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El espíritu de la guerra sin Dios: Laguna H. 3



El espíritu de la guerra sin Dios: Laguna H. 3
Por: Rodrigo Villegas Rodríguez

El Dios de la guerra. O la guerra sin dios. La guerra de los dioses. Los dioses sin guerra.

Agua. Desesperar, no encontrar el río, el mar. El lago. La laguna. Convertir al cerebro en un pedazo de tierra árida, cada vez más polvo que materia. Agua, no hay agua. No hubo agua. La guerra de las alucinaciones. La guerra de la sed.

La Guerra del Chaco. Constante contexto de nuestros autores. Escenario necesario en el reencuentro de la historia, del paso de la sangre como consolidación de la Patria, de los cuerpos bolivianos derramados en el campo, en el tuscal, en la hierba, o devorados por las bestias, también sedientas. La guerra que marcó la retina de los que asistieron al fusil, la guerra que quedó en el imaginario de los que no participaron de la contienda, pero sí de los papeles, de los tratados, firmas y derrotas que pasaron por victorias.

Laguna H.3 (1938, Francia) es una de aquellas obras que encarnó la crueldad de la naturaleza para con nuestros hermanos. Mas no —como casi todos los libros que versan de la contienda— en la batalla entre países sudamericanos, impulsados por las petroleras, por ajenos, sino por esa búsqueda inútil de agua, de aquel líquido transparente del que estamos compuestos. De la asfixia de prescindir de ella más que del armamento. Escrita por Adolfo Costa Du Rels (1891-1980), esta novela, además de tratar el conflicto bélico entre nuestro país y Paraguay, propuso un debate interminable, eterno: ¿existe Dios?

El capitán Borlagui está convencido de su eficiencia, de las pruebas que ampara este Dios que mira desde su atril a los humanos perder el control de sí mismos y exterminarse entre ellos. Que todo tiene un propósito. Su Dios es su guía. Su brújula. La nave a la que se aferra para sobrevivir a los días que queman la garganta.

El teniente Contreras piensa distinto, lo contrario. No hay un dios, no hay nada que no sea lo humano, lo precedente y lo que podemos ver, tocar y observar. Que la lucha es individual y colectiva. No hay ayuda ni rencor de un ser supremo. Somos resultados de nuestras circunstancias.

Costa Du Rels vivió una importante etapa de su vida en Francia, varios años. Allí publicó la primera edición de Laguna H. 3, que luego, casi 30 años más tarde, fue traducida al español e impresa en 1967 en Bolivia. La influencia del existencialismo luso en su obra es notoria. La búsqueda permanente del motivo de la vida, de la permanencia en la Tierra. La crisis del propósito de la existencia.

Ahí la permeabilidad de su obra, su novela de la guerra. La lleva, como pocos novelistas, a un extremo lúdico: a los pies de la muerte, con un fusil apuntándote en la sien, ¿para ti, para mí existe un Dios?

Y ahí la esperanza o el pesimismo. Sus personajes son las marionetas, los actores de un drama en el cual los pensamientos contrarios configuran el paisaje:

“La esperanza es malsana, por ilusoria. El hombre, reducido a sus solos medios, lucha mejor. Contar con una ayuda celestial es una aberración. Una inclinación hacia el menor esfuerzo. La mayor parte de nuestras derrotas proviene de una confianza desesperada en Dios… Está todo regulado de antemano. Le haré notar, empero, que Dios está siempre ausente de nuestros combates. Se le llama, se le busca, siempre ausente. Así queda explicada nuestra soledad”.

Argumento eufórico de Contreras, militar heroico y distinguido con tantas medallas y loas que no recuerda el número, pero sí las imágenes y el sonido de la victoria.

No necesitó a Dios para sobrellevar las cargas. No. Se bastó a sí mismo. Pero la guerra es otro caudal, uno que te exige lo más hondo, lo más profundo de los hombres. Y allí ves a prueba tu valor. O tu fe.

Así se adhiere a varias historias similares —Chaco de Luis Toro Ramallo, Repete de Jesús Lara, Sangre de mestizos de Augusto Céspedes, Aluvión de fuego de Óscar Cerruto, entre otras—, pero profundiza en el Ser, en su relación con la naturaleza y la divinidad. Narra la angustia del agua que no se encuentra como la falta del pozo o la resignación a la decadencia sin un ser superior que nos ampare.

Eso sí, la constancia de una divinidad es inobjetable: el dios de la muerte. El animal que acecha y confunde. Que esconde las burbujas, que derrama el agua en tierras inencontrables. El Chaco.

Fuente: Tendencias



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