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“Los vivos y los muertos”: una fotografía mutilada



“Los vivos y los muertos”: una fotografía mutilada
Por: G. Munckel

¿Cómo conviven los vivos con los muertos? ¿Cómo siguen viviendo frente a los huecos que dejan quienes les fueron arrebatados?

Los vivos y los muertos, más que una novela policíaca, más que una coming-of-age, incluso más que una novela sobre la vida secreta de los adolescentes, es una historia sobre la pérdida y la ausencia.

El libro está escrito como una novela coral —un recurso que Edmundo Paz Soldán ya usó antes, por ejemplo en El delirio de Turing, y que usará después, en Los días de la peste—. Esta estructura nos permite convivir con sus diferentes personajes y nos da acceso a su intimidad, a sus vidas secretas. Escuchamos sus propias voces hablándonos sobre cómo perciben a los otros, a las cosas que los rodean, a sí mismos; los escuchamos hablando sobre sus problemas y sus deseos —incluso los más secretos—. Podemos encariñarnos con unos y temer a otros. Y cuando alguno de ellos nos es arrebatado, compartimos el dolor de los que quedan vivos.

Pero esta novela nos ofrece también otras cosas. Nos permite entrar en la cabeza de un asesino, conocerlo de cerca y observar cómo se mueven y cómo funcionan los engranajes secretos de su mente. También nos permite conocer el mundo íntimo de los adolescentes, ése que la sociedad ha invisibilizado y convertido en tabú, que el cine y la televisión no siempre pueden mostrar debido al pudor y la censura.

Los vivos y los muertos es, en cierto modo, una historia de fantasmas. Los muertos siguen habitando entre los vivos. A veces los ven ahí, los sienten, los escuchan. Hay un accidente automovilístico en el primer capítulo, hay un primer muerto. Pero no se va. Los fantasmas, muchas veces, son recuerdos. Tim ha muerto, sí, pero Jem, su hermano gemelo, lo sigue viendo a su lado. Y los otros, sus amigos, siguen viendo al muerto en el vivo. ¿Y cómo no hacerlo? No sólo eran iguales, sino que a veces uno tomaba el lugar del otro.

Los fantasmas son siempre personales y duelen de maneras únicas. No importa que sean los fantasmas colectivos de una escuela o de toda una ciudad; el dolor —y lo que hacemos con el dolor— es siempre una cuestión personal.

Un fantasma es una ausencia, una presencia en negativo. Como una fotografía grupal de la que recortaron una figura, una de las personas que la componen. Y cada vez que se mira esa imagen, los ojos se dirigen al hueco, a lo que no está. La ausencia se convierte en protagonista.

¿Pero qué pasa si a la fotografía se le recorta otra figura, y luego otra, y otra más? Los ojos ahora van saltando de un hueco a otro, viendo lo que ocurre con las figuras que quedaron más cerca de los vacíos. ¿Y qué pasa cuando la fotografía está llena de huecos? ¿En qué se convierte?

Esta novela es esa fotografía mutilada. Una imagen llena de figuras que faltan y figuras que quedan existiendo entre los huecos.

Fuente: Lecturas



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