus sienes, mirándome, sólo mirándome como exprimiéndote los pensamientos que hablaban, casi vociferando por sí solos. Qué es esta vida, quién es esta mujer que tengo enfrente, con su aire de sabelotodo, con sus jeans algo desgastados y sus zapatillas planas y sus camisetas blancas, y sus largos collares, viéndose más joven de lo que en realidad es, ésta que marcha por la vida con su brazo largo y experto al volante de su jeep Wrangler haciendo chirriar sus neumáticos Mickey Thompson, quién es esta que sale y entra de su casa y hace lo que le da su reverenda gana, visitando quién diablos sabe a quién, perdiéndose todo el santo día, quién es ésta con tantísima sangre en sus venas, quién es ésta a la que no le importan que sus hipócritas vecinos le hablen sonriéndole sabiendo que la critican por detrás, dándoselas de jardinera a la par que bebe su Merlot, Cabernet, o Malbec o lo que demonios sea, quién es esta mujer que miro ahora moverse tan decididamente con esa su bata tan pero tan rabiosamente rosada, con ese su encanto tan enrarecido, qué hace en mi vida. Qué.

E incluso: quiénes son estos dos seres desconocidos que son mis hijos aunque me sienta incapaz de extrañarlos porque cuando me fui tenían pañales y no sé cómo sería extrañarlos. ¿Qué se cree su madre para obligarme a cenar con dos perfectos desconocidos, o acaso no ve que estoy aquí sentado, temblando de miedo ante estos dos lugares vacíos de comensales tan ausentes y que hasta el hambre se me ha quitado?; Pero qué se cree esta mujer. Mejor me voy, empaco mi pipa, mis pantuflas, mi dominó y mis discos de Eric Clapton que vine a buscar y mañana temprano me largo de esta casa de locos, aunque no tengo adónde.

Silencio.

Ya pues Ignacio, no me mires así, que los dos sabemos que lo pensaste exactamente así. O acaso eres el único brujo en este asunto.

Y como no pude con esos comentarios ni dar respuesta alguna a esas preguntas tan intrincadas, te dejé solo en la frialdad del comedor, al albedrío de la penumbra de la noche. Eso sí, tampoco fui tan desconsiderada, pues sabes que te dejé en compañía de nuestros hijos.

VI

Pero no te fuiste, como pensaste, o mejor dicho, como pensamos ambos, quizá porque a veces nos resulta imposible acatar un viaje triste en domingo. Quizá porque en domingo arrastramos el cansancio de los seis días anteriores o quizá porque nos cansamos de nosotros mismos, de ser quienes somos sin remedio alguno.

Ese domingo, después de almorzar, te encontré sentado en la mesa del jardín, leías Los Tiempos, concentradamente. Un haz de sol invernal se proyectaba sobre tu rostro y tal vez por eso, me pareciste más viejo que nunca. Nos dimos las buenas tardes como dos buenos extraños, dos buenos vecinos muy civilizados, y al hacerlo noté el bulto de papel craft que traías al llegar debajo de tu brazo, descansando ahora en tu regazo.

Me serví un poco de mi Merlot favorito, dejé la copa en la mesa y puestos con cuidado mis guantes de cuero, pues mi anular herido aún dolía, comencé a remover la tierra, desenfadadamente. Sólo me faltaban dos rosales por podar.

-Pobre gente –murmuraste– refiriéndote a las víctimas del huracán Katrina, del cual estabas leyendo, y añadiste, casi tiernamente, fijando la vista en mis manos: -Cuidado con ese dedo, que a tus rosas les gusta herirte.

No respondí palabra alguna, pero pensé, ‘vos siempre tan vos’, nada más, te juro que nada más, sólo las cuatro palabras rodando lentamente en mi silencio y me limité entonces a beber un sorbo largo tan aliviador que fue como un tibio bálsamo a mi alma. McLaren me esperaba en su casa –de nuevo, películas, canapés y pistachos– y apresuré la tarea jardinera pensando en sus manos grandes dibujando filigranas a mano alzada en mi cabello durante las horas felices venideras que vos no impedirías.

Que vos no impedirías, repetí mentalmente. Sonreí.

De repente te pusiste de pie y caminando como Pedro por su casa fuiste a la cocina y regresaste al jardín con un recipiente de hielo picado y dos anchos vasos de cristal entre las manos. Te liberaste por fin de aquel bulto y extendiéndolo hacia mí para que lo mirase, enunciaste:

—Dejá tus vinos, tengo algo para vos. El nuevo licor de lujo, ven que te sirvo.

