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Preámbulo: Cuento introductorio del libro “Sepulcros abiertos” de Daniel Averanga



Ilustración de Edwin Álvarez.

Preámbulo
Por: Daniel Averanga Montiel

(Cuento introductorio del libro “Sepulcros abiertos” de Daniel Averanga Montiel, publicado por Editorial Subjetiva, La Paz, 2018)

Así que lea. Lea y aprenda.
Books of Blood, Clive Barker.

1

Antonio escribía como un pobre inútil: usaba muchos adjetivos y adverbios, y el dominio de sus tiempos era casi nulo; además, no se concentraba en el fondo de la trama de sus historias. Escuchaba a los escritores expertos decirle cómo debía escribir, cómo no debía confundir tiempos y cómo podía ser coherente con el lenguaje de sus personajes… Escribía bodrios tales, que un día, harto de contactarse con su propia conciencia literaria que olía a naftalina guardada, decidió salir de su habitación (inundada de posters de películas de terror en las paredes, libros con ilustraciones sangrientas sobre las repisas, revistas pornográficas debajo de la cama), para ir al Cementerio General y pensar sobre su decisión de ser escritor.

Allí todos estaban muertos. Nadie le molestaría, como ocurría a menudo en casa.
Paseó por los corredores llenos de tumbas que se agolpaban unas sobre otras, leyendo los nombres escritos en mármol o estuco y observando a esos mosquitos que parecían motas de polvo, volar cerca de los rincones. De pronto pensó, casi sin querer, en el joven pintor que ahora estaba desaparecido, y que se decía, tanto en el periódico como en la televisión, que fue devorado por su tutor, como había hecho el “caníbal del centro” con los banqueros y las secretarias; pero Antonio no creía en aquellos comentarios. Quizá el pintor simuló su muerte para comenzar de nuevo: con otro nombre, en otra parte… dedujo casi sin entusiasmo.
Caminó, releyendo las lápidas nuevas y antiguas, y cuando la tarde estaba a punto de terminar y los guardias desalojaban a la gente que visitaba a los suyos, se fue.

Bordeó las paredes externas del cementerio hasta llegar a la avenida Entre Ríos, para detenerse en seco al encontrarse de frente con un mural que le hizo sentir escalofríos: pintados, distinguió a cuatro seres delgadísimos que tenían los brazos y las piernas como cañas del color de los vientres de los pescados; sus rostros eran máscaras cadavéricas de ojos negros, como carbones apagados, y sus bocas eran demasiado estrechas, al igual que sus mentones.

Antonio pensó que el mural era simbólico: los campos de concentración sintetizados en esas cuatro figuras, la pobreza… el hambre… pero no. Vio algo más: los cuatro seres estaban sujetando, a media altura, a un joven con las extremidades crispadas en actitud de agonía, tenía el rostro dirigido hacia el cielo, gritaba y mostraba, aún sangrante, la cuenca en donde antes había estado su ojo derecho.

Se acercó al mural y lo palpó. Tenía una superficie rugosa, como si alguien hubiera empotrado aquellas figuras en la pared.

La idea le incomodó al enfocarse en los rostros inexpresivos de los cuatro seres (hasta pensó, por un segundo, que ellos le estaban mirando), y luego, unos extraños deseos anegaron sus dedos al palpar de nuevo el mural y notar la textura estriada e incluso blanda de la pintura roja que había hecho de sangre. Parecía sangre real, cuajada en ese momento, solo para que él la tocara y percibiera. Se llevó los dedos a la nariz y olió. Aún el aroma a cobre era fuerte…

¿O solo era su imaginación?

Sintió el tensar de la cremallera de sus pantalones. No era el tipo de erección que le llegaba al imaginar a sus compañeras de colegio, ni el que le llegaba cuando veía unos glúteos bien formados moviéndose por la calle. Era una erección distinta, imprecisa.
Alarmado, Antonio se alejó del mural. Sintió vergüenza.

Llegó a su casa, atravesó la sala sin siquiera saludar a su madre, que estaba tejiendo, se encerró en su habitación, y siguió pensando en el mural: recordó la piel de la víctima siendo desgarrada en la parte de los muslos, y la mirada de los cuatro torturadores grises… y se mordió el labio inferior, ahogando un suspiro, y movió la cabeza afirmativamente, como diciendo: “Sí, ya lo tengo…”.

