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Cuento de Gabriel Mamani Magne: La noche llegaba más tarde



La noche llegaba más tarde
Por: Gabriel Mamani Magne

A Cristina

1

La recuerdo con su polera negra –de los Rolling Stones, la famosa lengua– y sus pantalones de hombre.

Se llamaba Helena. Helena Estéfani Álvarez Noriega. Era venezolana, de Coro, y estaba en Río para estudiar una maestría pero sobre todo para olvidar a una mujer. Cuando se presentó frente a la clase, con un español abrasilerado (no portuñol, porque no conocía nada del portugués, salvo los saludos y el acento carioca), dijo que todo lo que se decía en la tele sobre su país era cierto.

¿Y qué se dice de tu país?, preguntó el estudiante uruguayo.

No jodas, chamo. Se nota que en la tele solo ves fútbol.

Me gustaba. No tanto su físico, sino su actitud. La primera vez que almorzamos, me preguntó si yo había elegido ese corte de pelo o si al peluquero se le había ido la mano.

Lo segundo, le dije con la boca llena.

Quería ser escritora. Se notaba; en clases no ponía atención y en los descansos puteaba contra teóricos como White o Barthes. Una tarde que estábamos especialmente drogados, se lo pregunté:

¿Tú también escribes?

A veces, respondió. (Fue la primera vez que la vi avergonzada).

Esa misma noche busqué su nombre en Internet y me enteré que había publicado una novela y algunos poemas repartidos en diversas antologías. Su libro se titulaba Todos los ocasos se fundieron en mi alma y la referencia pessoana me hizo pensar que se trataba de una caribeña atormentada que había venido a Río a suicidarse, poéticamente, en la tierra en la que se suponía que todos la pasaban bien.

Cuánto me equivocaba.

Helena resultó ser esa clase de mujeres que destruyen todo a su paso. Una mujer-Godzilla a la que nadie sobrevivía salvo los más fuertes o los muy hijos de puta. (Y yo no era ninguno de los dos).

Nos hicimos amigos por Coetzee. Ambos habíamos leído gran parte de su obra y teníamos el anhelo secreto de encontrar en Brasil a la Melanie Issacs (la muchacha a la que David Lurie deshonra en Desgracia) que cambiaría nuestras vidas. Nunca la conocimos –ni tampoco a la Fermina Daza de mis sueños, ni al Jean Valjean que acabaría con la soledad de Helena– pero sí a lo más cercano a una Susan Sontag crespa que tendríamos en nuestras vidas: Tayná Esteno.

La conocimos en una clase llamada, pretenciosamente, Biopolítica, posmodernidad y blogósfera latinoamericana. Tayná se sentaba en la primera fila. Tenía el pelo recogido, lucía una blusa sin mangas, y entre intentar capturar los momentos en que mostraba parte de su cara e imaginar qué historias había detrás de esa silueta, qué manos, qué fantasmas, la clase pasó volando y nuestros cuadernos quedaron sin una sola palabra.

Cuando llegó la hora de salida, además de sedientos, estábamos enamorados.

2

Había llegado a Brasil en marzo. Estaba ahí por una beca, aunque en el fondo no me importaba estudiar. Lo que quería era escribir. Tenía un libro de cuentos casi listo y comenzaba una novela sobre un adolescente que, en una pelea, sin querer, asesinaba a un ebrio.

Por lo demás, Río me rechazaba. Las brasileñas me ignoraban, los comerciantes me veían la cara y los mosquitos no me dejaban dormir. Mis compañeros decían que era normal. Que era un derecho de piso que todos los extranjeros debíamos pagar antes de acceder a los placeres cariocas. Pero yo me lo tomaba como algo personal. En una clase interminable de un profesor octogenario que odiaba a Dilma Rousseff, escribí en mi diario: Tardé 25 años en darme cuenta de que odiaba La Paz. A vos, RJ, te odio desde que el taxista del me estafó 20 reales.

