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El tigre en la casa



El tigre en la casa
Por: Ángela Quinteros

Hay una palabra que me cuesta pronunciarla y que la he conocido cuando leí El tigre en la casa: ailuro. Su origen etimológico proviene de la palabra griega aílouros que significa gato doméstico.

De ahí nacen dos palabras más ailurofobia y ailurofilia, dos sentimientos opuestos que la gente siente por los gatos. Un ailurofóbico es esa persona que tiene un temor enfermizo por ellos, el ailurofílico, en cambio y donde me incluyo, son esas personas que les profesan un amor inmensurable.

Carl van Vechten era ailurofílico. Amaba tanto a los gatos que dedicó un libro entero a modo de ensayo cultural a estos animales. El gato como tema principal le sirve de pretexto para citar como mencionar otros libros literarios, históricos, religiosos, de leyes y artísticos, entre otros, como también a muchos de los autores que de una u otra manera mencionan al gato. Pero no sólo es un libro erudito dedicado a este animal, Van Vechten de tanto convivir con estos felinos los ha llegado a conocer y ha quedado fascinado por las peculiaridades de este animal.

En los primeros capítulos se desmitifican las creencias populares que, hasta ahora, casi cien años después de la primera publicación de este libro, todavía siguen vigentes con respecto al micho. Van Vechten sin mucha prisa va desmitificando una a una de estas creencias. También se enfoca en los rasgos distintivos de este felino. Con mucho humor lo va describiendo: “El gato es el único animal que vive con los humanos en términos de igualdad, si no de superioridad”, o “Donde hay pavos reales, es un lindo espectáculo ver a los gatitos sorprendidos ante su soberbia cola desplegada; corren y saltan como locos en torno de la gran ave, mientras ésta, furiosa, intenta liberarse de esos pequeños demonios”. ¡Y ni qué decir cuando menciona la inteligencia gatuna! Se explaya hojas y hojas para primero refutar a quienes lo consideran un animal estúpido y luego para explicar en qué se diferencia por ejemplo de la inteligencia perruna.

Tal vez el tercer capítulo sea uno de los que menos disfruté, porque en él, con la misma calma de los dos anteriores, Van Vechten va desarrollando con citas, descripciones pormenorizadas de cómo ha sido la crueldad a la que han sido sometidos en la Edad Media. Es uno de los animales, afirma el autor, que más ha sufrido la persecución supersticiosa de la gente que lo consideraba un ser demoníaco.

Historias, anécdotas, ocurrencias, todo donde el protagonista sea un gato o como lo llaman los japoneses: el tigre que come de la mano. Así es este libro. Hay unmito hindú, por ejemplo, con tres protagonistas: el rey, el penitente y el gato del penitente. El rey va a los cielos y trae una flor del árbol llamado Parisadam que sólo crece en el reino celestial. El penitente por no quedarse atrás exclama que puede mandar a su gato de nombre Patripatan a traer por él la flor celestial, pero cuando el gato visita los cielos, una de las diosas lo ve y decide quedárselo, le explican que en la corte de un gran rey allá en la Tierra esperan el regreso de Patripatan y que lleve con él la flor de Parisadam, la diosa decide devolverlo, pero después de tres centurias. El penitente acepta la decisión de la diosa y por el poder de su virtud logra que la gente de la corte, incluido el rey, vivan 300 años. Llegado el momento de devolver al minino la diosa lo hace descender “en un trono sobre una nube de mil colores; en sus patas portaba toda una rama del árbol de Parisadam”.

Mitos que se entremezclan con anécdotas como la del músico Scarlatti y su gata. Un día el animal paseaba por encima de las teclas del piano, las notas que sonaron de las pisadas de sus patas fueron el inicio para la composición de la sonata La fuga del gato. Las siguientes notas fueron la intervención del músico. Se escucha esta melodía y evidentemente las primeras cuatro notas parecen que fueron las pisadas espontáneas de la minina.

Van Vechten sabe, como muchos humanos que convivimos con estos animales, que disfrutan de la música, no de todo género, cada gato tiene sus preferencias. También alecciona al lector para que éste eduque el oído del gato con ciertas composiciones que es casi seguro que serán de agrado del animal. Estas sugerencias salieron en la revista londinense Saturday Review y entre ellas se mencionan para comenzar los 48 preludios y fugas de Bach. En esa revista, que cita este escritor, también comenta que los gatos prefieren el piano que el violín.

El arte ha mejorado y ha desmejorado a la vez en cien años. En la época de Van Vechten no existía el hiperrealismo o la ilustración no había llegado a su cénit, incluso los materiales que dispone un artista en estos tiempos le ayudan a perfeccionar sus obras, o a desmejorarlas depende el caso. En El gato en el arte, el ensayista hace un recorrido de las pinturas que hasta ese entonces tienen a un felino, ya sea como complemento o como elemento principal. Gracias al internet y a Pinterest se pueden ver casi todas las obras que menciona el autor, aunque mis favoritas de las que menciona son las pinturas e ilustraciones de Steinlen y de Oliver Herford.

Los últimos capítulos dedicados en especial a la literatura cuyas prosas como poemas han incluido ya sea de pasada o como protagonistas al gato, también menciona a literatos aficionados a estos animales. Hay momentos realmente memorables en la ficción en el que aparece en escena un gato. Don Quijote se peleó con un gato pensando que era un demonio; el gato libre de Rudyard Kipling que estableció sus reglas para vivir con los humanos, el gato negro de Poe que gracias a sus maullidos se resuelve un crimen y otros momentos que Van Vechten rememora.

Hay poemas dedicados a gatos, tres que me gustaron, elijo uno para concluir este escrito, es de Swimburne y lo transcribo tal como está en El tigre en la casa:

Majestuoso, lleno de bondad, noble señor,
Condescienda
A sentarse junto a mí, y vuelva
Sus gloriosos ojos que sonríen y queman,
Dorados ojos de amor brillantes en recompensa,
Sobre la página dorada que leo.

Fuente: Letra Siete



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