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Camila Urioste: ‘Un fragmento contiene un universo enorme’



Camila Urioste: ‘Un fragmento contiene un universo enorme’
Por: Naira de la Zerda

Los saltos entre dramaturgia, guion, poesía y narrativa son espontáneos en la escritura de Camila Urioste. Encontrar las herramientas precisas para contar una historia —y crear obras que diferentes públicos puedan disfrutar—es lo que le da energía para seguir proponiendo.

La artista paceña —ganadora del Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal 2006 y del Premio Nacional de Novela 2017, entre otros— presentó su más reciente libro de cuentos Cuerpos de Agua, junto a la Editorial 3600.

¿Cómo fue el proceso creativo de este nuevo libro?

Lo que hice fue buscar textos de narrativa que tenía guardados y que se habían quedado sin terminar. El libro reúne textos muy antiguos y muy nuevos. Tengo algunas cosas que he escrito este año y otras que son del 2010, por ejemplo. Hace muchos años, estaba intentando escribir una novela y tenía muchos ensayos. Construía un par de escenas y después no podía seguir. Tenía diálogos sobre cosas que escuché y me habían inspirado, pero luego los dejé ahí. Era un montón de material fragmentado que escribí pensando en que podrían ser, después, algo más grande, pero que no sabía en qué o dónde. Todo comenzó con una revisión.A la par, estaba en un proceso creativo de escritura y con ambos armé el libro. En las revisiones fui encontrando un hilo conductor, que en este caso tiene que ver con el linaje femenino, las madres, las abuelas, que creo que es importante para todos; qué es lo que ellas cargan y lo que una carga de ellas también, como mujer. Con la migración y la identidad, son los temas que encontré como hilados en todos los fragmentos.

¿Cómo fue el proceso de relectura, como escritora?

Siempre he llevado diarios, desde pequeña. Ya entonces me era muy extraño releerme después de muchos años, volver a lo que me pasaba, lo que escribí y cómo pensaba. Cuando puedes volver a ese material, te da una compresión sobre ti misma que es realmente valiosa. Fue una experiencia muy linda. Escribí estos fragmentos pensando en que serían parte de una historia más grande. Cuando los releí me di cuenta de que el fragmento es, en sí mismo, un cuerpo. Indica, da indicios de ese cuerpo más grande que no es necesario mostrar. Un fragmento contiene un universo enorme, lo que me atrae mucho. Un cuento de una página puede resonar, comunicar mucho y dejar que el lector complete los huecos. El fragmento es un elemento importante en la narrativa, permite que el lector se identifique, ya que el texto se queda vibrando luego de que lo leen. Por eso no le doy todo al lector.

Ha recorrido varios géneros literarios ¿qué la motiva ahora a desarrollar la narrativa ?

La palabra narrativa viene de narrar y tengo mucha experiencia en el teatro, que también es una forma de narrar. Contar historias es lo que me mueve, incluso en la poesía. Mi escritura poética no es abstracta, no habla de la belleza pura de la palabra o de una metáfora. En general, siempre cuenta algo.

Lo que descubrí con mi primera novela, Soundtrack, es que la narrativa, puesta en papel —cuando la gente puede comprar el libro y leerlo— es una historia que encuentra un público mayor. En el teatro, uno de mis grandes amores, para que la historia que escribí llegue al público hay un proceso enorme de producción, actuación, gestión, difusión. Es un proceso mucho más complejo, que es muy rico. Pero ahora, en este momento de mi vida, me gusta más la relación directa con el lector, donde yo puedo contar y él, tomarlo sin más intermediarios.

Hay muchos textos de Cuerpos de agua que eran obras de teatro o partes de, que nunca fueron editadas. Adapté obras a narrativa metiéndome en la cabeza de ciertos personajes y describiendo cosas que en el teatro no se podrían ver, que se notan solo a través de un narrador o desde el punto de vista de uno de los personajes, todo guiado por el deseo de mantener esta comunión con el lector de forma un poco más directa.

¿Cómo fue el salto de la novela al cuento?

No siento que fuera un salto realmente, porque hay un universo común. Si bien estos son cuentos, solo lo son por el formato, es decir, textos narrativos breves. Entre los 34 fragmentos hay hilos conductores, temas y personajes recurrentes. Lo entiendo como un libro global. Si sacas uno de los cuentos, probablemente —me gusta pensar así— el libro ya no se sostiene. No es una colección de cuentos diversos sobre temas diferentes. Es un cuerpo, compuesto de partes. Si sacaras uno, o cambiaras de lugar otro —porque la distribución no es arbitraria o al azar— no funcionaría igual, construyen un todo. Soundtrack está construido de una forma similar: son fragmentos que cuentan una historia, con espacios y huecos que no narran todo. Y tiene, claro, ciertos hilos que unen los diferentes fragmentos, como la relación con los hombres o la música. En Cuerpos de agua hay cuentos largos, de hasta 20 páginas, y otros de un párrafo. Pero cada uno tiene un lugar, una razón de ser, que lo une al anterior y al que viene después. Y la última narración es una conclusión para todos, que cierra el libro.

