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Presentación «El Ateniense. Memorias de Alcibíades, el favorito de Sócrates y Pericles» de Raúl Rivero



Presentación «El Ateniense. Memorias de Alcibíades, el favorito de Sócrates y Pericles» de Raúl Rivero
Por: Lupe Andrade

(Texto leído en la presentación del libro «El Ateniense. Memorias de Alcibíades, el favorito de Sócrates y Pericles» de Raúl Rivero Adriázola, desarrollado el pasado martes 11 de diciembre en el Café Cowork, Cochabamba, 2018)

Estimados amigos,

Conocí a Raúl Rivero porque mi padre fallecido me lo presentó. Raúl llamó buscando información sobre mi padre, Víctor Andrade. No me extrañó la pregunta, porque mi padre fue un personaje trascendente en su tiempo. Lo invité a mi casa, le conté algunas anécdotas, le mostré fotos y papeles, y esa conversación se convirtió en otra y otra, y luego mi padre volvió a aparecer –muy bien dibujado por cierto- en la novela “Memorias Bajo Fuego”, y luego en forma histórica en el libro: “El Cerco de Boquerón”.

De ahí en adelante con Raúl conversamos mucho de libros, de lecturas, intereses comunes y de las cosas de la vida; conoció a mi familia. Es decir, nos hicimos amigos. Resultó ser un escritor prolífico con libros poco usuales como “Los Constantinopolitanos”, abordando temáticas diversas, reflejos de una mente curiosa y creativa.

Hoy, vengo a hablar de un nuevo libro suyo, también poco usual. Para comenzar, es un libro algo exigente, no se lo puede leer en unas cuantas horas, y en estos tiempos de novelas de fórmula y de historias de crimen o romance, lo sustancial sale de lo común. Nos hemos desacostumbrado al desafío en términos de lectura, y este, definitivamente, es un libro desafiante.

Y debo confesar que cuando Raúl me pidió que lea el borrador de su novela “El Ateniense: Memorias de Alcibíades, favorito de Sócrates y Pericles”, sentí un momento de desasosiego. Por supuesto que dije que sí, pero en verdad… el mero título me causaba inquietud. Y claro, es que el tal Alcibíades es uno de los personajes menos atrayentes de la historia griega, un hombre que lo tuvo todo: soberbio, altanero y jactancioso; famoso a través de los siglos por ser talentoso estratega militar y un aún más talentoso traidor.

No me gustó nunca el tal Alcibíades, y francamente no me incitaba la lectura de un libro que busque recomponer su imagen. Y, desde el Prólogo no me decepcionó: la voz de Alcibíades que allí encontré era fiel a mis pensamientos, y por colmo, se dirigía a Lisandro el espartano, enemigo mortal de Atenas. La soberbia le brotaba a borbotones, y aún en la derrota (porque se supone que estas “Memorias” fueron dictadas cerca del final de sus días), su tono altanero era profundamente antipático.

Por ejemplo, dice Alcibíades, el narrador: “Nací noble y nací hombre, dos condiciones indispensables para alcanzar la virtud plena y perfecta…” y luego, “…pocos mortales nacidos en la deslumbrante Atenas pueden presumir de haber tenido orígenes tan nobles”.
O también: “Desde la infancia los dioses se ocuparon de darme los mejores medios para formar mi carácter y prepararme adecuadamente en las tareas públicas que mi origen y mi inteligencia habrían de depararme.”

Francamente, el tono era altanero, de insoportable arrogancia. Me irritó su complacencia, aún en la más abyecta derrota. ¿Es que ese hombre no había aprendido nada? Seguí leyendo, inquieta. ¿Podría ser que Raúl Rivero pretenda convertir a este fantoche en héroe? Me tomó unas cincuenta páginas de lectura adicional para caer en cuenta de que eso no es lo que el atrevido autor busca mostrarnos: aquí está un personaje detestable y admirable, conflictivo e inconstante, viviendo en una época que ya sufría los síntomas de la guerra fratricida que pondría fin a Grecia. Empecé a vislumbrar su propósito, pero no estaba convencida.

Le confesé mis dudas, pero Raúl me obligó a seguir adelante, y lo hice en varias iteraciones del manuscrito. Para colmo del desafío, este libro sobre Atenas, amigos, tiene el atrevimiento de usar nada menos que el lenguaje de Atenas, es decir el griego. El griego – raíz de tantos conceptos nuestros- no facilita la cosa para nadie: la polis, el demos, el pais, el oikos y la oikia, los medos, los éforos, el erastés, los aerópagos, el opsón, etc…. ¡Es obvio que tuve que recurrir al diccionario y un mapa del Peloponeso antiguo para ubicar las referencias! Por suerte, posteriormente Raúl tuvo la consideración de incluir un amplio glosario al final del libro, junto con una cronología de la vida de Alcibíades con un calendario griego y otros datos importantes, pero para esa mi primera lectura, todavía no existían.

Estaba desconcertada. Me estaban moviendo el piso. Lo que pasa, estimados amigos, es que yo, como muchos de ustedes, crecí admirando a la Atenas maravillosa de Sófocles, Eurípides, Anaxágoras, Fidias, Pericles y Sócrates, con toda su cultura y belleza. No quería leer nada en su contra. Me era fácil olvidar (o tratar de ignorar) que también fue esa misma maravillosa Atenas la que mató a Sócrates, sin pestañear.

