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“¿Alguien se acuerda que todavía estamos festejando?”: Los años dorados de José Villanueva



“¿Alguien se acuerda que todavía estamos festejando?”: Los años dorados de José Villanueva
Por: Giovanni Bello

1. Los que conformábamos la pequeña tropa de gente que participaba asiduamente de las lecturas de poesía de la movida paceña a fines de los 2000 e inicios de esta década sabemos que cuando tocaba el turno del José para leer sus poemas, los escuchas ya tenían en mente cuál de ellos era su preferido. Y como se hace con las bandas de rock locales, le gritaban el nombre del poema que querían escuchar. La mayoría de los poemas que José leía en esa época fueron a dar a su libro Toma de nombre, del 2016. La cualidad que hacía de ellos tan populares entre la audiencia era, sospecho, su asunción del modelo de la canción pop, entendiendo, claro, el pop en su sentido más amplio. Obviamente no es el único motivo, pero me parece que el movimiento de ascenso y clímax típico de la canción pop también se daba en esos poemas. Particularmente en la interpretación verbal de los textos, José mantenía una intensidad calculada, un impulso generado por el ritmo y la prosodia que explotaba a veces en una gran imagen (y que generalmente venia acompañada de las risas del público) o a veces era sabiamente distribuida en versos que generaban micro clímax líricos.

Pero si los poemas de Toma de nombre estaban emparentados a la cancion pop, se podría decir, tal vez, que los de este libro lo están a las de la cumbia andina, pero con efecto de distorsión. Para no ir lejos, el primer poema, “Arenga”, comienza con la dedicatoria estándar del género: “esto es para ti cholita”, a lo que añade sin recelos, “borracha que orinas las postales de mi tierra”. Tanto la dedicatoria como la postal orinada de la segunda mitad del verso juegan con el acto de la distorsión del modelo, el verso mismo es aquí una postal de la postal profanada original, la cumbia que empieza es una versión en sucio de la cumbia verdadera. El otro día, jugando a imaginar títulos de libros que me gustaría leer, pensaba en uno como “Hey! Oh! Let’s go! Una historia del optimismo moderno”. Me llama la atención lo increíble que resulta el hecho de que desde el siglo XVIII o XIX hasta mediados del XX haya habido gente que honestamente creyera que un conjunto de ideas aprendidas en libros, y que se manifestaban en los “logros” que la humanidad estaba “alcanzando”, podían llevarnos a un destino glorioso: los años dorados por venir. Y también me sorprende lo increíble que es que en lo que va de estas últimas décadas esa ilusión se haya revelado tan descarnadamente falsa ¿Cómo podemos soñar con un futuro brillante si apenas podemos imaginar el modo en que la humanidad va a sobrevivir a los próximos cien años?

Me parece que lo sombrío de la anterior pregunta es un rasgo compartido por Los años dorados. Lo que Benjamin llamaba “pesimismo organizado”, en el caso de Los años dorados se manifiesta en la profusa ambigüedad que reflejan sus poemas. El “punkero soldado”, el “pito corto de la rebeldía”, el “taladro budista romo” propio o el “taladro hippie prestado”, entre otras imágenes, nos remiten insistentemente a la contradicción, a la imposibilidad de definición, y, finalmente, al desengaño. Pero que no se mal interprete, los poemas que conforman Los años dorados no se regocijan en la desesperanza; la contradicción es asumida con goce, como algo innato, como algo casi necesario: “mismas partes de humildad y victoria”. Pero hay algo más respecto al pesimismo que tiñe Los años dorados. Una de sus manifestaciones es, me parece, la pantomima de eso que como reactualización del viejo costumbrismo decimonónico tal vez podríamos llamar “neocostumbrismo”. El neocostumbrismo se daría en un medio en el que prima una forma altamente estereotipada del sentimiento de lo nacional, del orgullo local, del regionalismo y la adscripción cultural a lo popular, amalgamada con algunos elementos del progresismo político. En ese contexto, aquel orgullo nacional, popular y rebelde que hasta hace cuarenta años todavía podía incomodar a los sectores conservadores, en cierta medida se ha convertido en un nuevo conservadurismo institucionalizado, que dirime la imagen de lo nacional, de lo popular y de lo políticamente correcto.