Construyen, así, un universo común, que tiene ecos de Soundtrack. Será porque no tengo la capacidad de ponerle otro nombre a mis personajes que no sea Alicia, entonces…(ríe) Así como en la novela los personajes se llaman Alicia y Martín, en los cuentos estos nombres también están presentes. Eso sí, no son los mismos personajes, pero ya con los nombres hay un eco, que hace referencia a ese mundo.

¿Cuáles son los proyectos futuros?

Tengo un libro de poesía que terminé y estoy revisando. Aún no lo quiero lanzar al mundo, lo tengo incubando. Quiero volver al teatro, estoy trabajando una obra que se llama El viaje de Telémaco, con el colectivo Escenicogiroscopio, junto a Daniel Aguirre. Tengo una idea para una novela también, pero no tengo prisa, después le daré más tiempo. Y las ganas de escribir un guion también siguen ahí, porque creo que es un buen momento para el cine boliviano. Es otro universo, una forma diferente de contar que tiene otro tipo de repercusión. Lo esencial es narrar las historias y llegar a un público que las pueda disfrutar, que pueda vibrar con ellas. Explorar me permite conectarme con diferentes tipos de personas.

‘VENEZUELA’
Cuento extraído del libro ‘Cuerpos de agua’ (2019, editorial 3600)
Camila Urioste

Mi madre desconfía de los venezolanos. Desconfía de cualquiera que se acerque para pedirle algo. Cuando viajamos en flota a Sucre para visitar a mi abuela, siempre se suben dos personas para pedir dinero: una mujer avejentada y un manco. La mujer avejentada pide dinero con voz cantada en un tono monótono. Mi hijo de diez años está enfeeeermo, dice. Dios se lo va a agaaaaar. Dios se lo va a multiplicar el doooooble. El manco es un hombre de como cincuenta años, alto, forzudo, con un ojo completamente blanco. El manco habla como locutor de radio, con una voz potente pero suave, en un ritmo fluido y lleno de aire. Es como si la voz firme del manco, su enunciación perfecta, pudieran compensar la falta de manos; como si pudiera vestirse en las mañanas usando la potencia de su voz articulada.

Cuando uno no tiene manos, dice, ni vestirse en la mañana se puede, la familia se aleja de la persona, el individuo ni llevarse una cuchara a la boca hay caso, se sufre, el accidente bastante fuerte que tuve hace unos años, ahora estoy así, cambia la vida, ni trabajar se puede, ni valerse por uno mismo, los amigos se alejan, tal vez lo más importante que uno tiene lo ha perdido, la familia se aleja, sucede, que tengan feliz viaje, dios mediante lleguen con bien a la ciudad de Sucre, gracias.

El hombre viste siempre un chaleco de tela con gigantescos bolsillos en los que puedes meter una moneda. Porque no tiene cómo recibir una moneda en sus manos fantasmas. Una vez metí una moneda en ese chaleco sin que viera mi mamá. Hizo un sonido agudo al chocar con las demás monedas, y el señor me guiñó el ojo normal, atravesándome con el ojo blanco.

Mi madre desconfía de la señora avejentada porque no parece madre de un niño de diez años. Además, nosotras viajamos seguido, desde hace tres años, a ver a mi abuela en Sucre, y el hijo enfermo tiene siempre la misma edad. Yo ya he cumplido trece y el niño sigue teniendo diez. Desconfía del manco sin saber bien por qué. Tal vez es la voz, demasiado articulada para un hombre sin manos.

Lo mismo pasa con los venezolanos. El otro día se nos acercó una mujer vendiendo manillas, una mujer que nos abordó diciendo: soy venezolana, vendo manillas. Mi madre le sonrió y me alejó de la mano. Igual cuando un joven que desde hace meses se para en una esquina de San Miguel nos canta: postres venezolanos, a la orden, postres venezolanos, exquisitos postres, a la orden.

No sabe bien por qué lo hace, pero yo sí. No cree que son verdaderos venezolanos. Cree que son cubanos o portorriqueños haciéndose pasar por venezolanos. Si tuviera certeza de que son venezolanos, tal vez les compraría algo. Porque ella vivió en Venezuela y siente el dolor del pueblo venezolano como suyo.Pero no.

Una vez se nos acercó una señora a ofrecernos dinero venezolano a cambio de una moneda. No era un cambio de divisas lo que proponía, sino vendernos como reliquia el dinero venezolano a cambio de lo que quisiéramos darle por él. Mi madre se alejó como siempre, jalándome de la mano. Ya tengo trece años, no soy un niño, puedo seguirla sin que me jale. Pero no quiero lastimarla. Así que me dejo. Yo la entiendo. Cualquiera puede poseer dinero venezolano, después de todo. El hecho de estar en posesión de dinero venezolano no te hace venezolano. Yo tengo una colección de monedas del mundo, podría hacerme pasar por chino o colombiano si eso bastara.

Sin embargo, yo hubiera querido tener un billete venezolano, para mi colección. Yo creo que pedir no es nada agradable, y que si alguien pide en la calle es por algo. No creo que alguien lo haría por molestar, o por aprovecharse, o por la oportunidad de hacerse pasar por manco o por venezolano.

Yo creo que trece años es mucha edad para seguir andando de la mano de mi mamá.

Fuente: Tendencias



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