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Carlos Medinaceli y su primer texto crítico




Carlos Medinaceli y su primer texto crítico
Por: Ximena Soruco Sologuren

Es sabido que el escritor boliviano Carlos Medinaceli (Sucre, 1898-La Paz, 1949) se inició en las letras con la publicación de poesía en el periódico La Mañana de Sucre entre 1914 y 1915. Resulta menos conocido que publicara lo que parece ser su primer texto crítico tan temprano como el 15 de mayo de 1915, en el primer número de la Revista Brotes del colegio Nacional Pichincha de Potosí.

El artículo titula “Los grandes hombres que caen, Eduardo Subieta” y Mario Araujo Subieta informa que el director de la revista, Luis Subieta Sagárgana, sugirió a Higinio Michel y a Carlos Medinaceli la idea de que pergeñasen una semblanza en torno al señor Eduardo Subieta, fallecido dos meses atrás (Presencia Literaria, 20-02-1983).

Me interesa mencionar esta pieza crítica de juventud –nuestro autor tenía escasos 17 años– porque nos recuerda varios de los motivos de la crítica literaria a la que se consagró durante el resto de su vida.

También evidencia que Medinaceli bebió de una larga tradición literaria boliviana: el género de los textos fúnebres, identificado por otro gran crítico, Gabriel René Moreno, pero con una variante: Medinaceli dirige las “coronas fúnebres” a recordar y honrar no las hazañas políticas ni militares tan en boga durante el siglo XIX, sino aquellas escriturales.

Mencionaré solo algunos fragmentos de “Los grandes hombres que caen, Eduardo Subieta” que nos permiten ver dos elementos. Primero, que Carlos Medinaceli dedicó su trabajo de crítico literario a “restituir” lo que consideraba un cuerpo (literario) ausente, como plantea Mauricio Souza (inédito) para la primera etapa de la crítica literaria en Bolivia, y segundo, que lo hizo no bajo el criterio de reivindicación regional, sino de discernimiento del mérito de lo escrito en medio de la indiferencia generalizada.

“Subieta ha muerto pobre, viejo, cansado. ¿Quién iba a ocuparse de él?”, inicia el texto fúnebre –escrito a los ocho días y no a los dos meses del fallecimiento de Subieta–, señalando que los hombres que “han dedicado todas sus energías y han ofrendado su talento y vida por el florecimiento de la literatura patria, si no son agriamente combatidos (…), son víctimas de la indiferencia general. En torno de ellos se hace el vacío” (La alegría de ayer, 1988: 86).

A continuación Medinaceli recuerda que la producción de Eduardo Subieta (Potosí 1847-Sucre 1915), así como la de otros escritores bolivianos, incluido el propio Medinaceli pese a los esfuerzos que se han realizado por reunirla, “se encuentran dispersas en folletos, diarios, revistas que el tiempo se encargará de destruir. Nadie se ha preocupado en publicarlas en una edición completa y definitiva” (1988: 89). Y añade:

Nos refiere el señor Luis Subieta Sagárnaga que el año pasado, juntos leyeron las preciosas páginas de La señora del pelícano y San Antonio de Padua, madre de dios, y cuánta no sería la amargura del autor al ver ahí quizá los más bellos frutos de su mente reunidos por la mano amiga, en un librito de recortes, maltrecho y deteriorado, sin tener cómo reimprimirlo, ya que no en edición escogida, en más legibles caracteres (90, mi énfasis).

En Medinaceli escoge (1967) están recogidas Melgarejadas. Los voluntarios de Tarata y La edad de las mujeres de Eduardo Subieta; Luis Subieta Sagárnaga publica El sargento Quiroz y el fraile Pórcel en Documentos para la historia (1908) y se tiene noticia de que en el año 2000 se publica Páginas históricas y literarias de Luis Subieta (Diccionario histórico de Bolivia de Barnadas, 2002: 954).

Hay que recordar las vicisitudes que el propio Medinaceli sufrió para publicar su obra, compuesta de artículos dispersos en periódicos y revistas entre 1914 y 1949. Estudios críticos buscó editor por varios años y cuando la editorial Charcas lo publicó en 1938, el texto tenía tantas erratas que el autor prohibió su circulación. La segunda edición recién apareció en 1967.

La educación del gusto estético se concluyó en 1935, pero se publicó en 1941 en la Revista de la Universidad de San Francisco Xavier No. 25 y la primera edición de la gran novela La Chaskañawi (1947) fue producto de un préstamo que la Fundación Simón I. Patiño hizo al autor, quien no recibió ningún ejemplar por esta razón.

Sus demás publicaciones son póstumas. Páginas de vida estaba lista en 1938, pero fue publicada en 1955. Medinaceli preparó pero tampoco vio publicada La prosa novecentista en Bolivia: Antología crítica (1967). El resto de su producción fue compilada y publicada –de manera desordenada, poco cuidada y con escasas referencias cronológicas– por la editorial Los Amigos del Libro: La inactualidad de Alcides Arguedas y otros estudios biográficos (1972), La reivindicación de la cultura americana (1975), Chaupi P’unchaipi Tutayarka / A mediodía anocheció: Literatura y otros temas (1978), El huaralevismo: El fracaso histórico de la enseñanza universitaria (1979) y por Mariano Baptista Gumucio en Atrevámonos a ser bolivianos: Vida y epistolario de Carlos Medinaceli (1979) y La alegría de ayer (1988).

¿Escribe Medinaceli este y otros textos críticos motivado por un afán de valoración regional? En 1930, en El ahistoricismo de un historiador, Medinaceli cuestiona Potosí antiguo y moderno (1928) de quien fuera su profesor, Luis Subieta Sagárnaga, porque “no tiene ojos más que para ver lo potosino con un criterio potosino (…). De ahí proviene su intransigencia y la pequeñez de sus miras” (Estudios críticos, 1967: 86).

Carlos Medinaceli nos enseña con su crítica una manera de mantener vivo el recuerdo de nuestros escritores muertos. Honrar este recuerdo no puede llevar al mal gusto de remover y hacer desfilar sus restos mortales, sino que debe cultivarse mediante la labor de recopilación, publicación y lectura de la producción intelectual boliviana.

Fuente: Letra Siete



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