Te dije que tenía prisa y que tenía que salir, pero insististe tanto, que quitándome los guantes, me senté frente a vos, pensando que serían tan sólo cinco minutos y ya. (Qué equivocada estaba, ya ves, es como si ese domingo continuara flotando en el tiempo, hasta hoy, que da la casualidad –¿casualidad?– que es domingo, otro domingo hijo de aquel, y aún de aquel más antiguo).

Desechando el envoltorio, el Baileys quedó a la vista, y en efecto, el sabor era de lujo, siempre tuviste buen gusto en todo, menos en marcharte así hace treinta años, como un ‘clásico’ de todos los hombres. (Recuerdo que también era domingo, acabábamos de desayunar, y los cuatro veíamos Plaza Sésamo en la televisión. De repente, te pusiste de pie y dijiste que ibas a comprar cigarrillos a la esquina y jamás volviste. Hasta ahora que estoy mirándote, casi sin creerlo).

—El mundo está de cabeza –dijiste mirando el periódico, este último domingo, el de nuestras actuales desgracias– en Estados Unidos la gente muriéndose con el huracán Katrina, y acá, Evo Morales iniciando una política de reivindicación marítima. Cosas impensadas, ¿no lo crees?

—Qué.

—Que si no lo crees.

—Qué, ¿sobre las cosas impensadas?

—Sí.

—Bueno, las cosas impensadas pasan todo el tiempo, Ignacio.

Corto silencio que cruzó el aire densificándolo, tornándolo tóxico. Doblaste el periódico, dando por finalizada tu lectura y me miraste sin misericordia, con tus ojos adivinos de trueno.

—Me voy, Bárbara.

Un carraspeo tuyo que contaminó más aún el ambiente. Tantos años de tabaquismo no podían dejarte ileso.

—Pues me parece muy bien. No fue buena idea que te aparecieras así de repente.

—Sólo me queda una duda, antes de irme.

Apuré otro Baileys, ya no podía contigo, y lo supiste. Te aparecías en mi casa, en una casa que era más mía que tuya porque aunque ambos la habíamos comprado, yo la había construido en todos estos años de ausencia, con todos sus rosales, con su sala de estar con una enorme televisión y varios sillones apostados por aquí y por allá donde nadie ya mira Plaza Sésamo, sino películas comunes, y un comedor con varios puestos vacíos, una casa privilegiada por el control de sus vecinos habladores, curiosos, hipócritas de en derredor que podrían, oh sí, en caso de emergencia defenderme de ladrones, y esperabas, ajá, que te sacara de una duda. Después de todo, esperabas despejar una duda.

—Una duda –pronuncié lenta, prolijamente– mirando los objetos aledaños, por si fuera preciso levantarlos en vilo, arrojarlos por el aire rozando tus canas irascibles.

Pacientes y tranquilos, en su sitio, permanecían mirándonos la tijera de podar, la pala, el picahielos.

—Quiero comprender lo de nuestros hijos, y que juegas a que siguen aquí, contigo. Pero no comprendo lo de tu chaise longue recubierto con una sábana, y que no me dejaste sentarme ahí. Qué ha pasado en tu vida que te vistes, que hablas, que actúas siempre tan extraño.

Sonreí, controlando la entrada de aire a mis pulmones. Ningún objeto contundente sería suficiente, jamás. Me levanté con cierto estrépito, ocasionando involuntariamente que mi vaso rodase cayendo al piso, haciéndose añicos en un instante. La señora Gordillo descorrió sus visillos, pero era tarde, la función había terminado, porque poniéndome de pie y yéndome así daba por concluida toda conversación. Apresuré entonces mi bolsa, las llaves del jeep en mi palma cerrada fuertemente.

—Dejá todo como lo encontraste, y tus sábanas en la lavadora –ordené.

Encendí el motor y entre su ronroneo oí que gritabas:

—¡Los vecinos me dijeron que venía un motociclista!

—Sí -respondí, gritando también, vocalizando bien cada palabra, y añadí: —¡y es un encanto!

Te miré por última vez, o por la vez que creí que sería la última, hombre decadente, parado en medio de un jardín ajeno, con un vaso de Bailey’s con hielo picado entre las manos. Las esquirlas de mi vaso, a tus pies, como hielo picado también.

