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Los cuerpos del verano, las lenguas del futuro



Los cuerpos del verano, las lenguas del futuro
Por: Mijail Miranda Zapata

“Puedo oler como se disuelve mi ego”, se lee, como una epifanía, en la penúltima línea de Los cuerpos del verano de Martín Felipe Castagnet. Es la voz de un hombre centenario, después de haber habitado cuatro cuerpos, todos distintos entre sí. No en términos espirituales o metafísicos -¿o sí?-. Sino dentro una realidad imaginada por el novelista argentino editado en Bolivia por Dum Dum.

No es el único. La reencarnación es una práctica común para aquellos que así lo deciden y pueden costearlo. Trastocados los extremos de la vida, el nacimiento y la muerte, un nuevo ordenamiento social y filosófico se perfila, aunque sin derrumbar el ethos/pathos atávico que nos habita.

“Seguimos siendo los mismo animales primitivos desde que nacemos hasta que nos morimos y después de que nos morimos también”, sentencia Castagnet en la voz de su personaje principal.

Esta enajenación existencial, en la que el cuerpo primigenio pierde su significación como continente de la conciencia, es el eje en el que se articula un relato que en su liviandad y frescura narrativa acentúa un estremecimiento de terror frente a un futuro cada vez más tangible.

Los cuerpos… fue publicada por primera vez en 2011, y desde entonces ha tenido reediciones en distintas editoriales, países e idiomas. A pesar de los siete años que median entre aquella aparición y su llegada a nuestro país, no ha perdido vigencia ni sentido, por el contrario, cada una de sus reflexiones parece ser refrendada por el vértigo con el que la tecnología toma nuestras vidas y los esqueleto que las sostienen.

El porvenir creado por Castagnet, tan distópico como nuestro presente, se libera de las construcciones futuristas plagadas de platinos relucientes y enrevesados circuitos electrónicos, para tomar un rostro más verosímil. Deja de lado los ciborgs y se sumerge por completo en la abstracción de la gran red y la conquista plena de la biología a manos de la ciencia.

“Internet modificó la realidad al convertirse en objeto; la realidad tiene una existencia tan concreta como las ciudades de una civilización”, explica un arqueólogo cibernético al protagonista creado por Castagnet.

Él, en conciencia, ella en cuerpo, es uno de los primeros humanos que se conservó en estado de flotación, una suerte de existencia on line, para después ser trasplantado a un cadáver; la concreción tan anhelada de la resurrección.

Esta ruptura teleológica, en el que la muerte se disuelve frente a la posibilidad de una existencia sin fin y la cibernética se desborda a sí misma, convirtiéndose en un hábitat inmensurable, es el principal rasgo frente al cual Rama, Ramiro, Papá, Abuela, intenta refundarse a sí mismo como individuo; inútilmente, claro.

“Mi cuerpo no alcanza; ni este ni ningún otro”, se lamenta ante la pérdida de su hijo, uno de los pocos que renunció a la inmortalidad, un desertor de su tiempo. “El único que me serviría ahora es mi cuerpo original, fallado y con el corazón roto, pero con el rostro indicado y los ojos justos”, remata.

En ese contexto en el que todo parece haber sido capturado entre algoritmos y terabites, aún hay algo inaprensible: el lenguaje, representación de una época y las generaciones que los habitan y habitaron. Hay algo que, en medio de toda la realidad condensada en internet, aún es inaprensible y nunca deja de mutar: la lengua.

“Los chicos (…) no entienden muy bien quién es abuelo, quién tío, quién bisabuelo; las viejas etiquetas les deben parecer espesas e imprecisas”, se dice a sí mismo viendo a los herederos de sus genes enfrentados a la muerte, otro término que son incapaces de asimilar tal cual lo concebimos milenariamente.

Ante esta realidad, peritos lingüísticos e informáticos son los llamados a desentrañar los vestigios del pasado y tentar un diálogo con las nuevas formas, códigos, signos y su concatenación estructurada. El lenguaje como cartografía del mundo, desde antes de nosotros y hasta el más lejano horizonte. La literatura es los mapas del futuro, parafraseando al mismo Castagnet.

Pero las cavilaciones planteadas en Los cuerpos… franquean los límites de lo personal y también bucean en las complejidades del entramado social. Aquí quizás se encuentre el rostro más pesimista del autor platense, en tanto nada parece ser distinto a lo que vivimos hoy.

La segregación como imperativo en las relaciones colectivas. “La prolongación de la vida suele estar acompañada de una prolongación del fascismo”, advierte Ramiro Olivaires, apenas “quemado” en su nuevo/viejo cuerpo.

“Parece que un prejuicio desaparece solo cuando lo remplaza otro”, dice después, cuando constata que, a pesar de derribarse estereotipos de género o generacionales, en realidad el orden de las cosas, ese que parece imponerse desde un lugar todavía más poderoso y desmesurado que la red de redes, sigue siendo el mismo, sin visos posibles de algún cambio.

Cuzco, un personaje secundario en esta novela, es la representación de todo el background que ahora mismo miramos de reojo y desconfianza, ese que habita las periferias de las que preferimos no hablar, ni ver, ni oír. Cuzco pudo haber superado la muerte, pero no tiene chances de revertir las injusticias que lo agobian junto a miles. Lleva entre sus brazos, en sus pies, en su frente el signo del “tercer mundo”.

Así, el futuro, en este lado del mundo, tal vez no sea más que una repetición de nuestras peores miserias y mezquindades.

Fuente: La Ramona



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