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El pensamiento boliviano bajo la sombra del olvido



El pensamiento boliviano bajo la sombra del olvido
Por: Manuel Suárez Ávila

Freddy Zárate nos ha escrito un libro que es realmente valioso por tres razones. La primera porque su perspectiva tiene la audacia –y el acierto– de concebir el pensamiento boliviano como un todo. Como un conjunto y hasta como un sistema. Y entonces, Zárate nos presenta una noticia que es buena: hay y hubo un pensamiento –o mejor un reflexionar– boliviano.

De este modo, veremos en las páginas de Zárate cómo se van entrelazando unos pensadores con otros y unas corrientes de pensamiento con otras, tal y como si éstas cosas fueran partes orgánicas de un cuerpo vivo. Tal y como si fueran piezas y notas de una gran sinfonía histórica que aún está en plena ejecución.

Eso no sólo es una perspectiva interesante –y clásica– sobre el devenir humano y sus actividades, es –también– un modo claro y didáctico de entender y explicar los aconteceres de la vida y en este caso, de la reflexión, de la literatura, del arte y en fin, de lo que nos hace humanos.

La segunda razón de valía en el texto de Freddy Zárate, es su capacidad de abarcar y de hacer que su visión del todo, no reduzca, sino al contrario: que amplíe. En efecto, en su visión del pensamiento boliviano como unidad y como un todo vivo, Zárate convoca al ensayo, a la poesía, al teatro, a la novela, al artículo, e incluso, a la pintura. De este modo lo que se tiene con la obra es un panorama generoso del quehacer intelectual boliviano en un periodo extenso.

Y así, es posible encontrar a través del texto un desarrollo de lo intelectual con un escenario de patio, de mercado o de plaza pública central: patio, plaza o mercado, donde llegan los pensadores a relacionarse y a decir cosas: cada uno con su pluma, sus papeles, sus técnicas, sus complejos, sus miserias, sus vanidades, sus ambiciones, sus frustraciones, sus visiones, sus glorias y en fin.

Hay momentos en que vas leyendo el interesante texto de Zárate y no puedes evitar el ir imaginando a las figuras de tan variados pensadores bolivianos con sus maletitas en la mano y con sus pintas de cansados llegando al patio; llegan y con orden o en desorden, ignorados o reconocidos, van descargando sus equipajes curiosos y van poniendo lo que saben, lo que escriben o lo que pintan sobre una gran mesa de tipo familiar.

En ese patio se relacionan, muestran, contrastan lo que han hecho con sus artes y pensares, allí descansan y charlan, pero más que nada, allí evidencian sus miserias y sus luces.

Y algo seguro: ellos y entre ellos, se toman en serio. Y los que pueden, esos que alzaron vuelo aunque sea de perdices, van fantaseado y proponiendo al vecino –y tantas veces a sí mismos en soledad– sus inventos sus ensayos y sus letras para que tales cosas sean las notas que inspiran a la sociedad. Cada uno desde su género y estilo y sobre los más diversos temas: sexo, política, poder, paisaje, mitos, viajes, literatura, filosofía, identidad, moral, amores y vaya uno a saber.

Pero ojo, en la obra de Zárate, toda esta variedad tan amplia de tintas, temas y colores, acontece en una sola plaza central. Y se comprende en esa su peculiar locación. Eso sí, aquella plaza donde ocurre lo intelectual, en la visión de Zárate, tiene tiempo y lugar. No es infinita. Su lugar es este sitio que desde hace rato vamos llamando Bolivia y particularmente, La Paz. Y su tiempo es el siglo XX. Especialmente, los años largos que preceden a la Guerra del Chaco, hasta los años –aún más largos– en los que se prolongan las consecuencias de esa Guerra. O sea, con Zárate veremos aconteceres de lo intelectual boliviano o paceño, en lo que va desde principios del XX hasta hoy, con énfasis –no casual– en lo que va de principios del XX, hasta la Revolución. La del 52, se entiende.

Pero ¿por qué Zárate pone énfasis en este particular periodo de tiempo? Porque en su obra está subyacente una hipótesis: la Revolución del 52 y la hegemonía Nacional Popular que nace con esta Revolución (y que dura hasta hoy) opacó a todo lo que no estaba del lado de la Revolución, a todo lo que no estaba del lado de las ideas movimientistas, nacionalistas y revolucionarias, opacó a todo y a todos, los que no compartían y difundían las creencias de esa onda y opacó a todo y a todos los que no se ajustaban a la estrategia de dominación propia del sistema Nacional Popular.

Y así, Zárate se convierte en una especie de reivindicador. No tanto del pensamiento o los contenidos específicos de quienes han pensado contra la hegemonía Nacional Popular, ya que Zárate no reivindica una tesis alternativa o contraria al nacionalismo revolucionario, sino, sobre todo, en reivindicador generoso –como un bibliotecario que desempolva con ternura y aguda habilidad los libros perdidos en las estanterías– de los trabajos intelectuales de calidad que fueron enterrados o simplemente olvidados por la tal hegemonía Nacional Popular.

Ahora bien, es cierto que todo ello en algún momento, lleva a nuestro autor a ser descreído y distante con la producción intelectual y con los contenidos y tesis que amenizaban y creaban lo Nacional Popular. E incluso Zárate va más allá y muestra un tono de cierto reproche con algunas de las derivaciones contemporáneas del pensamiento mítico boliviano, tipo de pensar que ciertamente ha encontrado siempre tanta cuerda y comodidad en la tradición Nacional Popular.

En efecto, Zárate es especialmente crítico con alguna literatura contemporánea y actual, dedicada a enaltecer mitos y a descreer en el saber empírico y científico. Ese es el caso de la crítica que hace nuestro autor a la mitología en torno a los saberes secretos y populares de la bohemia nocturna y barrio bajera paceña.

Finalmente, el valor de la obra de Zárate es que está bien escrita. Lo cual se agradece como lector. Esta puesta en un lenguaje correcto, en un código sobrio, sencillo y fluido, está puesta en palabras, frases y párrafos que carecen de contaminaciones tontas: no tienen las consabidas contaminaciones moralistas, estilísticas y más que nada, no tienen la contaminación asquerosa del estilismo academicista y del intelectualismo como pose, que tanto boliviano suele utilizar para envolver sus escritos y sus dichos, a fin de que suenen más inteligentes y sofisticados. Nada de eso. Zárate escribe para ser bien leído y no para ganar lucimiento infantil o de pavo real. En su pluma hay cierta elegancia limpia. Y eso es bueno.

El de Zárate, es un texto a leer.

Fuente: Letra Siete



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