VII

Me imaginé de todo, que me dejarías una nota, que te irías de cura, o que volverías al desierto del Sahara o al de Namib, pero no calculé lo que iba a suceder y en efecto sucedió, vos sorprendiéndome siempre, ya debería estar acostumbrada. No sabía que me seguirías, y que un par de horas más tarde, nos encontrarías a McLaren y a mí, tumbados plácidamente en su ancha cama, comiendo pistachos mientras mirábamos Casablanca por enésima vez, y que con una viejísima escopeta abrirías fuego contra nosotros como sólo un hombre extemporáneo que vivió viajando durante treinta años podría hacerlo.

Si no fuese por tu pésima puntería hoy yo no estaría aquí, visitándote en este penal que lleva el nombre de San Sebastián, muerto como mártir en la pagana Roma del 288 a.C. Aunque tu mala puntería sí fue suficiente –es irónico decirlo– para que te trajeran aquí, porque para las autoridades no pasa inadmisible una tentativa de muerte. ¿Recuerdas Ignacio, que te dejamos respirando dificultosamente, temblando y lagrimeando, sentado en la cama, calcetines chorreados, cubierto con la capa de azúcar de vidrios molidos a causa de tus disparos recubriendo tu espalda, un poco de sangre salpicada en la alfombra y en las paredes claras, pistachos por aquí y por allá, mientras Humphrey Bogart, imperturbable, desde el año 1942 pronunciaba alguna mítica frase? ¿Te acuerdas, Ignacio?

En tu declaración aseguraste que no querías matar a nadie (no lo hiciste, pero el vendaval inesperado de vidrios corto punzantes nos produjo lesiones en los brazos, en el cuello, unas más graves, otras no tanto), sino que te dominó una inexplicable ceguera y que tan sólo querías pegar un susto y no encontraste otra manera de hacerlo sino la de disparar hacia el ventanal, destruyendo, por cierto, todo ese gran diseño interiorista que tantos años de estudio le había costado a McLaren, que como supondrás, es arquitecto. Que tu plan era escapar, pero que ante el estrépito ocasionado, los vecinos no te dejaron salir del edificio hasta que llegaron las autoridades.

Fuere como fuere, no te culpo, Ignacio. Sólo vine a decirte un par de cosas, así que no me mires con esos tus ojos de interrogación.

Ya sé lo que pensaban mis vecinos, y sé lo que te habrán dicho porque a mí me lo dijeron antes, que creían que McLaren era un familiar, mi sobrino quizá, el hijo de alguna amiga que estaba de paso por la ciudad, no el chico que se la pasaba conmigo casi todo el tiempo, con el que recorríamos la ciudad en su fantástica moto, con el que íbamos al cine, a los cafés, a los conciertos. Caminábamos por las calles de esta ciudad, tomados de la mano, muertos de risa.

Me lo preguntó directamente la más curiosa de todas, la señora Gordillo que a diario nos miraba desde su ventana descorriendo ávidamente sus antiguos visillos y me encontraba cortando mis rosas o en el momento exacto en que McLaren me alcanzaba con diligencia alguna herramienta de jardinería, mientras me contaba su día y yo le iba contando el mío, calmado, por lo general, ahora que ya no trabajo en el banco (y bebo dos Merlots diarios por prescripción médica –uno al mediodía y otro al atardecer– que me alegran la vida y me protegen de enfermedad coronaria).

¿No te parece aterrador, que tan sólo por la desgracia de tener que vivir frente a la casa de una insufrible anciana tenga que explicar o justificar mi vida?

¿No te parece aterrador, que los vecinos no comprendan que puedo vestirme como se me dé la gana? (porque veintisiete años de trabajo en un gran banco me han cansado de tacones, perlas, y trajes formales).

¿No te parece aterrador que los vecinos no comprendan que la soledad más añeja puede romperse?

¿No te parece aterrador que la gente se crea dueña de nuestras escenas cotidianas?

Ay, Ignacio, no sé para qué me preguntas tonterías: ¿Que qué le dije? Pues nada, hombre, le dije a esa señora, como a vos, que ese chico era un encanto.

VIII

Esta situación es demasiado ridícula, improcedente a todas luces. No puedes preguntarme nada de él.

Por ejemplo, no tienes derecho a preguntarme nada sobre sus dedos bellísimos. Lo único que te diré es que fue lo primero en lo que me fijé de él, desde esa mañana, hace dos años, cuando se puso al otro lado de mi escritorio de alta ejecutiva bancaria.

