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“Un animal no se engaña porque no usa el lenguaje”



“Un animal no se engaña porque no usa el lenguaje”
Por: Rodrigo Montenegro

“Algunas zonas ni siquiera habían sido remodeladas después de que acabó la guerra y por años se mantuvieron como ruinas, islas de decadencia, monumentos silenciosos a la carnicería, escombros que se apropiaban del espacio urbano cubriéndolo de mugre y memoria”

“Quemábamos y comíamos a gente, éramos conocidos por eso. Quitábamos la piel con cuchillo y lanzábamos la carne al fuego […] Cuando mi tropa se comía a los soldados digerían la mentira, la ilusión que provocaba el brillo del lenguaje”

Existe en el presente un tipo de literatura que se hace con restos, con fragmentos de lo que alguna vez fue el arte moderno de narrar. Entonces, en lugar de grandes relatos, grandes personajes y narraciones elaboradas como postulación de una Historia –la Gran Historia Novelada de América–, se elige un camino menor en el cual la épica se desgarra e insiste en instalar una lengua inmediatamente política. Es el caso de En el cuerpo una voz, novela trabajada al filo del delirio e instalada en ese campo de acciones donde la historia –como cualquier Historia– se hace de cuerpos, y más precisamente de la violencia ejercida sobre ellos por un aparato político. En ese sentido, el texto de Barrientos dispone un campo de experimentación sobre las condiciones posibles, y por momentos inquietantemente verosímiles, a las que son sometidos los cuerpos vivientes cuando se desfondan todos los marcos de la vida pensada como bien común en un proyecto civilizatorio y, en su lugar, se instala la guerra, la violencia y la atrocidad.

El relato se inicia con el impulso de una road movie. Dos hermanos escapan en un auto, atraviesan parajes desolados, uno de ellos está herido de bala, buscan atención médica, negocian para conseguir una intervención quirúrgica clandestina, para luego continuar el escape hacia la selva, hasta refugiarse en el fuselaje de un avión, restos en medio del monte. Ese primer movimiento no permite ver, ni siquiera especular, con el devenir de la novela, la cual se convierte en un texto alucinado; una visión en la cual el Estado Plurinacional de Bolivia se ha desintegrado cediendo a los impulsos del nacionalismo Camba. En este punto, la narración de Barrientos se proyecta como un relato anticipatorio de un horror posible, que sin embargo se sitúa en el centro de la racionalidad globalizada contemporánea. Barrientos recuerda que todo “orden” es el resultado de un “colapso”, aún (o sobre todo) la pax de las sociedades democráticas; insiste en afirmar que sobre el manto de los consensos políticos que administran la vida se encubren y solapan pulsiones de aniquilamiento. Y en efecto, la escritura de Barrientos puede ser pensada como la construcción de una poética de la violencia en la proyección de una visión política distópica. Una mirada o una conjetura hacia un futuro posible y amenazador en el cual los cuerpos serán atravesados por la guerra y el sometimiento. En este preciso sentido, la novela es tanto un ensayo sobre la vida desnuda de las víctimas del pasado sobre las cuales se erigieron los Estados Nacionales, como una ensoñación en clave de pesadilla sobre las víctimas futuras.

Una vez que se abandona el impulso del relato de ruta, de escape, de supervivencia, el texto de Barrientos se dedica a desplegar una minuciosa carnicería. Al modo de los Tadeys lamborghinianos la novela repite las mil y un caras del sadismo: desde el canibalismo a la tortura, desde la violación al despellejamiento. Matanzas llevadas a cabo en el tiempo muerto de un colapso –de un estado de excepción– por parte de brigadas paramilitares, cuyo insigne protagonista, el General, adquiere el perfil del criminal de guerra, quien más tarde deberá afrontar el costo de sus prácticas.

El segundo movimiento del texto es fracturar el tiempo, dejarlo fluir, para advertir las consecuencias de ese nuevo orden esparcido sobre lo que alguna vez fue Bolivia. El protagonista, ahora, se ha convertido en un agente del Estado dedicado a la recopilación de testimonios para los servicios de inteligencia. Aparece, entonces, en el interior de la ficción, la modalidad del testimonio como un gesto ritualizado a partir del cual la voz de la víctima se convierte en un bien común, en un resto de la violencia perpetuada en la memoria colectiva. El testimonio, sugiere la narración de Barrientos, es el lugar social –aún en el marco de la ficción– en el cual la voz se une plenamente al cuerpo y a su memoria para proyectarse hacia los otros, es decir, hacia el afuera. Los cuerpos que hablan tienen nombres, edades, ocupaciones, pero poco importan; el testimonio los hace parte de una tragedia común, de un destino o historia, de un padecimiento colectivo. Pero, sobre todo, la inscripción del testimonio recuerda, junto al título, el modo extrañado de nombrar a ese viviente que habla, al ser parlante que pese a poseer la capacidad única de construcción simbólica –de una lengua, de un Estado, de una comunidad– arrastra un componente caníbal, una pulsión de muerte que aniquilando a otros no cesa de comunicar el fracaso del proyecto llamado humanidad, o quizás en clave filosófica, humanismo.

Sin embargo, el texto de Barrientos no se deja clasificar en una mera transcripción de voces testimoniantes; se mueve hacia un territorio difuso en el cual breves entradas de escritura formulan intensos capítulos que caben en una página. En esa zona, la novela de Barrientos se contrae; deja de lado la oralidad para ingresar en una prosa ajustada, por momentos lírica, que construye imágenes antes que relato. Para luego encausarse en el ritmo narrativo de la venganza y preguntar: ¿cuál es el destino de los criminales de guerra, existe una justicia que no se revele, en el final, como un ejercicio de violencia, es decir, como retribución?

Finalmente, en el interior de la ficción distópica de Barrientos se aloja uno de los problemas fundamentales que recorre la realidad política globalizada, esto es, señalar el límite lábil entre las reivindicaciones autonomistas –ya sea en Sudamérica o en Europa– y los nacionalismos, para luego avanzar un poco más, y conjeturar la solidaridad entre proyectos nacionalistas y racismo o segregación cultural. La imaginación política de la ficción elaborada por En el cuerpo una voz subraya la posibilidad real de un resquebrajamiento de las condiciones de la existencia en el presente, ya sea por el giro conservador de esas reivindicaciones identitarias, ya sea como advertencia. Contra el Gran relato de la Historia como proyecto lanzado hacia el futuro, cuyo origen se encuentra en la filosofía de la Ilustración, con su confianza en la racionalidad exacerbada hasta el cientificismo positivista, el cual leía la marcha inexorable del tiempo hacia el progreso de la humanidad, Barrientos inserta su voz disidente: no hay garantías de que el futuro se transforme en la peor pesadilla del pasado. Para realizar esta advertencia el experimento narrativo se conjuga sobre una constelación de significantes que parecen obliterados en el panorama de cierta literatura actual obsesionada por la intimidad y el subjetivismo: Estado, nación, historia, violencia. Barrientos trabaja sobre ellos, pero no para restaurar un estadio conservador de cariz decimonónico, sino para demostrar la productividad de la imaginación política, cuando se entiende que no existen canales privilegiados para ensayar preguntas y respuestas sobre los modos en que la administración de la vida disciplina a los cuerpos. Su voz, entonces, es el resto de una identidad, una mínima resistencia facetada, disgregada en el cuerpo social y en el cuerpo literario; una palabra que señala las posibilidades latentes de repetir la historia, no como tragedia, ni como farsa, sino como sacrificio biopolítico.

Fuente: www.bazaramericano.com/



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