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Raza de bronce (1919), algunas entradas de lectura



Raza de bronce (1919), algunas entradas de lectura
Por: Cleverth C. Cárdenas Plaza

A 100 años de la publicación de Raza de bronce (1919), de Alcides Arguedas, corresponde dedicarle unas cuantas páginas, no sólo por aquello que representa, una lectura canónica de la literatura boliviana, sino por su capacidad de seguir diciéndonos cosas después de un siglo.

Sin duda, son pocas las novelas que superan el tiempo, los regímenes gubernamentales, las apreciaciones y gustos estéticos y todo tipo de vicisitudes. En ese sentido, me propongo algo un poco más melancólico, un par de ideas que no se tienen presentes cuando se la lee, aunque ya la leímos de muchas maneras.

El propio Alcides Arguedas cuenta que su novela más famosa se publicó intempestivamente, porque tenía que publicarse el año que lo nombraron diplomático y se fue a Francia cuando la novela se imprimió. Lamentó de muchas maneras esa primera edición, porque no contó con su vigilancia en relación a las pruebas de imprenta y a la calidad del texto, hecho que le hizo valorar más la edición posterior, la de 1945, que el autor considera como la definitiva.

Raza de bronce (1919), es la novela boliviana que mejor retrata a su época, no sólo por aquello que pensaban los intelectuales de principios del siglo XX, sino porque revela una forma de vida y de relaciones sociales que, de muchos modos distintos y contradictorios, perviven en los propios usos y costumbres nacionales.

Me refiero al racismo que forma parte constitutiva de la subjetividad nacional. Sorprende recordar, por ejemplo, que los propios agentes de un gobierno que se autodenomina indígena y enarbola y ostenta su defensa, en ciertos momentos se hayan referido a la forma de vida de las poblaciones indígenas despectivamente con frases tristemente célebres como “viven como animalitos”, dichas sin empachos por alguien de cuyo nombre no quiero acordarme, porque rememora las formas de vasallaje y opresión que siguen caracterizando algunas prácticas sociales y culturales.

Sin duda, una buena lectura de Raza de bronce (1919) fue la de mi profesora Rosario Rodríguez que planteaba muchos temas, pero el que mejor me quedó fue el momento en que describía el doble registro de la novela.

Si por un lado, el propio escritor reivindicaba a la novela como una herramienta de defensa de los indios frente a la explotación que sufrían de parte de los hacendados que controlaban las tierras y, para decirlo en términos marxistas, los medios de producción; por otro lado, el registro del narrador es durísimo con su referente, los propios indios.

No está demás recordar la escena en que Agiali y sus amigos pierden a Manuno, el líder del viaje, a consecuencia de una riada que lo arrastró río abajo y el narrador describe la escena diciendo algo parecido a que ellos estaban tristes, no tanto por el amigo, sino por el dinero que se iba con él, revelando una opinión muy personal respecto a la conducta, lealtad y amistad de sus protagonistas.

En cierto sentido, se podría decir que su bien el texto denuncia el maltrato, lo haría por medio de un maltrato discursivo hacia los protagonistas.

Martha Irurozqui, en La armonía de las desigualdades: élites y conflicto de poder en Bolivia 1880-1920 (1984) sugiere que si bien le va mal al indio, en el discurso político-literario de la época, le va peor al cholo.

Cabe preguntarse cómo aparece y qué registro del cholo o del mestizo hay en la novela, ¿cómo se lo puede leer? Queda todavía, como materia pendiente, leer la novela desde esa entrada.

Por otro lado, Mikio Obuchi me comentó cómo la novela tiene un registro visual y pictórico evidente desde las primeras líneas: “El rojo dominaba en el paisaje./ Fulgía el lago como una ascua a los reflejos del sol muriente, y, tintas en rosa, se destacaban las nevadas crestas de la cordillera por detrás de los cerros grises que enmarcan el Titicaca poniendo blanco festón a su cima angulosa y resquebrajada, donde se deshacían los restos de nieve que recientes tormentas acumularon en sus oquedades”.

Y si bien hay referencias a esta entrada de lectura, las mismas todavía son sólo guiños, está pendiente hacer una lectura más en profundidad sobre éste y muchos otros posibles temas.

También advertimos, con los estudiantes del curso de Producción de materiales educativos (2019) que hay una veta muy interesante siguiendo las descripciones de los animales, no sólo la fauna circunlacustre, sino el modo en que se relacionan con los personajes y las prácticas culturales que se desarrollan alrededor. Un caso triste es el del burro que sacrifica el hijo del hacendado para dejarlo como señuelo para la cacería de cóndores.

Resulta bastante interesante explorar nuevas lecturas, no porque hay que dejar la denuncia, sino para hacer visible lo proteico de un texto que nos dejó muchos temas pendientes y posibles.

El propio Arguedas decía sobre su contexto personal de escritura que “ocupó los mejores momentos de una vida, aquéllos en que todo hombre de letras cree que ha nacido para algo muy serio y el escritor de tierras interiores y donde la pluma es lujo que no sustenta, tiene la candidez de imaginarse que puede producir algo que, por lo menos, tenga alguna duración en el tiempo…”.

Fuente: Letra Siete



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