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Cuento inédito de Gabriel Mamani Magne: Un cielo para Stalin



Toro con mujer indefensa, 2009. Oleo de Carlos Arteaga

Un cielo para Stalin
Por: Gabriel Mamani Magne

Después de que matara a ese gato pardogrisáceo, a Stalin no le volvimos a conocer pecado. Stalin Rodríguez: ese sí era un buen tipo. Todos los sábados, antes de que la noche arrasara con la última ranura del horizonte, Stalin se calzaba los mocasines marrones, se pulía la calva con aceite para bebé, se encasquetaba el sombrero bombín y salía. La biblia de los gedeones en el bolsillo del saco. El andar melódico, de ángel enamorado.

Lo que muchos no recuerdan es que, antes de su conversión en 1978, Stalin había sido otro. En el barrio todos lo conocían por Manolo. Manolo El Guapo. Manolo El Ojoalegre. Manolo El Pícaro. Manolo El Que Lo Había Hecho Con La Mamá Del Marcelino Pinto. Manolo era un rebelde, dueño de una moto Harley, y solo vestía de negro. Alguien hubiese dicho que se trataba de un metalero. Pero las polaroids que doña Arminda Quispe –su madre– guardaba en aquel álbum de esquinas plateadas revelaban a un Manolo sofocado por el traje de oso en alguna fiesta de pueblo, un Manolo cumbiero, un Manolo y una muchachita de dieciséis años moviendo las caderas al son de, quién lo dudara, una de los Bee Gees.

Manolo el Hijodeputa. Manolo El Que Lo Hacía Hasta Detrás Del Mercado. Manolo era dueño de la avenida Periférica, boxeador empírico, un moreno pintón que mataba gatos solo porque a la Karen, la bonita del barrio, el pelo de animal se le colaba a la melena.

Pero 1978 fue el año. Un accidente de bus, un estoy embarazada de la Karen y una visión: un lobo comiéndose su propio cuerpo, el mismo lobo desapareciendo y apareciendo de nuevo, un sol pálido peleando contra una noche azulada, el grito de dos mujeres mientras los paramédicos oían el latir de un pecho ensangrentado, el descubrimiento de que la muerte era el lobo y que el astro guerrero era Dios: lo suficiente para convertir a cualquiera, lo suficiente para que, apenas saliera del hospital, Manolo tocara la puerta de la iglesia que la vecina (justo la que estaba más buena) le había recomendado.

Arrepentirse. Morir. Renacer.

Manolo había muerto. Y en su agonía, mientras oía la lectura de Romanos 6, había matado al lobo de la pesadilla y había optado por ese extraño segundo nombre que, en una borrachera entre socialistas, su abuelo Hilario había decidido para él: Stalin.

Ni un día desde el nacimiento del Hombre Nuevo dejó de leer La Palabra. Abandonó el alcohol, estudió para mecánico y se casó con la Karen. El accidente lo había dejado rengo; pero la dignidad de sus pisadas, ese aire de quien ha dejado todas las máscaras en el clóset, lo hicieron un ejemplo para los jóvenes del barrio: un hijo arrepentido, un soldado que ha peleado contra el Mundo y lo ha dejado todo en el campo de batalla.

Predicó en plazas, en otros barrios, en el interior del departamento. El oro tintineante que antaño le habían producido en el corazón las letras de los Bee Gees, los Jackson Five y la negra Summer, fue suplantado por la comezón celestial que emanaba de la voz mal grabada de un joven Billy Graham.

Convirtió a más de cincuenta. Ofició cultos. Compuso alabanzas. Hasta le publicaron un himnario.

A sus sesentaidós años –luego de sufrir la muerte de la Karen y la huida de su única hija, Anastasia– lo único que esperaba de la vida era no dar ningún paso en falso: asegurarse su lugar en el cielo.

La cédula que Stalin dirigía estaba compuesta por nueve personas. En su mayoría, adultos que no sobrepasaban los cuarenta años. Stalin era todo amor con ellos. Cómo no reconocerlo: a todos les había cambiado la vida, a cada uno le había presentado personalmente La Palabra. Náufragos que finalmente habían tocado tierra firme, todos encontraban en Stalin una luz que galopaba y galopaba en sus corazones, un ángel calvo que injustamente habitaba en la malsana Gomorra en la que el pecado era la norma:

El Stalin pertenece al cielo.

Las reuniones eran los sábados por la noche. De siete a nueve, como para evitar que los hermanos le encontraran el gusto a la fiesta y la calle. Las sillas dispuestas en medialuna, la biblia de repuesto al centro de la mesa, la bandeja de las limosnas engordando a cada mano, la música góspel sonando bajito… Todo hacía pensar que aquel sería un sábado cualquiera, un sábado de Dios, hasta que el hermano Yuri se puso de pie y presentó a la visitante:

Se llama Lucía, dijo, y viene por primera vez.