Helena, por su parte, tenía otra versión de la ciudad. Le gustaba la música, la playa, la bunda brasileira, el feijoão: todo lo que las agencias de viaje te venden en sus trípticos hiperbólicos. Sin embargo, a diferencia de otros extranjeros, su condición de venezolana escapada de la crisis hacía que disfrutara todo con la misma intensidad de un alcohólico que bebe su primera cerveza luego de meses de una rehabilitación infructuosa.

Qué feliz se veía cuando salía de la farmacia con su paquete de Kotex.

Pana, lo bueno de la crisis es que me ha enseñado a valorar lo mínimo. Capaz a ti te hace falta un poco de sufrimiento no imaginario.

Más de una vez creí que estaba enamorada de mí. Cuando bebíamos, me desordenaba el pelo y me decía que tenía una playlist con al menos diez canciones que podría dedicarme en caso de que nos hiciéramos novios. Entonces apoyaba su cabeza sobre mi hombro –estábamos fumados, el mundo pasaba lento y las nubes me daban mil ideas– y no era difícil imaginarla desnuda en mi cama, de espaldas, la melena larga llegándole hasta las caderas: en mis fantasías, la venezolana tenía el culo picado por los bichos y gritaba ¡papi! cada vez que la penetraba.

Claro que todo eso se acabó cuando apareció Tayná. Como a estas alturas ya no había secretos entre Helena y yo, no tuvimos empacho en admitir que la brasileña se había convertido en la principal inspiración de nuestras más recientes pajas. Es más, ambos la habíamos descargado la misma foto de su página de Facebook.

Helena sacó el celular del bolso. Me mostró una imagen, la agrandó hasta que esta se hizo borrosa.

El culo brasileño, murmuró, Dios, el culo brasileño.

3

El día que tanto esperábamos tardó en llegar, pero llegó. Tomábamos una casquinha en el pasto del campus cuando Tayná se acercó sonriente. Nos preguntó si habíamos conseguido el libro de Toni Negri que el profesor había pedido que leyésemos para la próxima semana.

Não, respondimos al mismo tiempo.

Tayná dijo que lo tenía. Que con gusto nos lo prestaría. Aprovechamos para pedirle su número, y creo que es aquí donde en verdad comienza esta historia: tres días más tarde, en uno de los corredores de la facultad, Helena y yo nos sorprendimos caminando a toda prisa con la evidente intención de llegar primero para ocupar el asiento que estaba al lado de Tayná.

Gané yo, aunque en el fondo fue como si ambos hubiésemos perdido. El aire acondicionado no funcionaba, tenía la frente empapada de sudor, y con las ojeras producidas por el insomnio de la noche anterior me sentía con la confianza de un quinceañero con un grano gigantesco en la punta de la nariz.

Bolivia 0 – Venezuela 0.

Con Tayná en el salón, nuestra amistad parecía tener los días contados. No sucedió así. Además de Coetzee, nos unía la extranjería. Y además de la extranjería, nos hermanaba el hecho de que ambos escupíamos sobre esa gente que hacía de la literatura una cuestión de teorías y congresos donde el puterío de la academia se ufanaba de haber pisado la Sorbona o de haber leído la obra completa de Heidegger en idioma original. Otra cosa que nos aliaba era el español. Los otros hispanohablantes en el programa eran un uruguayo pedante y un chileno que quería cogerse a Helena a toda costa. Al primero nadie lo aguantaba, mientras que al segundo sí, pero sólo cuando no estaba drogado, cosa rara en él.

De modo que nos éramos necesarios: alguien debía tomar las fotos del otro y ambos creíamos que el bastón para selfis era algo propio de los subnormales.

En cierto sentido, la presencia de la brasileña modificó nuestros hábitos. Si antes nos la pasábamos hablando sobre cuál país era más inviable (si Bolivia con su silencio y racismo, si Venezuela con su falta de luz y papel higiénico), ahora solo hablábamos de mujeres. Y como era de esperarse, luego de hacer algunas paradas de rutina en los cuerpos de siempre, toda conversación se detenía en Tayná, la diseccionaba, se embriagaba de ella: pronto nos dimos cuenta de que sabíamos más de su vida que de nuestros respectivos temas de tesis.