McLaren había ido al banco con un amigo pero ni siquiera me di cuenta que estaba acompañado, sino hasta más tarde en casa, que repasé el incidente en mi mente. Inmediato al aviso de mi asistente, que ya le había dejado pasar a mi despacho, vi a través de la ventana de mi oficina que se acercaba, pelo algo largo y poblada, negra y cuidada barba, camisa azul cuadriculada, manga corta que dejaba a la vista el bosque extenso de tatuajes en sus brazos construidos por huesos largos y fuertes, ojos de cuarzo verde. Cruzó el umbral de mi puerta, dejando su fresco ámbito de colonia masculina flotando en el ambiente, sonrió despreocupadamente mostrando sus dientes bien alineados, y cuando su mano estrechó la mía, supe, oh Dios, con perfección de pitonisa, que en cuanto sus pupilas hicieran el primer contacto con las mías, pronto mis dedos estarían entre los suyos, entrelazándolos, como en efecto sucedió unas cuantas semanas más tarde en la gasolinera.

Firmó unos documentos necesarios para su trámite bancario con esos sus dedos gruesos y largos de falanges algo nudosas, y tras pedirme mi número –que a ningún cliente se lo daba porque luego me atosigaban con sus consultas y dudas a deshoras– y si me preguntas ahora, no sé por qué a él se lo di. Quizás, Ignacio, porque lejos de toda sofisticación, porque quise. Así que después de conocernos un poco, una noche de tantas que ya habíamos salido a cenar, bebimos un par de cervezas y noté algo extraño en mi reloj; el tiempo pesaba, era como si no transcurriera el tiempo o como si transcurriera demasiado deprisa, a borbotones. Íbamos paseando por la avenida Blanco Galindo, ventanillas abajo, gastándonos bromas, conversando sobre cine. El viento tibio, lluvioso y veraniego de febrero arreciaba acariciando nuestros rostros y a ratos, diminutas, coquetas e invasoras gotitas de lluvia nos salpicaban.

Algo brillaba a contraluz en su nariz, así que aunque mi jeep tenía gasolina suficiente, paré engañosamente en una gasolinera y mientras esperábamos nuestro turno, sequé con mi dedo la gota de lluvia brillante posada en su nariz y eso fue todo. Percibí entonces esos sus ojos inquietantes y un poco temerosos sobre mí, y no quise entonces desenredarme de esos ojos, ni de esos ojos, ni de esos dedos que de repente asieron cálidamente los míos, tal como lo había vaticinado.

Y ya ves, (un par de explicaciones que tuve que dar, por tu culpa), pero aquí seguimos, cinéfilos y adictos a los pistachos.

IX

Discúlpame, Ignacio, en serio. No sé para qué te molesto con mis minucias, que en realidad sólo vine a entregarte esta caja de zapatos donde puse todas tus cosas, porque en la ofuscación de tu celosa, fuera de lugar e inaudita persecución olvidaste en mi casa tu pipa, tu dominó, tus pantuflas, y tus discos de Eric Clapton, que como podrás imaginar yo ya no puedo guardar, pues me son como anatemas.

Te servirán mucho, ahora que no tienes mucho que hacer en esta cárcel, salvo pensar y oír, si no es lo mismo. Y tus objetos tienen muchas cosas que contarte, pero eso sí, ten cuidado porque sus voces de silencio están malditas. Mira que si no hubiese sido por ellos, probablemente y jamás hubieses regresado, y yo no estaría aquí visitándote, recordando lo que pasó hace poco o hace mucho, hablando como una loca a través de estas rejas de hierro, mientras tus ojos delirantes de guerra, de procesión, de tormenta, de premoniciones, de trueno, de brujería, de apocalipsis, me escrutan una vez más, calladamente, pero pronunciando tantas, tantas cosas como granizada que demuele. Sangre, hielo y lluvia de cristal, tu saldo por doquier.

Ahora me voy a casa, porque ya va a ser la hora de mi Merlot consuetudinario, y sobre todo, porque ya no hay nada que decirle a un hombre casado con el destiempo.

Sólo vine a decirte que no quisiste percatarte de que aunque tus amados objetos permanecieron, decrépitos, en los lugares donde los dejaste, todo, todo había cambiado en casa. Y no pensaste bien, sino otro gallo te cantaría hoy. Tal vez, vos, ciudadano del mundo, estarías en Madrid, México o Beijing –qué sé yo– o tal vez estaríamos juntos aún en este anochecer que levemente va cayendo, conversando en el jardín, sobre tus viajes de película en el desierto del Sahara o en el de Namib, o sobre el huracán Katrina, o tal vez jugando un partido de dominó acompañado de un buen Baileys.

Fuente: www.latinamericanliteraturetoday.org/



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