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Pensá como blanco y hablá en serio



Pensá como blanco y hablá en serio
Por: Saúl Montaño

Pensá como blanco y hablá en serio!”, transcribe Óscar esta frase poderosa como el olor a pies que parece definir al libro; tomada de una película de Hollywood, actúa como ese espejo extranjero pero también propio en el que su autor repiensa su condición de no blanco en Bolivia. Es a través de esta frase importada que Martínez encuentra angustia, consuelo, cobijo en su identidad de llokalla jailón.

“A los trece años tenía la impronta de una vida desorientada, sin padre y con una madre ausente por dieciocho horas al día. A los quince, la policía me fue a buscar al colegio por intentar robarle la mochila a unos chiquillos de diez años y darles un piedrazo en la cabeza. A los diecisiete, formaba parte de un nuevo grupo de raleados sociales, es decir, un grupo de raros a los que nadie les hablaba”, nos relata Óscar. Crónica a crónica vamos conociendo a este llokalla jailón:… enamorado de La Paz. Y del amor fríamente correspondido. Sabe observar la ciudad, le conoce los detalles que solo un llokalla entiende que están ahí, nos ofrece el testimonio de aquel que odia y ama a su ciudad, aquel que se ha criado allí y espera, en la soledad del frío, dormir fatalmente en la gradita de cemento de un edificio del Estado: ebrio, colocado, vivo o muerto, queriendo como siempre evitar lo inevitable. Este llokalla es generoso en las descripciones y ésa su fortaleza. ¿Es también su debilidad?

El llokalla jailón:

…es pobre, es su familia, los primos con los que duerme amontonados en una habitación que debe abandonar temprano en la mañana porque huele a pies, y porque hay un tío borracho dormitando entre las camas, ese llokalla jailón es aquel que una mañana desayuna pan con café y otra descubre el sexo, que habita en la entrepierna de su tía, un animal peludo y sin colmillos.

El llokalla jailón:

…ha perdido para siempre el idioma de sus padres, el quechua, y ese “se fue” es tristemente para siempre.

El llokalla jailón:

…estudió en una escuela fiscal, integró un grupo de antisociales con los que robaba soñando con ganar el concurso de hip hop del programa Sábados Populares, celebra sus borracheras, estuvo en Alcohólicos Anónimos, estudió de manera accidental psicología y encontró su vocación mientras vendía comida en la calle y hacía de mesero durante las noches en bares cutres; el llokalla ha encontrado un trabajo que le permite construirse una vida pequeñoburguesa con aventuras de jornada laboral, el llokalla paga por sexo, el llokalla estudió antropología y gusta de la literatura, porque…

El llokalla jailón también escribe:

…¿encuentra su impulso en el complejo? ¿Es su venganza personal la escritura? La prosa con la que relata los hechos no es pretenciosa, es testimonial, anecdótica, casi escudada en la oralidad, cede a los caprichos de la memoria, se detiene ahí donde sospecha que están las aristas que lo constituyen: el dolor, la muerte, la fiesta, la amistad, el amor, las cicatrices. Su vida con falta de norte es en apariencia también la característica del libro, como si dijera, más o menos, esto tengo para decir, así lo digo, esto traigo, esta mi vida, ahí voy a cortar nomás, papito, mientras nosotros sospechamos que en realidad necesita escucharse antes de ser escuchado; aunque la gracia está ahí, en el relato del familiar borracho que nos cuenta sus anécdotas y al que atendemos porque tiene cosas para decir y talento para decirlas, antes de quedarse dormido en la calle y con pis en los pantalones.

No existen los finales sorpresas en Crónicas del llokalla jailón, el drama no desgarra vestiduras, no explora con obsesión donde comenzó el dolor, sino se asume desde la trinchera de la burlesca resignación, así es como Martínez asume su condición de moreno, indio, andino; su no-lugar, su clase en una ciudad racista y clasista que le ha exhibido durante toda su vida como en un escaparate esa ilusión de las mejores cosas que el llokalla vanamente desea.

El llokalla jailón ha aprendido, ha tropezado, ha caído, se ha levantado, no ha sido fácil. ¿Encuentra en la escritura una herramienta para ingresar al otro lado del escaparate donde siempre ocurrieron las cosas que deseó? ¿Es la construcción de la mitificación personal a través de la cultura un paso para abandonar ese lugar del que reniega, celebra, recuerda, proviene, para luego ingresar al escaparate que lo muestra distinto pero, al fin y al cabo, será ese otro lado del escaparate el deseado? No hay respuestas sencillas a estas preguntas, lo que hay es literatura.

Fuente: Tendencias



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