El día que un compañero de aula me confirmó que Tayná no tenía novio, le escribí un mensaje a Helena diciéndole que teníamos que festejar. Aceptó sin dudarlo: tomó una barca y en cuarenta minutos se apareció con su polera de los Rolling Stones y la cara reluciente.

Nunca bebimos como esa noche. Estábamos en Lapa –barrio fiestero– y más allá, en Maracanã, los juegos artificiales anunciaban el inicio de las olimpiadas.

4

Brasil ardía. No por el calor, sino por el momento político que atravesaba. Dilma Rousseff había sido alejada de la presidencia por la derecha más repugnante que había visto en mi vida (y eso que soy boliviano) y el país estaba dividido en dos.

Tan fuerte era la tensión ideológica que, por un instante, pensé que Tayná pertenecía a ese grupo de conservadores que apoyaba al golpe de estado. Los indicios, aunque pocos, saltaban a la vista: Tayná vivía en Leblon, era evangélica, y una vez la sorprendí leyendo un libro cuyos autores eran Robert Kiyosaki y Donald Trump.

Debo admitir que, pese a mi decepción inicial, pensarla reaccionaria no hizo otra cosa que ponerme más caliente. Se lo conté a Helena. Si me la cojo, va a ser pa’ contagiarle la revolución.

Por fortuna me equivocaba. Y saber que me equivocaba fue como encontrar en un pantalón sucio un billete de cien reales que se creía perdido en el piso de algún bar: el profesor octogenario criticó el sistema de cuotas y Tayná lo refutó con contundencia. El profesor hizo la réplica, pero ella contraatacó parafraseando a Marx. Hablaba despacio, de forma elegante, como si su lengua pisara un freno imaginario: poco carioca. Citaba a Spivak y a Homi Bhabha, aunque en el fondo lo que quería decir era viejo de mierda, lo que sucede es que usted odia a los pobres.

Puesto que mi silencio era tan boliviano y la alegría de Helena tan caribeña, en un principio, tuve que conformarme con admirar a Tayná a la distancia y aprovechar nuestras breves conversaciones en la parada de buses.

Te lleva el 485, ¿no?, dijo Tayná en un español tullido.

Sí.

A mí me recoge mi hermana.

Ok.

A Helena, en cambio, le sobraban las palabras. Fue por eso que no me sorprendí cuando me contó que ella y la brasileña habían ido al museo a ver una exposición.

Lo valioso de la cita: la minifalda de Tayná.

El dato de oro: la garota es bi.

¿Te lo contó?

No exactamente. Tuvo algunos novios, pero por ahí se dio unos besitos con algunas mujeres.

¿Y eso la hace bi?

Chamo, tú también eres bi. Solo que no lo sabes.

Mientras Helena acumulaba más puntos en el campeonato Tayná, yo me refugiaba en la novela en la que trabajaba. La escribía a mano. En un cuaderno que había comprado en La Paz. De hecho, escribí esta historia en esas hojas: fue lo único que quedó de ese año, porque al poco tiempo me di cuenta de que todo lo que había escrito era bosta y me deshice del cuaderno, me amargué, bebí, bebí y me prometí que lo lograría a la siguiente, a la siguiente.

Pero no todo fueron derrotas. La noche que Brasil jugaba contra Alemania por el oro olímpico en fútbol, conocí una chica que se llamaba –o le decían– Crica. Veíamos el partido en un bar y ella me preguntó por qué Neymar jugaba si se suponía que se trataba de la selección sub-23. Le expliqué que, según el reglamento, cada equipo tenía derecho a convocar a tres jugadores mayores de veintitrés años. Así rompimos el hielo. Conversamos durante todo el partido. Y sólo al final, luego de que Brasil convirtiera el último penal y toda Lapa estallara en cánticos que incluían insultos a los argentinos y en especial a Maradona, me preguntó de dónde era:

Da Bolívia, respondí.

