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Augusto Céspedes, estela y vigencia



Augusto Céspedes, estela y vigencia
Por: Alex Salinas

Mientras leía la novela Humo (2017), de Gabriela Alemán (1968), me sorprendió gratamente encontrar un par de pasajes que reproducían, casi exactamente, un par de anécdotas macabras de Chaco (1936), la novela de Luis Toro Ramallo (1899-1950). La calidad de la prosa del chuquisaqueño había hecho su paso a las páginas de la excelente novela de la ecuatoriana, uno de los últimos ejemplos de todo un subgénero dentro de las letras latinoamericanas, la narrativa de la Guerra del Chaco.

A través de los años, se ha hecho evidente que las muchas páginas que se han escrito sobre la guerra del 32, han excedido su pretensión histórica y testimonial, inclusive la idea del trauma persistente en la memoria de los sobrevivientes y sus herederos, para dar paso a una reproducción literaria que tiene por base la riqueza misma de los textos de la época, una robusta geografía literaria de la cual sujetarse para seguir creando. Así, esta narrativa va dando paso a otros géneros(el terror, la ciencia ficción) a otras voces y otros puntos de vista (indígenas, femeninos, etc.), silenciados anteriormente por un herido ego masculino y la urgencia de una reacción retórica ante la derrota.

Del puñado de textos producidas a partir de la Guerra, Sangre de Mestizos (1936), de Augusto Céspedes (1904-1997) es acaso el más importante: nueve cuentos sin pretensiones de ejemplo, de moraleja, tampoco presionados por los finales felices. A partir de ellos, he sentido la estela de Céspedes en distintas lecturas. La encontré en el cuento “la excavación” (1953) de Augusto Roa Bastos (1917-2005), cuando el personaje del paraguayo excava un túnel para salir de la prisión impuesta por alguno de los dictadores del país. En el trayecto, recuerda sus días en la Guerra del Chaco, cuando excava otro túnel, cuando debe matar a 89 bolivianos, entre ellos a uno que seguramente soñaba en su propio pozo, en referencia al título del cuento más famoso de Sangre de mestizos. En “La excavación”, la pesadilla del escritor boliviano, es replicada, por la pesadilla elaborada por el escritor paraguayo. Como en el cuanto del boliviano, el túnel sin salida del personaje de Roa Bastos es un espejismo, la grotesca y tardía constatación de un Estado que explota y asesina a sus habitantes.

Después, ya en 1960, Roa Bastos publica Hijo de Hombre, una novela mural de la historia paraguaya de la primera mitad del siglo XX. Allí, en “Misión”, uno de sus capítulos, Roa Bastos, desde el punto de vista paraguayo, reescribe y amplia el cuento “Humo de Petroleo”, de Céspedes, la épica tragedia de los chóferes de la guerra. Si bien hay diferencias entre el chófer de Céspedes y el chófer paraguayo de Roa, a ambos los guía un altísimo sentido del deber, un valor irracional. Ambos mueren también apoyados sobre sus volantes, mientras la bocina de sus máquinas es escuchada a lo lejos por las patrullas enemigas. Ese mismo año, con el mismo argumento de “Misión”, y con el guión escrito por el mismo Roa Bastos, se filma en la Argentina la película La Sed, dirigida por Lucas Demare. La cinta, además, introduce la imagen del pozo del agua de Sangre de Mestizos, como quimérica empresa que solo sirve para morir inútilmente, para enterrar a los muertos de ambos países.

Recientemente, ya en el ámbito de las letras bolivianas, el laureado escritor Rodrigo Urquiola Flores (1986), escribe “Conversación en el desierto” (2017), una historia cuya trama antecede a la trama de “El pozo” de Augusto Céspedes. Paniagua, el personaje de Urquiola, curiosamente obedece una orden del Suboficial Céspedes y y sale en busca de un supuesto pozo de agua (y lo encuentra), el mismo por el que, ochenta años antes, Miguel Navajas( el narrador de El pozo), y sus hombres habrían de pelear y morir.

En conversación en el desierto, Urquiola reintroduce los grandes tópicos de Sangre de Mestizos, una sed que se proyecta en todos los ámbitos, en la ausencia de todo plan y proyecto de futuro, ya sea nacional o personal: el militar, el político, el erótico (cruel y burlesco), sin el cual no hay reproducción, no hay vida. Para Urquiola, la guerra, también la literaria encontrada en la obra de Céspedes, es “un acontecimiento que ocurre siempre en tiempo presente, que se repite hasta el infinito tanto en una vida como en la otra, tanto en un sueño como en el otro”.

Intervenir en un cuento canónico equivale a reconocer su lugar central dentro de una tradición (reconocerse también como parte de la misma) sus posibilidades rizomáticas. Al mismo tiempo, es un arriesgado y audaz acto, pues enfrenta al maestro y al discípulo en un plano de igualdad. De tal encuentro, bien se puede salir debilitado en la comparación o bien fortalecido, al proponer una poética propia, nuevas lecturas sobre la historia y la ficción.

Así lo había hecho Jorge Luis Borges, en cuentos como “El fin” (1944) o “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” (1849). En este último, a partir de la invención de la biografía de uno de los personajes del poema Martín Fierro (1872), Borges reinterpreta su importancia en el contexto argentino. Más que que un libro de lenguaje y sabiduría popular, éste revela al coraje como la gran virtud moral de los hombres, aun en malevos y desertores, frente a las causas perdidas, lo ineluctable de su propio fin. En el cuento, Borges también desliza unas lineas que tal vez pueden ayudarnos a explicar la resistencia literaria de Sangre de mestizos en el tiempo, la permanencia de sus personajes en el imaginario del lector boliviano. “Cualquier destino [escribe Borges], por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en el que el hombre sabe para siempre quien es”. Anteriores a la declaración de esta verdadera teoría de la resolución de un cuento, son los momentos que encontramos en los textos de Sangre de Mestizos. Los personajes de Céspedes, como lo habíamos visto en el personaje de Arturo Cova, de La vorágine (1926), como después lo veríamos en otras obras de la región, muestran acaso el momento en que se revela la condición ontológica del sujeto latinoamericano: la soledad, su indefensión ante la violencia provocada por las maquinarias de muerte nacionales y supranacionales; aun así, enfrentan al abismo con la creación. En el caso de Céspedes, con los ojos abiertos, sin rehuir a su destino sudamericano, con el conocimiento, finalmente, de saber quienes son. Es una sensación que acaso, en el clímax de la lectura, cree un puente renovable, aun imaginario, entre la literatura y la naturaleza de un pueblo, entre literatura y realidad.

Resta mencionar que hay una frase de uno de los personajes de Sangre de mestizos que se ha hecho mía a lo largo de los años, que resuena en mi cabeza desde primer momento en que me miro al espejo en las mañanas: “Yo sé que los hombres nacemos con un destino de palabras [escribe el sargento Cruz Vargas], y mientras no las hayamos vaciado, no podremos morir, porque aun no habremos vivido”. Persigo todavía esas palabras.

Fuente: Puño y Letra



Una Respuesta »

  1. […] Baptista Gumucio me llevó a una tertulia de viejos miembros del MNR, cuyo centro indiscutido era Augusto Céspedes (1904-1997). Él me regaló y dedicó algunos de sus libros. Vivía en un viejo caserón de la calle […]

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