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Hablemos de los que han muerto



Una ilustración de Óscar Uzín Fernández, fallecido el 27 de enero.

Hablemos de los que han muerto
Por: Gabriel Chávez Cazasola

Se acerca un nuevo guarismo a los calendarios y voy a tomar prestado de Marcelo Quiroga el título del libro póstumo que reúne los artículos periodísticos que escribió para “El Día” de México. Hablemos de los que mueren se llama esa obra de Marcelo y es eso exactamente lo que haré hoy: hablar de los que han muerto. Para ser más precisos, de tres muertos del 2018.

Nombrando ese número, el tres, recuerdo que un amigo escritor suele decir que hay tres palabras que debieran grabarse como lema del escudo nacional o, al menos, como motto de un hipotético escudo de las letras, el arte y la cultura en Bolivia. Esas palabras son ingratitud, envidia y olvido. Ahora, además de recordar a tres muertos, voy a hablar contra dos de esas palabras: ingratitud y olvido. Sobre todo, contra la segunda.

Este 2018 murieron Óscar Uzín Fernández, en enero; Carlos Castañón Barrientos, en abril; y en noviembre Mauricio Peña Davidson. Uzín, novelista, sacerdote, teólogo, melómano, nació en Oruro en 1931 y murió en Cochabamba; Castañón, crítico, académico, ensayista, abogado, nació en Chuquisaca ese mismo año y falleció en La Paz; Peña, bibliófilo, papelista en la antigua acepción, crítico y abogado también, nació en 1942 en San Ignacio de Velasco y murió en Santa Cruz (aunque amaba Cochabamba con locura).

Los tres abandonaron esta tierra en las ciudades donde habían vivido las últimas décadas de su vida. Los tres fueron docentes universitarios, formando a varias generaciones en esas ciudades. Los tres dejaron una obra literaria valiosa, que en su momento fue apreciada, comentada y, en el caso de Uzín, premiada. Y, sin embargo, pese a todo lo anterior, partieron en medio del silencio de eso que solemos llamar, algo pretenciosamente, el ámbito literario y el mundo cultural.

Mauricio Peña Davidson.

En el entierro de Mauricio Peña, el mayor intelectual cruceño de su generación, no faltaron familiares, amigos, colegas abogados y antiguos estudiantes, pero los escritores podíamos contarnos con los dedos de una mano. De autoridades culturales y ramas afines, esas que suelen llenar exequias pomposas de personas pomposas y a menudo huecas, ni una huella.

En cualquier caso, Mauricio, ávido y agudo lector, erudito, especialista en y devoto de sus admirados Borges y René Moreno, nos deja la memoria de sus conversaciones siempre inteligentes, su libro La pasión del lenguaje. Aproximaciones a la poesía de Jorge Luis Borges, imprescindible en toda buena biblioteca, y, a sus amigos más cercanos, la tarea de publicar sus inéditos.

Carlos Castañón Barrientos, por su parte, ocupó, durante largos años un sitial privilegiado en la crítica literaria del país, junto a Juan Quirós, y fue una figura activa y destacada de la hoy languideciente Academia Boliviana de la Lengua (como también, por cierto, de la picante y sucrense Academia de la Mala Lengua). Acaso por su pertenencia al entorno de Quirós, casi hegemónico en su tiempo como constructor de canon crítico, Castañón, al igual que otros autores próximos, fue después penalizado con una suerte de silencio deliberado, que acaso buscaba compensar su anterior exposición tan elevada.

Sin embargo, eso no desmerece el esfuerzo de su trabajo crítico, que recogido en varios volúmenes, da cuenta de decenas de libros bolivianos publicados en la segunda mitad del siglo XX y acerca de sus autores; muchos de los cuales acaso no conoceríamos de no haber mediado, entre ellos y el mentado olvido, la lectura atenta de Castañón –con cuya visión, discutida por algunos contemporáneos suyos, podemos estar o no de acuerdo– y su pasión por el idioma (dicho sea parafraseando el título de la obra del siempre discreto Mauricio Peña).

Carlos Castañón Barrientos.

En cuanto a Óscar Uzín, fue uno de los novelistas más leídos y valorados de los años 70. Poco después de retornar de EEUU, donde estudió filosofía y teología, ganó el Premio Erich Guttentag en 1972 con El ocaso de Orión, su ópera prima, que tuvo ocho ediciones continuas; en 1974 fue trasladado a Cochabamba y allí publicó en 1976 La oscuridad radiante, años más tarde llevada al cine. Ambas novelas reflejan el desgarramiento interior de los sacerdotes católicos del posconcilio ante cuestiones entonces candentes como el celibato y el compromiso social. La actualidad del contenido de sus novelas no puede ser mayor ahora que ambos problemas han retornado con vigor al debate intraeclesial.

Sin embargo, si tuviera que quedarme con uno de sus libros –dejando a un lado su obra exegética, contenida en Sinópticos y Reflexiones dominicales– sería con uno de no ficción: sus memorias, a las que tituló Luz de otoño, publicadas en 1990. Pocos autores bolivianos –las memorias de escritores nacionales no abundan, a diferencia de las de políticos– han desnudado su alma con la intensidad con la que el vitalista Uzín lo hace en esas páginas, memorables en muchos sentidos, para empezar por su voz narrativa, capaz de establecer una singular complicidad con el lector.

Esa voz suya calló después: no publicó más novelas ni obras ‘laicas’, ignoro si por presiones de sus superiores o porque no se sentía cómodo en la Iglesia de Wojtyla siendo un hombre de los tiempos de Montini (y de Maritain y del existencialismo cristiano), o porque sencillamente sintió que ya no tenía nada que decir a través de la literatura.

Hace unos días, Adolfo Cáceres Romero publicó un artículo dedicado a honrar la memoria de Uzín, donde apuntó que “aparte de una breve nota en el diario Los Tiempos, nadie se percató de su partida. (…) Se nos fue Óscar Uzín, sin ningún homenaje de despedida. (…) ¿Se cerrará este año sin que sus amigos, sus lectores y críticos le digan adiós? ¿Se irá en silencio como si nunca hubiera existido?”. Por lo menos yo, que fui su lector y que le hice la primera entrevista de mi vida, para un periódico universitario de la UCB allá en los tempranos 90, no dejaré pasar el año sin recordarle y hacerle un homenaje contra la ingratitud y el olvido.

“Se fue, con una sonrisa a flor de labios, sin saber quién era”, continúa diciendo Cáceres, sin duda haciendo referencia a los efectos del Alzheimer. Creo que una de las claves de la literatura de Uzín era justamente esa: más allá (o más acá) de la fe, su perplejidad ante la propia existencia, su no saber quién es, en definitiva, el ser humano; nuestro no saber, en el fondo, quiénes somos, más cuando se acerca otro final de año y nos toca hablar de los que han muerto.

Fuente: Página Siete



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