Legal, dijo ella. Bem-vindo ao Brasil.

Salimos del bar y caminamos sin rumbo. Cuando llegamos a Cinêlandia, Crica se agachó y dijo que no se sentía bien.

Aproveché para abrazarla y nos sentamos en las graderías del Palacio Legislativo. Me pidió que la acompañara a casa.

Frente a nosotros, una imitadora de Amy Winehouse cantaba con una voz más gangosa que la original.

5

Creo que no he hablado suficiente de Tayná. Así que la resumiré en tres palabras: crespa, ojiazul, flamenguista.

Sobre lo primero no hay mucho que decir, salvo el hecho de que a veces se alisaba el pelo y cuando llegaba a la universidad le decía a Helena que la envidaba por tener el cabello así, lacio como pasto crecido. Lo ojiazul y flamenguista, en tanto, orbitaba en una contradicción. Tayná era rica. Y subrayo: históricamente rica. Su padre era descendiente de daneses –de ahí los ojos azules– y según sabía era dueño de una pequeña cadena de supermercados que funcionaba en Minas Gerais. Para reducir esa carga –carga que le impedía defender con autoridad al proletariado– Tayná se apasionó por el Flamengo. O mejor dicho: se obligó a apasionarse. Ser flamenguista era estar con las masas. Ser del Flamengo era, en fin, demostrar que no era tan distinta al rapaz que jugaba descalzo en la favela.

Cuando a los veinte años entró a la sala de su casa luciendo una camiseta rojinegra, contaba, se sintió como la primera vez que aspiró coca en el baño del colegio.

6

De modo que mi gran ventaja era el fútbol. No apoyaba al Flamengo –de hecho era del Flu– pero Tayná no lo sabía.

…Y de hecho nunca lo supo: el flamenguismo que me encargué de representar estaba tan bien dramatizado que incluía todo el kit del tradicional fanático enfermo: llavero, fondo de pantalla, aplicación de resultados deportivos, temperamento de desquiciado, camiseta Adidas.

Helena, por fortuna, era beisbolera. Sabía lo que era un jonrón pero no un off-side, se declaraba una pitcher de raza (y no un volante de contención con aires de nueve, como yo), y lo que para mí eran el Arsenal y el Borussia Dortmund para ella eran los Yankees de Nueva York y los Boston Red Sox.

Fue así que, durante algunas semanas, tuve la oportunidad de pasar un tiempo con Tayná sin que Helena se robara el protagonismo. Nos hicimos compañeros de estadio – nada sexual– y de la furia de la gradería pasamos a la bohemia de la cantina. El alcohol modificó el estatuto de nuestra relación –me acuerdo: el Flamengo había empatado con el Palmeiras– y bastó una mirada para darnos cuenta de que donde antes había habido una pared gruesa ahora solo existía un vidrio rajado que uno de los dos, con un simple empujón, podría quebrar.

Bolivia 1 – Venezuela 0.

Repetimos la hermenéutica dos veces más: estadio, bar, borrachera, cama. Luego la intensidad amainó, y, por motivos económicos, decidimos suprimir el protocolo futbolero e ir directo a la acción.

Solo una vez me invitó a su casa. Era domingo y en la tele pasaban el Fla-Flu. Ella sacaba las pipocas del microondas cuando aparecieron sus padres. Se presentaron; les dije mi nombre. Cuando me preguntaron de dónde era, Tayná se apresuró a decir:

Do Chile.

Silencio.

Nuestra relación estaba hecha de esos silencios. Era una felicidad clandestina, igual que en un cuento de Lispector, un placer que no podía presumir, tesoro privado, como una selfi con la torre Eiffel de fondo que no puedes compartir en las redes sociales. No importaba. De a poco, los cuerpos se memorizaban; Tayná se abría, se hacía terrenal: una vez le descubrí un rastro de vello encima del labio, en otra ocasión me contó que cada vez que iba al baño luego del almuerzo era para provocarse vómitos. Ella, a su vez, me preguntaba por Bolivia. Su interés era antropológico y no sentimental. ¿En tu país hay Whatsapp? Me prometí que en navidad le regalaría una foto ampliada de Equipetrol. Quería que supiera que Bolivia era igual que cualquier país latinoamericano: contradictorio, estúpido, avergonzado de sus raíces, capitalista, experto (pero no exitoso) en fingirse blanco. Pero ese día nunca llegaría: dos meses después yo aterrizaba en Santa Cruz y ella esperaba un hijo de un italiano.