¿Acaso las imágenes que visualizaba dentro de su cabeza eran la idea para un escrito? ¿Acaso esto era la inspiración?

Sacó un cuaderno y un lápiz de uno de los cajones de su escritorio y, cuando posaba la punta de carbón sobre la hoja cuadriculada, percibió varias manos que, como pieles sedosas e imperceptibles, rozaron su espalda y sus piernas.

Era sublime… las palmas tibias, como brisas de la tarde, entre su piel y la ropa, creaban algo difícil de soportar por lo dulce, pero imposible de no aceptar por lo intenso.
Su madre se había quedado perpleja al verle entrar de ese modo, pero eso no importaba. Antonio seguiría encerrado en su cuarto, sin pensar en ella. Seguiría disfrutando de eso que le rodeaba sin pedirle permiso, de eso que le decía, en un lenguaje invisible, que él estaba por hacer algo grandioso.

Percibió que algo grueso, como un cráneo, se metía en su cuerpo por la parte en donde su hombro izquierdo se curvaba (hasta sintió como si la mandíbula del cráneo se agitara mientras recorría su interior), y algo más delgado, algo así como un brazo, se introdujo por su omóplato, mientras que la forma de unos pies penetraron sin problema la coronilla de su cabeza, como si estuvieran hechos de vapor, y un cuerpo de velo invisible inundó sus piernas temblorosas, hasta tocar, con su esencia que cosquilleaba, su corazón.

Antonio abrió mucho los ojos, pero no pudo ver más que su cuerpo contoneándose en un ritmo aterrador sobre los muebles de la habitación. Una música extraterrenal cegó sus oídos, y supo, sin siquiera estar consciente del todo, que ellos habían llegado, y estaban hambrientos por comunicarse. Sean quienes fueren, ellos habían aparecido sin ser llamados, y ahora estaban en él.

2

La madre de Antonio era una mujer muy ordenada, vestía de falda y sus zapatos, siempre brillaban espectacularmente, aunque lloviese. Su peinado era muy compacto y limpio: ninguna cana, ningún mechón afuera. Hasta los pechos estaban en su lugar: altaneros, a pesar de su edad.

Le importaba el orden demasiado y mucho más si de su hijo se trataba. Lo golpeaba a menudo, y ella sabía que era por su bien, “Antonito tiene sus quince, querrá ser escritor, tendrá muchos amigos escritores y será muy inteligente, pero aquí me respeta porque soy su madre”, comentaba a menudo a los vecinos, intentando ser escuchada por él, siempre que se presentaba la oportunidad.

Y hablando de oportunidades, Patricia, la madre soltera de Antonio, decidió interrumpir su tejido y ver qué había impulsado a su hijo el haber pasado por su frente sin saludarle. Debía imponer el orden, así que fue hasta su cuarto. Sacó su llavero, abrió la puerta e ingresó con mirada reprobadora y labios fruncidos, listos para regañar.

Y lo vio todo.

3

Antonio se vio desnudo sobre su escritorio, echado boca abajo, con el lápiz entre los dientes, dominado por una fuerza extraterrenal que no comprendía, pero que disfrutaba, tan real como su propio aliento. Las siluetas invisibles dentro de él, hicieron surgir por sus poros el placer más espeso percibido jamás. Mientras se debatía en el éxtasis, deslizaba la punta del lápiz sobre su cuaderno, y cada vez que llenaba una página, esta se separaba del lomo y comenzaba a descender, como una pluma, hasta perderse por debajo de la cama, dejando el espacio libre para llenar la página siguiente, y la siguiente, y así… Antonio apenas podía leer lo que garabateaba, pero se dio cuenta, después de atender a lo que escribía, que estaba escribiendo cuentos: entendió que algunos eran prosaicos, por decirlo así, aunque terribles a pesar de todo; mientras que otros se le presentaban como una especie de puerta entre lo que se consideraba real y lo que no lo era en absoluto… y también leyó otra clase de cuentos, más extraños aún que los anteriores, porque se internaban en lo increíble, llegando a destruir la realidad en segundos.

