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El pepino, de Walter Montenegro



El pepino, de Walter Montenegro
Por: Cleverth C. Cárdenas Plaza

El Pepino, no sólo es un personaje del Carnaval, sino que junto al Ch’uta y la Cholita Paceña se convirtió en un personaje emblemático del Carnaval paceño. Su origen urbano delata ese pequeño coqueteo con personajes festivos andinos como el k’usillo o el jukumari que en las fiestas rurales hacen las delicias de la comunidad, mediante travesuras o juegos atemorizantes.

La investigadora Beatriz Rossells identificó, documentadamente, la simbiosis entre el pierrot francés y el kusillo en un precioso libro titulado El Carnaval paceño, que fue publicado en el marco del proyecto “La fiesta popular paceña” impulsado el Instituto de Estudios Bolivianos de la UMSA.

Sin embargo, esta preciosa historia no es objeto de este breve texto, porque lo dedicaré a la literatura. Me referiré al relato El pepino, publicado en el libro de cuentos Los últimos (1947) de Walter Montenegro.

En este cuento, el personaje del pepino llegó a la fiesta colgado de un camión, del que saltó acrobáticamente y comenzó a hacer las delicias de los danzarines y de los espectadores. En su interacción con un niño sus bromas llevaron al pequeño al llanto, motivo por el que se vio obligado a dejar el lugar. Después de un rato, intervino en una pelea conyugal y terminó golpeando al esposo. Aunque logró detener al violento, cuando llegó un policía tuvo que contener a la autoridad con el objetivo de evitar un posible arresto. No se le ocurrió mejor idea que introducirlo a una tienda y emborrachar al policía, él que terminó durmiendo ebrio en la puerta de calle de cualquier casa. Ya embriagado, el pepino saltó hacia los extramuros de la ciudad y se introdujo en otra fiesta, en otro espacio, el de los márgenes que conserva el espíritu rural.

Allí, se puso a bailar con la multitud, importunando a todos. Pretendió seducir a una cholita a la que finalmente persiguió por la calle, pues ella huía. Muchos siguieron la escena, y en un callejón, sin testigos de por medio, después de un grito el Pepino apareció muerto. Los danzantes no sabiendo qué hacer, con miedo a la autoridad y sin quitarle la máscara decidieron enterrarlo, cavando un hueco en el mismo lugar y guardando ese oscuro secreto. Nunca se supo la identidad del Pepino.

Este cuento escenifica dos ámbitos: El de la cultura popular que tiene al Pepino como personaje principal del carnaval urbano, cuya principal característica es el anonimato. En segundo lugar, se evidencia que hay una pulsión entre la burla y la angustia, cuya vuelta de tuerca se cierra con la muerte y el entierro anónimo del personaje del cuento.

En esa medida, resulta por lo menos curioso que hasta hoy este personaje festivo no haya protagonizado muchos más textos literarios, de hecho hubo más coqueteos con el personaje en el cine, en la radio, en la televisión e incluso en el teatro, pero en la literatura su presencia es mínima. Como suele ser previsible, para un buen texto literario, era necesario que su representación alegre se contraste con algo siniestro. El cuento de Walter Montenegro, logró presentar ese contraste en una justa medida, hay en el cuento el aire picaresco, festivo, tradicional del pepino, al mismo tiempo un desenlace trágico. De hecho se puede advertir un guiño a la tradición popular pues el carnaval suele terminar con el entierro del Pepino y precisamente el cuento termina de ese modo.

Ya entrando a la pulsión entre lo festivo y trágico es precisamente ese equilibrio el que le da genialidad al relato, más allá de que los responsables del desenlace sean los indígenas. El relato evidencia también ese conflicto, la idea de que cualquier borracho puede aspirar a seducir a la fuerza a cualquier mujer, incluso forzarla, y la posible consecuencia de su accionar, en este caso violenta. Más aún, el relato grafica el temor a la autoridad que tienen los personajes indígenas, quienes prefieren encubrir la muerte del desconocido. Otro guiño a la fiesta, porque la magia del pepino precisamente radica en ella, es su anonimato. Entonces, la ritualidad festiva se trastoca mediante una vuelta de tuerca que sugiere el paso de la fiesta a una ritualidad sacrificial. De hecho, cuando el pepino yace muerto el narrador sugiere que la sangre derramada se esparció sobre la tierra “seca y sedienta” a modo de un ritual accidental.

Sin duda la atmósfera trágica del final es el punto culminante de un relato que estaba lleno de actos carnavalescos y jocosos, hasta que se ilustra la otra cara de la fiesta la embriaguez y los desatinos que lleva a cometer. Más aún, ilustra la cruel decisión de encubrir una muerte por el miedo a la represión, volviendo el acto en otro crimen.

Walter Montenegro Soria, nació en Cochabamba, en 1912 y murió en La Paz, en 1991. Fue abogado y diplomático boliviano, llegó a ser Ministro de Cultura e Información (1969). Formó parte del Consejo Consultivo de revista norteamericana LIFE. Fue jefe de redacción del periódico La Razón de su época. Escribió la columna Mirador en que firmaba como Buenavista.

Publicó los libros Once cuentos (1929); Los últimos (1947); El pepino / El gallo cochinchino en coautoría con Man Césped (1996). Esto en relación a su obra literaria, si bien El pepino, puede considerarse un clásico de la literatura boliviana, pues se encuentra en bastantes antologías, el mismo autor no fue lo suficientemente reconocido.

Afortunadamente una importante editorial acaba de reeditar sus cuentos completos con un bello estudio introductorio hecho por Alejandra Echazu y Javier Velasco, es urgente releer a nuestros clásicos.

Fuente: Letra Siete



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