Una tarde, Helena llegó hasta nuestro punto de encuentro montada en su bicicleta y cubierta por una capa amarilla para protegerse de la lluvia. Me saludó como era su costumbre: Jelou, garoto.

Lloviznaba. Estábamos en la plaza Mauá, cerca del puerto, y a lo lejos Niterói ya había encendido sus luces. Helena sacó algo de su mochila: un ejemplar de su novela.

Quiero que no le tengas piedad.

Nuestro ritual mandaba que, antes de entrar al bar, hiciéramos algo cultural para poder emborracharnos con la consciencia limpia. Helena, sin embargo, dijo que tenía una reunión urgente en otro lado. Me dio un beso en la mejilla, se cubrió con la capa y se fue como había llegado: fantasmal.

De noche, luego de leer las primeras diez páginas de su novela, sentí que toda mi vida era una mentira.

7

La noche que Helena me contó que ella también tiraba con Tayná, Bolivia jugaba con Brasil en Natal. Mirábamos el juego en un bar de Botafogo, en plena playa, cerca de unas peruanas bellas y bulliciosas. El primer gol llegó a los diez minutos: Neymar. Media hora más tarde, Bolivia ya perdía por cuatro goles de diferencia. En el entretiempo, Helena pidió un plato de calabresa con papas fritas, mis favoritos. Me acuerdo: en ese momento pensé que se trataba de un acto de piedad, algo así como un analgésico para aliviar la hinchazón producida por la goleada, pero me equivocaba: la comida no era un remedio, sino una anestesia.

Al principio, las peruanas de la mesa de al lado no me dejaron escuchar lo que Helena decía. Por eso le pedí que hablara más fuerte y ella, casi gritando, dijo:

Me estoy cogiendo a Tayná.

En algún lugar recóndito de mi mente se proyectó la hollywoodense escena del hombre sorprendido que escupe su bebida en la cara de su interlocutor, y esa imagen, tan ridícula como imposible, me hizo sonreír. Solo por decir, dije:

Me parece bien.

Helena quiso ahondar en el tema, pero yo se lo impedí. Le hablé de una novela que estaba leyendo, de la última película de Terrence Malick, de mi futuro viaje a Bolivia. Quería dar la impresión de que era un hombre con experiencia en la vida, que era un hombre de mundo. Qué pelotudez.

Al día siguiente, en la universidad, en una conferencia sobre literatura angoleña, me sorprendí observando las piernas de Tayná como si tratase de encontrar las huellas dactilares de Helena. De repente, tal como lo había temido, patinaba sin sentido sobre una rampa de imágenes que desplazaba todo lo demás. Otra vez, como hacía pocos años, el insomnio regresó a mi vida. Esa noche no dormí nada. Y la siguiente tampoco. En total, fueron tres días en los que apenas dormité unas tres horas. Falté a la universidad, no hablé con nadie. Escribí un par de minicuentos de los que solo sobrevivió una oración que creo que usaré para el título de algún libro:

El pasado tiene cuerpo de hembra.

Logré conciliar el sueño un viernes en el que me bebí siete latas de cerveza Bohemia de una sola corrida. Soñé –lo recuerdo bien– que el tatuaje de Virginia Woolf que Tayná tenía en el brazo salía de su piel y caminaba, como Jesús, sobre las aguas turbias de la bahía de Guanabara.

Mi relación con la brasileña, sin embargo, no cambió o cambió muy poco. Aún nos veíamos los miércoles y viernes, y las breves conversaciones sobre mi país mantenían su patente esencia antropológica.