¿Era él quien estaba creando semejante abanico literario?

No. No era él.

Lo que Antonio no sospechaba era que estaba siendo forzado a escribir lo que le indicaban aquellos que lo habían poseído desde que estuvo frente al mural.

Tampoco sospechaba que su madre estaba en el vano de la puerta.

4

La mujer vio a su hijo, desnudo y recostado sobre el escritorio. Notó que sonreía con las comisuras levantadas hasta la altura de los pómulos, y sus ojos eran dos pelotas blancas con pupilas apenas perceptibles, clavadas en las palabras que escribía con el lápiz entre los dientes; tenía los brazos destrozados en la parte donde se unían con los hombros, y las manos escribían, sobre hojas sueltas, con las yemas de los dedos, previamente sumergidas en los pliegues sangrantes de las heridas; sus piernas habían sido separadas del tronco, y también escribían con los dedos, usando la sangre como tinta.

Ella no imaginó que, por fin, los muertos estaban plasmando sus historias en el papel, mediatizados por el cuerpo de su hijo. Unos forzaban sus extremidades seccionadas, para que escribiera sobre sus experiencias; mientras que otros, preferían las historias que habían escuchado de los mismos demonios del averno. Quiso gritar, pero su hijo la miró, la miró con los ojos del escritor que odia ser importunado; la miró, y eso bastó para que Antonio moviera el lápiz con más violencia sobre el papel.

La madre se tapó la boca con las palmas de las manos, queriendo ahogar el grito, pero no fue necesario: algo tronó en su interior y la paralizó por completo.

5

Antonio escribió con el lápiz entre sus dientes:

La curiosidad de la mujer hizo que su cordura se derritiera hasta hacerle perder la razón… y la vida. De su cintura salió una arteria imitando los movimientos de una serpiente que se enredó en su cuello; de su pierna salió también otra arteria, aún más roja y gruesa: la arteria femoral, que se hundió por entre sus piernas. Y el mismo cuerpo se le rebeló, matándola rápidamente. El corazón le salió de entre los senos, abriéndose paso con sus venas cerúleas y arterias encarnadas; salió como una babosa roja, arrastrando su latiente y abultado cuerpo y dejando tras de sí una senda de sangre fosforescente.

6

Antonio apartó la mirada del papel y la dirigió hacia su madre. Ella yacía en el piso, con el corazón emergido de entre los senos, todavía latiendo. Todas las palabras que ellos le habían hecho escribir, se habían cumplido.

Decidió escribir algo más. Su madre desapareció.

Siguió escribiendo, durante días y noches, con el cuerpo destrozado, las historias que sus invitados, los muertos, sus amigos, le susurraban.

Y lo imposible sucedió: reconocía que no estaba vivo, pero tampoco estaba muerto. Su carne no cicatrizaba ni se corrompía.

Y sus extremidades seguían escribiendo.

Y seguirán escribiendo…

Esto sucedió hace casi doce años (un año antes de que el mural fuera destruido), y muchas de las historias se corrompieron por la omisión de las personas, o simplemente desaparecieron.

Incomprensiblemente, algunos escritos se descubrieron en ciertos rincones olvidados de nuestro territorio; pero solo fue una pequeña parte de los testimonios de los muertos, testimonios que bien podrían estar, hoy, entre la basura de las calles, en los espacios oscuros de las aulas, o usándose para calentar a los borrachos en las frías noches.

Sí. Algunos de los escritos descubiertos se salvaron, como todos los del presente libro.

Entonces lea, vivificado lector, respire profundamente, y capte las historias de los muertos; aprenda de ellos, que conocen las vías del saber universal, porque ¿quién es más sabio, el que experimenta el dolor o el que solo lo estudia?

Descúbralo, pero antes decida si quiere seguir…

Puesto que ha resuelto continuar, mi curioso lector, habiéndosele prevenido, acepte también las posibles consecuencias por nutrirse de estas historias.

Al fin y al cabo, sus “autores” no existen en nuestro mundo, más que como entes invisibles y rencorosos.

Y nos superan en experiencia.

2012.

Fuente: AVERANGA, Montiel Daniel (2018) “Sepulcros abiertos” La Paz Editorial Subjetiva



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