En los poemas de Los años dorados es difícil identificar cuándo se parodia ese neocostumbrismo y cuándo se lo asume sin rodeos. Se trata, una vez más, de la ambigüedad esencial que rige estos poemas y que es abonada, por ejemplo, por la inclusión de un lenguaje coloquial lleno de modismos y formas sintácticas del castellano andino: “atajándose”, “chanchullo”, “watos”, “frailes”, “papi no te emputes”, etc. Sin embargo, si algo evidencia la postura de esta escritura respecto al estado actual de cosas, es su apuesta por cierta incorrección política. Las alusiones a los “negros”, “ni reencarnadas nuestras almas, negro lindo/ habitarían a un obeso” o “la búsqueda de soberanía/ la búsqueda de sumisión/ son ambas trabajo/ de negro”, por poner dos ejemplos, sacadas de contexto, además de cómicas, pueden resultar chocantes. Y ni qué decir de algunas de las alusiones sexuales que recorren el libro. Me parece que una de las posibles interpretaciones de esta apuesta apunta a que la asunción de lo popular, para ser sincera, debe lidiar obligatoriamente con sus contradicciones, con su conservadurismo innato (su racismo, su misoginia, su xenofobia) y lo que el progresismo discursivamente ha querido hacer de él. Y, por otra parte, particularmente la repetición del motivo de los “negros” en casi todos los poemas -y que lo convierte en prácticamente un leitmotiv de Los años dorados- está relacionada a la idea de la oscuridad en oposición a la brillantez del dorado del título.

2. Una diferencia entre este libro y Toma de nombre es su carácter más fragmentario. Si bien los poemas de Toma de nombre no eran narrativos ni mucho menos, seguían algún tipo de ilación básica. En cambio, los poemas de Los años dorados se sienten mucho más entrecortados y a veces se perciben como una secuencia de imágenes yuxtapuestas cuya relación está dada únicamente por la aleatoriedad. Ese efecto, que podría ser relacionado por ejemplo con el surrealismo, puede ser visto también como un efecto de simple sinsentido literario. En Escrituras nómades Belén Gache dice “un juego que no posee reglas ni genera vencedores ni vencidos, como la carrera de los conjurados de Carroll, no parece tener sentido y no puede dejar de convertirse en la metáfora de un mundo sin reglas y sin función”. Se puede leer así Los años dorados, pero aquí lo que brilla al fondo del sinsentido es la ambigüedad, la indefinición. En todo caso, la cualidad de entrecortamiento que sobreviene al leer estos poemas también se debe a la superposición de versos que parecen ser clausulas añadidas a una primera afirmación, el tipo de frases que comienzan con conectores como “pero”, “porque”, “y si no”, “y”, etc. A lo que se suman las frases que evocan la cualidad prefabricada de la publicidad (“no te hurgues no te espantes/ es vegano este veneno”) o del refranero popular.

Tengo la teoría, sin embargo, de que si algo define la cualidad fonética de entrecortamiento de los poemas de Los años dorados es la primacía de las consonantes sordas. Me da la impresión de que las palabras con una mayoría de consonantes sordas (p,t,c,k,ch,s,j,f) son más abundantes durante todo el libro o, al menos, sobresalen más que las con mayoría de consonantes sonoras (b,d,g,y,m,n,ñ,l,ll,r,rr). Estas consonantes, a diferencia de las sonoras, no necesitan usar de las cuerdas vocales y por lo tanto tienen un sonido más seco, mas cortante. Si ese es el caso, me parece que la elección se debe a la búsqueda consciente de resaltar cierta sonoridad en la interpretación oral de los poemas, tal vez relacionada con el carácter duro del castellano andino. Pikachuri, el apellido del famoso minero aymara que se auto inmoló con dinamita hace unos años en el Palacio Legislativo, resuena así con una cualidad inusitada y siniestra en uno de los versos más sobresalientes de Los años dorados: “tres miembros tuvo nuestra religión trunca / pikachuri por delante / luego yo si me da el tiempo / y tú”. La “p”, la “k”, y la “ch” no son solo consonantes sordas, sino que las dos primeras son un tipo de fonemas llamados “explosivos”. Dato casi azaroso, el último, que de todas formas evoca los designios agoreros del lenguaje y confirma el compromiso de esta escritura con la palabra.

Fuente: La Ramona



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