A veces, sobre todo los fines de semana, que eran los días en los que más me sentía extranjero, los celos me traicionaban y llamaba a Tayná con la intención de hacerla reflexionar en caso de que estuviera a punto de coger con Helena. Cuando no contestaba, sentía ganas de volver a mi país.

8

Primavera: la noche llegaba más tarde. En octubre, Helena viajó a La Paz para un encuentro de poetas. El resto de la clase viajamos a Vitória para un congreso de literatura comparada. Helena nos alcanzaría a los pocos días.

Vitória resultó ser una ciudad limpia y con poca población negra. No era fácil admitirlo, pero esa característica nos hizo sentir más seguros. A medianoche, caminando por la calle de los bares, el ser más oscuro (y peligroso) era yo.

Solo cogimos la primera noche: luego de eso, gracias a un cearense que impresionó a Tayná con su trabajo sobre fotografía y memoria histórica, cada quien vivió el viaje por su propia cuenta.

El último día del congreso, Helena se apareció en uno de los simposios sobre edición digital. Entró a mitad de una disertación y el coordinador –un argentino que no hablaba ni portugués ni portuñol, sino espanglish– le dijo que, por respeto al disertante, ya no podía ingresar. Helena hizo como que no lo oyó y se sentó a mi lado.

A la hora del almuerzo, tuve la impresión de que quería decirme algo pero no se animaba. Supuse que tenía que ver con su estadía en La Paz. Antes ya me había dicho que el sorojchi le había jugado una mala pasada, que los bolivianos le parecían demasiado tímidos y que en la Feria de El Alto le habían ofrecido un feto de llama para curar las heridas de amor: nada nuevo.

Estoy limpia, dijo al fin.

¿Traducción?

Que estoy sin plata. Vas a tener que prestarme algunos reales.

No dijo por favor y tampoco esperé que lo hiciera. La Paz le había costado más de lo planeado. Contó que había visitado el lago Titicaca y que se había enviciado con la pasankalla. En la Isla del Sol, dijo orgullosa, conocí a un canadiense. Cogimos y al día si-guiente lo asaltaron al volver a su hotel. Le presté cien dólares porque todavía tenía que hacer un par de paradas en Perú antes de devolverse pa’ su casa.

Pucha, el polvo más caro de tu vida, dije.

No creas. Una vez tuve uno tan bueno que casi me mata.

Para no pagar otra cama en el hotel, Helena se hizo pasar por una de las prostitutas que trabajaban en la calle siguiente. El encargado, un capixaba enfermo por el Corinthians, al oír la historia, me guiñó el ojo y contuvo la risa como la contienen los niños pequeños cuando oyen una palabrota.

Al entrar, la habitación estaba vacía. Mi compañero de cuarto era un italiano que creía que Bolivia estaba en Centroamérica y que Pablo Escobar había nacido en La Paz. También era un gran fumador de marihuana. Helena reparó en eso apenas se lanzó sobre la cama:

Huele a porro.

De repente me sentí exhausto. Era como si todo el trajín del viaje hubiese caído de golpe sobre mi cuerpo, y puede que eso explique por qué no me excité cuando Helena se quitó el pantalón y se levantó para acomodar las sábanas.

Una vez dentro de la cama, me dijo:

No te quites la ropa.

¿Cómo?

Si vamos a dormir juntos, vas a tener que acostarte con la camisa y el pantalón puestos.

¿Por qué?

Porque es incómodo, coño.

Aunque me moría de calor, acepté.

Apagué la luz. Me metí a la cama.

Poco después, el italiano entró a la habitación haciendo un barullo. Encendió la luz; lo acompañaba una mujer.

No vi a la chica, pero su voz me resultó familiar: elegante, poco carioca. Helena y yo nos miramos aprovechando la línea de luz que entraba por las fibras desgastadas de la sábana. Y, antes de que cerrara sus ojos, su expresión me dijo todo lo que quizás un día me confesaría en clave de poema o ficción.

Fuente: hayvidaenmarte.wordpress.com/



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