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Leyendo desde Bolivia «Las señales que precederán al fin del mundo»



Leyendo desde Bolivia «Las señales que precederán al fin del mundo»
Por: Virginia Ayllón

En 2017, la editorial La Perra Gráfica publicó Señales que precederán al fin del mundo, del mexicano Yuri Herrera, edición ilustrada por Oscar Zalles. Se trata de un hermoso libro, un objeto que soporta una también hermosa novela. Por eso importa reseñarla.

Esta breve novela, publicada inicialmente en 2009, tuvo importante repercusión en su país y en la región, una vez conocida Trabajos del reino, la primera novela de Herrera, publicada en 2004 y que conocí por ahí en 2009 o 2010 en mi búsqueda de las así denominadas narconovelas, La virgen de los sicarios (1994), de Fernando Vallejo, Un asesino solitario (1999) de Élmer Mendoza, Luna con Tijuana Dream (1999), de Juan Hernández y La Reina del Sur (2002), de Arturo Pérez-Reverte), para acercarme a El viento de la cordillera: un thriller de los 80, la segunda novela de la trilogía de Alison Spedding.

Lega como era en este campo, rápidamente me di cuenta que Trabajos del reino no correspondía a lo que el mercado (y en Bolivia también a través de la versión telenovelada) me ofrecía, o más bien a lo que accedí, con las limitaciones de nuestro mercado y sobre todo mis limitaciones.

De hecho y entre paréntesis, El viento de la cordillera, no cuadra con los parámetros de la narconovela. No se trata de una novela de narcotráfico, ni siquiera de una variante local, y esto es posible porque incluye dos dispositivos: el humor como forma y el trastocamiento de los valores sin que ello signifique, necesariamente, una falta moral; en todo caso establece otra moral.

Saliendo del paréntesis, la crítica ubicó la producción de Herrera en un espacio que puede llamarse de cuasi anti narco novela, en el sentido de que elude y subvierte los “parámetros” de la llamada narcoliteratura. Pero también destacó, como el crítico literario Christopher Dominguez, “la prosa depurada y lírica” de este escritor mexicano.

Señales que precederán al fin del mundo, en mi lectura, o tal vez más preciso, en mi lectura desde Bolivia —y resalto mi ubicación, porque quién sabe cómo la leería si estuviera en el Norte, o en el Sur más Sur— más bien es una novela de y sobre la migración transnacional, tema mucho más cercano a nosotros.

Makina, la protagonista de la novela, que realiza un viaje al Norte (a su Norte, su norte colectivo y el de ella misma, tendría que aclarar) es una bisagra, una contrabandista, o una puerta como ella misma se define. ¿Entre qué? ¿Puerta a dónde? Formalmente entre dos lugares, o entre dos culturas, como suele pensarse de los migrantes. Pero esta noción trasluce a los lugares o las culturas como fijas, como si se pudiera pasar de una a otra sin consecuencias. A mí me gusta más el rudimento del contrabando o de las identidades de contrabando que implica, sobre todo, el riesgo, e instaura una zona nueva, desconocida, con rasgos, sin embargo, de lo que se deja y de lo que viene; es decir, un lugar de dos tiempos, o mejor, entre dos tiempos.

Ahora bien, el entretiempo, como sabemos, es un tema caro para la literatura, a veces estudiada desde el viaje, y creo privilegiada desde la dupla realidad y mito, lo que arraiga el viaje no como traslado sino como éxodo iniciático. Por eso es que el viaje, todo viaje, es un tránsito al fin del mundo, o a la muerte. De ahí que los protagonistas del viaje, como Makina, son espectros que recorren no otros suelos, sino parajes más bien dantescos.

Y en este punto me es preciso detenerme en la estructura de la novela, aspecto destacado por muchos críticos. Evidentemente, los nueve capítulos de la novela se corresponden con los nueve estadios del inframundo de la cosmovisión mexica. Y usé a propósito la palabra “cosmovisión” —tan de moda en estos tiempos de exacerbado nacionalismo o exotismo indígena en Bolivia—, para acentuar que la novela de Yuri no se refiere a la cosmovisión mexica, no es su tema. Más bien se sirve de la estructura del viaje hacia la muerte mexica para organizar el armazón de una novela que, al igual que esa cosmovisión, de la muerte y el viaje hacia la muerte trata. Por eso no hay posible acercamiento a esta novela como si de novela indígena mexicana se tratara. Este delicado juego en la parte formal de la obra, como se advierte, se convierte en una metáfora no enunciada, o, para decirlo de otro modo, en una elipsis del silencio.

En esta novela el silencio es crucial, es una zona, un lugar, una esfera en la que se reúnen los que se están yendo y todavía no están llegando; no es una casa a donde instalarse, no es un destino; es un terreno de constante movilidad e inestabilidad porque es un paraje de disolución, de violencia y de muerte.

Entonces, la enigmática fuente de la estructura de la novela, el lugar donde se deshacen las identidades y la violencia, son tres aspectos centrales de esta novela, que se “leen”, pero no están enunciados. Estamos entonces ante una suspensión del lenguaje, que también es convertido en sujeto de su propio viaje mítico y que arma su propia zona de silencio, en una dimensión que no puede ser otra que la poética. No me es difícil conjeturar que el proceso de escritura de Señales que precederán al fin del mundo fue sobre todo un camino de precisión, de limpieza; es decir un transcurso más bien poético que narrativo. Y creo que este es el signo que definitivamente aleja esta novela de la narcoliteratura.

Pero si la aleja, la acerca. Recuerdo que cuando leí la novela dos nombres interrumpían constantemente mi relación con Makina: Santiago Chambi y Pilar Garrido. Estos dos personajes nacidos en los poemas de Roberto Echazú, el primero, y Eduardo Mitre, la segunda, son, a mi modo de ver, los que mejor simbolizan la huella de la migración transnacional en nuestra literatura, y ojo que estoy refiriendo a dos poemas.

Entonces, la lectura de esta novela de Herrera, me llevó al lugar de la poesía, tal vez por eso creo que Makina, la ausente, bien pudo decir estos versos:

Emigran los pájaros
pero se quedan
el árbol y el tiempo.

Tengo miedo.
Hay mucha trampa
y poca luz
en el recuerdo.
“La Ausente” (Eduardo Mitre)

Fuente: hayvidaenmarte.wordpress.com



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