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Arguedas, Raza de bronce y Pueblo enfermo



Arguedas, Raza de bronce y Pueblo enfermo
Por: J. Nelson Antezana R.

Existen guarismos que parecen marcar el destino de algunas personas. Al parecer el número nueve fue determinante en la vida de uno de nuestros más importantes escritores nacionales. Alcides Arguedas nació en julio de 1879 (hace exactamente 140 años y en plena Guerra del Pacífico); en 1909 publicó su polémico libro Pueblo enfermo y 10 años después en 1919, su mejor novela: Raza de bronce, de la cual se cumplen cien años.

De toda la producción arguediana estas dos obras son lo más rescatable porque han logrado sobrevivir en el tiempo, que es la prueba de fuego para todo aquel que se dedica a escribir. Raza de bronce es la primera novela del género indigenista que aparece en 1919, todas las demás de este género, y esto hay que subrayarlo, fueron posteriores a la novela de Arguedas: El mundo es ancho y ajeno, del peruano Ciro Alegría (1941); Huasipungo, del ecuatoriano Jorge Icaza (1934); La vorágine, del colombiano Eustasio Rivera (1924) y otras de cuyo nombre no quiero acordarme.

Todas ellas siguieron el surco abierto por Raza de bronce que denuncia (y no lo contario), el abuso y la explotación de la raza indígena por parte de mestizos y blancoides en las haciendas del altiplano. A través del viaje de Agiali y Manuno desde las tierras circunlacustres hasta la región que hoy conocemos comúnmente como Río Abajo, va describiendo el sufrimiento de la raza aymara, intercalando estos capítulos con los que describen el abuso que sufre Wata Wara, la prometida de Agiali, por parte del hacendado Pantoja para finalizar en el levantamiento del pueblo aymara cansado de la brutalidad y la estupidez de sus patrones.

Obra de madurez escrita cuando Arguedas tenía 40 años de edad (aunque en esta época en la que domina la absurda infantilización de la madurez y la vejez, se podría decir que una persona de 40 está casi empezando a vivir), Raza de bronce ya revela un dominio de la técnica narrativa y de la novela en particular, superior a otros escritores contemporáneos de Arguedas. Eso es lo que la hace rescatable y trascendente en el tiempo.

Con respecto a Pueblo enfermo se puede decir que ha sido desde su aparición en 1909 una mentada de madre para los bolivianos, tal como lo fue El laberinto de la soledad de Octavio Paz para los mexicanos, aunque el ensayo de Paz tiene más un sentido filosófico y un cuestionamiento universalista sobre el rol y sobre la razón de ser de los mexicanos en el universo mundo.

Mientras que el ensayo arguediano es una amarga introspección que obedece, según sus obtusos detractores altoperuanos, al determinismo geográfico, al positivismo social del XIX o es una imitación de los escritores españoles de la generación del 98. Sea como fuere, las páginas de Pueblo enfermo reflejan una sinceridad descarnada, lo que motivó que los críticos de todos los tiempos tildarán a Arguedas de pesimista, epíteto que no hace más que confirmar lo que Arguedas afirmó muchas veces: “En Bolivia todo es grande, menos el hombre”.

Pero por más que los bolivianos intentemos enterrar en lo más recóndito de nuestro ser todo lo que se dice de nosotros en Pueblo enfermo, es un fantasma que surge cada vez que los avatares de nuestra historia nos hacen ver el ethos de la bolivianidad que llevamos en nuestro interior, nos acordamos de las dolorosas verdades que quedaron grabadas a fuego en los anales de nuestra literatura.

En la “advertencia” que a manera de prólogo de la edición de 1936, Arguedas transcribe la carta enviada por José Enrique Rodó en 1909, el escritor uruguayo le dice: “Los males que usted señala con tan valiente sinceridad y tan firme razonamiento, no son exclusivos de Bolivia; son, en su mayor parte, y en más o menos grado, males hispanoamericanos: y hemos de considerarlos como transitorios y luchar contra ellos animados por la esperanza y la fe en el porvenir. Usted titula su libro: Pueblo enfermo. Yo lo titularía Pueblo niño. Es concepto más amplio y justo quizás, y no excluye, sino que, en cierto modo, incluye al otro; porque la primera infancia tiene enfermedades propias y peculiares, cuyo más eficaz remedio radica en la propia fuerza de la vida, nueva y pujante, para saltar sobre los obstáculos que se oponen”.

El país, y toda América hispana se acercan al bicentenario de la independencia y no se puede decir que sigan siendo naciones o pueblos “niños”. Sin embargo, los males señalados por Arguedas siguen estando presentes, aunque cubiertos por un barniz de modernidad. En el fondo, tal vez nada ha cambiado

Además de las dos obras mencionadas aquí, es importante destacar que Arguedas sostuvo correspondencia con varios presidentes de Bolivia, esas cartas fueron reunidas en un volumen por Don Mariano Baptista Gumucio en 1979. Durante algo más de 20 años, Arguedas hizo conocer su criterio sobre los asuntos del país a los presidentes Bautista Saavedra, Hernando Siles, Daniel Salamanca, José Luis Tejada Sorzano, David Toro, Germán Busch y Carlos Quintanilla.

En estas cartas se trasluce la preocupación de Arguedas por la marcha de los asuntos públicos del país; se refleja, quizá, la ingenua posición moralista del hombre de letras que concebía la política como la moral en acción. Todas las sugerencias que hizo a los presidentes cayeron en saco roto porque sus destinatarios no estaban a la altura del remitente. Sin embargo, algunos de ellos se tomaron la molestia y delicadeza de responder a las preocupaciones de Arguedas, como una muestra de civilidad.

Pero la reacción brutal vino de uno de los presidentes en los que ha confluido de manera trágica la ignorancia y la incultura junto a un temperamento irascible, fue Germán Busch quien lo hizo llamar al insigne escritor y envejecido caballero, para reclamarle torpemente por las cartas enviadas y terminar golpeándolo en el despacho presidencial, en agosto de 1938.

Esa correspondencia se cierra con la carta enviada al presidente Carlos Quintanilla en los últimos años de la vida del escritor. Ningún otro de nuestros intelectuales ha enviado misivas a los gobernantes del país para hacer conocer sus inquietudes sobre la marcha del país.

Personalmente, puedo decir que la obra de Alcides Arguedas ha marcado buena parte de mi formación intelectual. Me acerqué a los libros del escritor paceño a muy temprana edad; he debido leer Pueblo enfermo por lo menos tres veces, lo expuse en el colegio y también en la universidad varias otras. Con el paso del tiempo volví a leer la obra arguediana con una actitud más crítica. Sin embargo, creo que hoy más que nunca su pensamiento vuelve a cobrar actualidad.

Fuente: Letra Siete



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