No era sólo Alcibíades el inconstante. Atenas también era contradictoria en su misma naturaleza. En ese momento cumbre de su creatividad, cuando la sombra de la derrota se veía lejana como nubes en el horizonte, ya se estaba gestando el final de una gloria única en el mundo. Alcibíades fue parte de esa gloria, y actor en su tragedia final. Sí. Estuvo allí, y aunque podemos despreciarlo como hombre, no se puede menospreciar su importancia, aún en ese derrumbamiento.

Y menos podemos o debemos cerrar la mente a las causas del trágico fin de la Hélade, cuya dramática historia nos podría inspirar a ver los paralelismos con nuestros propios convulsionados tiempos. Y para complicar más la cosa, este libro nos obliga a re-ver y con cruel fidelidad, el retorcido final de Atenas.

Las luchas fratricidas del Peloponeso traen a la mente los actuales conflictos que vive el mundo, y muestran en forma dramática lo fácil que es destruir, lo difícil que es actuar con serenidad en la crisis, lo terrible que es la obcecación, lo inútiles que son el odio y la venganza y finalmente, cómo ambición y la ceguera política pueden∂ culminar en suicidio cultural o destrucción masiva.

Durante varios días, luego de enfrascarme en la lectura de esta novela, me costaba retomar mi tranquilidad interior. Demasiados ecos, demasiados paralelismos con nuestros tiempos que tomar en cuenta.

Este libro que hoy presento, no es tanto la historia de Alcibíades como la historia de los últimos años de Atenas clásica, la joya mayor de nuestra historia occidental.

La genialidad de haber puesto de narrador de ese final a un hombre complejo y contradictorio que jugó un papel preponderante en Atenas, en Esparta y la Media (o Persia) en los albores de la guerra del Peloponeso que finalmente acabó con las glorias de Grecia, le permite a Raúl Rivero mirar los tres contrincantes: Atenas Esparta y los persas con los ojos de Alcibíades, ya que este hombre fue uno de los pocos, sino el único actor decisivo con pleno conocimiento de los tres lados de la contienda. Y por eso, hay momentos en los que uno, al leer esta historia, incluso quisiera intervenir o cerrar el libro, para evitar su trágico desenlace.

Alcibíades está retratado con colores, luces y sombras, de forma casi tridimensional. Pero el libro deja espacio a la discusión, porque los actos del hombre fueron transmitidos por terceros, por pocos testigos, muchos enemigos y por historiadores. Aquí, recreado por Raúl, estamos ante un personaje muy bien trabajado y presentado, fruto de una larga investigación.

Alcibíades el Ateniense, ese hombre fuerte y bello pero impredecible que mi imaginación contempla erguido y soberbio sobre la cubierta de su trirreme, debió haber tenido algo más valioso que hermosura, vanidad y arrogancia para haber llegado tan alto, y debe haber sido, también, algo más que ambicioso, ciego y traidor para haber caído tan bajo. Al final, ¿hubo un daimon perverso que lo empujó? Su destino, su moira, estaba escrito o lo escribió el mismo?

Y ahora, me rindo, porque acaban de vermr reducida a usar el mismo y arcano vocabulario griego que inicialmente me molestó- porque cada idioma es reflejo de su propia realidad, y ésa era la realidad de Alcibíades, el Ateniense.

Hay pocos testigos presenciales a los cuales recurrir. Aristófanes y Tucídides, de su época, lo muestran inconstante y a veces despreciable, pero Pericles, su tutor, lo crió y lo quiso como a un hijo, y Sócrates simplemente lo amó. Algo más tuvo que haber en el hombre, detrás de las poses grandilocuentes.

Quedo con más preguntas que respuestas. ¿Este libro nos da una visión posible del personaje? ¿Raúl Rivero logra unir al héroe con el traidor? ¿Al morir asesinado, Alcibíades ¿seguía todavía altivo, o se encontraba hundido en la derrota? No me corresponde hacer la afirmación final. Para eso, sería necesario, como Raúl, meter manos y brazos hasta el codo en la efervescente masa de la historia griega, sintiendo las contradicciones de valentía y grandeza, ceguera y lucha interna que llegaron hasta el paroxismo. Y aún así, la distancia de dos y medio milenios nos tiende un velo imposible de romper. No podemos tomar la verdad de la mano.

Así, para terminar, les dejo con palabras pronunciadas con certeza por Alcibíades; parte del juramento que pronunció con sus camaradas a la luz de Selene, la luna, para dejar atrás la adolescencia y ser formalmente considerado como adulto:

“No deshonraré las armas sagradas que llevo; no abandonaré a mis camaradas de lucha…combatiré sin tregua por la polis, legaré a mis hijos una patria más grande y poderosa….”

Alcibíades no cumplió con ese juramento… no luchó hasta el fin por su hogar, ciertamente no legó grandeza a su patria, y la historia se lo cobró.

Ahora, hoy, invito a todos ustedes, casi podría decir que los desafío a leer estas Memorias de Alcibíades con las cuales Raúl Rivero sí cumplió, para luego llegar a sus propia conclusiones, muy posiblemente, más atinadas que la mía. ¡Buena lectura! Gracias.

Fuente: Ecdótica



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