El protocolo misionero se impuso como de costumbre: Bienvenida sea, soltó un Stalin pastoso, Dios la quiere en su casa. Pero entonces un roce de manos, los ojos oscuros y un cuerpo gimnástico y moreno: lo suficiente para que su alarma espiritual chillara, un escozor que hizo que aquel cielo que Stalin imaginaba en tonalidades azules adquiriera pústulas ensangrentadas.

A primera vista, la muchacha le recordó a Anastasia, la hija que lo había abandonado por un mochilero que le había prometido Llevarla A Conocer El Mundo. Todo en Lucía era frágil: mujer flaca, voz delgada, manos cadavéricas, un esqueleto a punto de desmoronarse. La mirada de china de acuarela. Una boca que sugería frambuesas y daba su testimonio mientras algún hermano descarriado imaginaba el pasado nocturno de aquellos labios.

Para no caer en pecado, mientras la introducía a La Palabra, Stalin evitaba mirarle el cuerpo: no fuera que esas curvas, tan del diablo, le revelaran alguna verdad más allá de La Verdad Verdadera. En los cultos de domingo la saludaba apenas; miraba al piso cada vez que se despedían con un beso en la mejilla y el olor a coco de su melena se inmiscuía en las solapas de su saco. Buscó motivos para que no regresara: Ya eres salva, hermana, llegó a decirle, puedes vivir en paz, el Señor habita en tu corazón, mientras dentro de sí se convencía de que su mentira no había sido tan grave, que pecar para evitar el pecado era algo que no desagradaba del todo al Todopoderoso.

Fue así como el buen Stalin se la pasó esquivando al pecado, garantizándose su calle en el cielo, al momento que Lucía se paseaba por la congregación cada vez más joven, cada vez más diabólica, exultando una anatomía fibrosa y rejuvenecida que El Viejo Manolo ya hubiese acariciado de no ser porque, hacía treinta años, un accidente de bus lo había enfrentado con la espalda pícnica de la muerte. Una noche, precisamente, Stalin le habló de eso: La desgracia es la herramienta de Cristo. Lucía lo miró como lo miraba cada vez que decía algo digno de tallarse en piedra. Era de noche, y en la congregación ya no quedaba mucha gente. Alguna hermanita lavando los platos, uno que otro rapaz jugando con la botella vacía que el pastor se había terminado luego de la prédica. Después de terminar de explicarle la parábola de los obreros de la viña, Stalin reparó en su reloj y suspiró aliviado: hora de irse. Miró alrededor, no encontró a nadie. Los niños se habían esfumado. La hermanita había dejado los platos volcados sobre el mesón de la cocina. Lucía se puso de pie, dijo gracias por el estudio de hoy y tomó el abrigo del perchero.

No me agradezca a mí, masculló Stalin, agradézcaselo a Dios.

Lucía se acercó a estamparle el beso en la mejilla de rigor.

Stalin lo recibió nervioso. La mujer se cerró el abrigo a medias y caminó hasta la salida.
Espere, dijo Stalin antes de que ella abriera la puerta.

¿Pasa algo, hermano?

Stalin se acercó a la muchacha. (Una especie de petardo reventando en su entrepierna. Los ojos sísmicos: la mirada que se concentraba en el busto, luego en el cuello, luego en los ojos y otra vez en el busto). Dios te ama, dijo al fin Stalin, fingiendo la sonrisa más bíblica que había aprendido desde su primera visita a la congregación. Y mientras sentía cómo desenterraba al Viejo Manolo que pataleaba en sus adentros –un toro que embestía, doscientos toros– pensó en tomar esas manos de nieve y decir: Dios pone a intermediarios para bañarnos de su Amor, Dios nos pone con las personas correctas en los momentos correctos, Dios me ha puesto frente a ti… Pero don Cayetano, el portero de la iglesia, irrumpió con su clásico acento de viejo fumador derrotado: Ya estamos cerrando.

Milagro del cielo.

Lucía murmuró gracias, hermano. Dijo hasta mañana y se fue.

Stalin agarró su biblia. Oró una vez más. Estaba a punto de salir cuando se acarició la calva y se arrepintió de haber traído el sombrero bombín en vez del gorro con motivos mesoamericanos que Anastasia le había regalado. Se frotó las orejas. Se puso el sombrero. Salió.

Caminando por la calle empedrada y crujiente por el otoño, se abrazó para protegerse del viento y se sintió más solo que nunca.

Fuente: Ecdótica



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