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Santiago Blanco, investigador privado



Santiago Blanco, investigador privado
Por: Virginia Ayllón

Santiago Blanco, el investigador creado por Gonzalo Lema comparte varios rasgos con otros investigadores ficticios, pero, a la vez, encarna un tipo muy boliviano de investigador y, más aún, un nuevo tipo de boliviano. La saga de Blanco se inicia en Un hombre sentimental (1991), continua con Dime contra quién disparo (2004), Fue por tu amor, María (2010), La reina del café y otros cuentos policiales (2014) y, Que te vaya como mereces (2017).

Como Blanco, desde Hércules Poirot (de Agatha Christie), pasando por Philip Marlowe (de Raymond Chandler) y llegando a Mario Conde (de Leonardo Padura), todos han tenido una relación institucional con la Policía (e incluso Pepe Carvalho, de Manuel Vázquez Montalbán, por su paso por la CIA) antes de convertirse en investigadores privados. En cambio, Salvo Montalbano (de Andrea Camillieri) trabaja como comisario policial y hay otros investigadores amateurs, sin relación alguna con la institución policial, como Miss Jane Marple (también de Agatha Christie) e incluso Isidro Parodi (de Honorio Bustos Domecq, a la vez creado por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares).

Esto marca la relación de estos investigadores más que con la institución, con policías concretos, como el caso de Marlowe, quien afirmaba que los policías no lo apreciaban mucho. Blanco, por su parte, mantiene contactos y amistades policiales, tanto así que su último caso se inicia con la solicitud de resolución de un caso, proveniente, precisamente, de un antiguo camarada.

El también abogado Salvo Montalbano es amante de la lectura (lee, por ejemplo, a su compatriota Leonardo Sciascia, autor de novelas policiales sobre la mafia), y Marlowe ama la poesía. Pero la relación de Blanco con la literatura es más cercana a Carvalho porque ambos desechan sus lecturas. Evidentemente, mientras son famosas las quemas de sus libros por parte de Carvalho, Blanco convierte en papel higiénico los suplementos literarios que lee.

Pero, sin duda, es el amor a la gastronomía lo que une a Blanco con otros investigadores. Si bien no todos los escritores de novela negra dotan de placeres pantagruélicos a sus investigadores, quienes lo hacen despliegan el detalle hasta el extremo de casi crear una subliteratura gastronómica. El caso más notorio es, por supuesto, Pepe Carvalho, cuyos gustos han dado lugar al volumen Las recetas de Carvalho (1989). Pero Montalbano no se queda atrás con su preciada cocina mediterránea, o “el Conde” y su exquisita cocina cubana de mano de la Jose, y no se queda atrás Poirot, para quien la buena comida era también motivo de sus investigaciones, a contrapelo de la irónica y escueta Miss Marple de quien sólo se la aprecia preparando un licor de cerezas, siguiendo una receta de su abuela. Escuetas también resultan las referencias al gusto por el whisky de Marlowe y el mate “en jarrito celeste” de Parodi. En cambio, el placer del cigarrillo está tanto en el mismo Parodi, como en Conde y Poirot. En este panorama, Blanco es el sibarita criollo cochabambino.

Siguiendo su biografía, se puede rearmar el mundo gastronómico de Blanco. Ciertamente, nacido en Punata, fue criado por su tía July, a la sazón panadera y chicharronera del pueblo, lo que permite advertir que el gusto por la comida criolla lo acompañó “desde siempre”. Por otra parte, su gusto por los bocadillos callejeros rápidos, posiblemente delatan su paso por la Policía porque empleados públicos como son, los policías son practicantes asiduos de la comida rápida a media jornada matutina o vespertina. De ahí viene posiblemente su gusto por el rápido sándwich de huevo con chorrellana, o las empanadas, sean las salteñas o las tucumanas (que nada tienen que ver, ya sabemos con Salta o Tucumán), acompañadas de los refrescos “hervidos”, particularmente el de linaza (saludable como el que más).

En cambio, para el almuerzo, y muy a tono con el ritmo cochabambino, Blanco prefiere la comida del comedor popular del mercado: la sopa de maní con carne gorda y fideo macarrón; la espesa lawa de choclo con ají colorado, los nudos de cordero en tomatada y, por supuesto el muy cochabambino silpancho. Tal vez el detalle que Lema pone en la degustación del silpancho componga las mejores páginas que ha escrito, deteniéndose cuanto sea posible cuando Blanco arremete con la yema de huevo. Choclo, riñones, mote, humintas, pichones, conejo y más están entre las preferencias de Blanco o, para ser más exactas, la resolución de cualquier caso implica reflexionar con estas delicias en la boca, incluido el buen café, por supuesto. No es cierto, la buena cerveza debimos decir. Y es que si algo despierta su espíritu de detective es la cerveza y llama la atención que no sea la chicha la que prefiera Blanco, quien investiga en Cochabamba, capital de la chicha. Y es que, como bien dicen varios críticos, Blanco es el investigador cholo. Encarna Blanco al criollo que habiendo “sobrepasado” su impronta indígena, se ha asimilado a la ciudad, fracasando en su intento de ser abogado, para luego enrolarse en un oficio (policía) casi exclusivamente destinado a este fin, e incluso casándose por una semana con la falsa rubia Marilú. Más aún, su destino posterior también está marcado por lugares y oficios que rondan con la marginalidad (portero de un edificio más bien parecido a un conventillo, mujeriego, y enamorado de una exprostituta).

Pero al igual que varios de los otros investigadores (por ejemplo, el fracasado escritor y estudiante de psicología Mario Conde), si algo resalta en Blanco es su rechazo a la corrupción y su intuitivo sentido de una sociedad injusta. Su conocimiento de las bajas pasiones por su relación con policías, corruptos y delincuentes, le permite a Blanco percibir certeramente a las víctimas y a los delincuentes. Tal vez su cercanía a estos mundos lo hagan un hombre sentimental y básicamente triste, como varios de sus colegas ficticios. También dudoso, especialmente cuando de amores se trata, o de otro tipo de vida. Pero será la comida, otra vez, la que le permita resolver otro caso, esta vez la de su vida misma; Villazón no sólo es la promesa de una vida familiar con su amada Gladis, sino es también la promesa del sábalo frito.

Y es que como Manuel Vázquez Montalbán afirmaba en el prólogo a la 1ª edición de Las recetas de Carvalho: “Cocinar es una metáfora de la cultura (…) Carvalho es gastronómicamente ecléctico. He aquí su única connotación posmoderna”.

Precisamente Cocina ecléctica es el título de un recetario que Juana Manuela Gorriti publicó en 1890, con recetas como la Sopa teóloga, Helado de café o Chicha de jora de Clorinda Matto de Turner; la Salsa de tomates, de Natalia Palacios; el Estofado de corvina, Ensalada de paltas y Helado de sangría, de Mercedes Cabello de Carbonera; las Humintas, de Edelmira Belzu de Córdova; y el Conejo a la suma warmi, de Adela Zamudio, quien decía que “la bebida obligada a este plato, es la chispeante chicha cochabambina, que con delicia liban propios y extraños”.

Quién sabe si alguna vez Blanco conoció alguna reseña de esta Cocina ecléctica en los suplementos literarios que leía y, si lo hizo, seguro que la tal reseña fue usada ¡como papel higiénico!

Fuente: Letra Siete



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