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Padres setenteros en dos novelas: 98 segundos sin sombra y El sonido de la H



Padres setenteros en dos novelas: 98 segundos sin sombra y El sonido de la H
Por: Virginia Ayllón

Casi simultáneamente, las jóvenes novelistas bolivianas Magela Baudoin y Giovanna Rivero publicaron El sonido de la H (2014), la primera, y 98 segundos sin sombra (2016), la segunda. Varias cosas se pueden decir de estas novelas, desde su trama, sus personajes y, por supuesto, la estrategia escritural de cada una.

Sin embargo, mi lectura se ha detenido en un aspecto poco visitado por la novelística contemporánea en Bolivia: la identidad de los padres setenteros, o aquellos militantes de la izquierda de los 60 hasta los 80. Y me estoy refiriendo a su calidad de padres y no a sus actividades revolucionarias, a las que sí la narrativa ha prestado atención.

No es raro, pues, que sean dos novelistas mujeres quienes den la vuelta a estos “héroes” para escudriñar en la cara oculta; es decir la privada, de estas figuras políticas. No es raro tampoco que sean las hijas quienes retraten a estos padres, o más bien, la percepción que tienen estas hijas de esos seres de los que han oído decir que son paladines de la justicia, valientes quijotes y luchadores por nobles causas.

De ahí, las personajes hijas son el centro de estas dos novelas. Y no son personajes que tienen a sus padres como antagonistas; todo lo contrario, son hijas que sufren a esos padres, mediados por las madres, una más sumisa que la otra, pero con la nota común de vivir la vida que han planteado sus maridos, los padres. Por eso, en la de Baudoin, este personaje es Papá y en la de Rivero este personaje es Padre, ambos con mayúscula inicial.

Algo llamativo es que, en ambas novelas, estos padres se organizan a través de su lenguaje, o más bien en la nostalgia izquierdista hecha lenguaje. Resultan hasta hilarantes los pasajes en que los padres recurren a fórmulas más bien parecidas a estrategias “evangelizadoras” y “catequizadoras”, como en la novela de Baudoin o, como en la novela de Rivero, como recursos “social-comunista, ruso-proletario o zurdo-antiimperialista” para “adoctrinar” a sus vástagos.

Pero este expediente lingüístico es la vía, precisamente, para crear unas relaciones que ni siquiera pueden ser intergeneracionales porque enlazan más que a dos mundos, a dos tiempos distintos: aquél donde se quedaron los padres y éste en el que viven las hijas. Presionadas constantemente por “ese tipo de mensaje izquierdista que ya he aprendido a leerle: qué sabés vos, pendejita, primero aprendé a limpiarte el culo” (Rivero), o “con su mirada cáustica nos educaba, igual que a los perros. Era como si ordenara: ¡silencio!, y tú debías quedarte muda, sin respirar” (Baudoin).

Ese puro autoritarismo, sin embargo, se mezcla con un chantaje producto de un sentimiento de culpa que impone ese padre a su familia: “Papá nos restregaba una excusa honorable: ¡la democracia!, ¡la revolución!, ¡el pueblo! (…) la misma canción repetida eternamente, tan vacía como la de los niños con hambre en el mundo y la vergüenza que debía darnos no comer todo lo que teníamos sobre el plato” (Baudoin).

Así, el mundo real pasaba por el filtro del lenguaje del padre setentero: la terapia psicológica era un “lujo pequeño burgués”, y que los hombres lloren una “mariconada entreguista”, y el café el lugar para “arreglar el mundo, la política internacional, las ofensas a la soberanía y la decadencia de la izquierda” (Rivero).

Puro hablamiento, dice la hija de este Padre y la hija de Papá no entiende porqué “su idea de cambiar el mundo no nos incluía a nosotras (…). Qué se necesitaba para ser de ese ‘pueblo’ al que siempre se refería Papá con tanta reverencia. Porque yo sentía que todos eran más ‘pueblo’ que nosotras”.

Porque si una imagen provee ese padre a sus hijas es la de un extraterrestre, un desconocido que vive en otro lugar y en otro tiempo: “Los extraterrestres se portan igual que los comunistas: melancólicos, silenciosos, nostálgicos, contradictorios, como Padre” (Rivero).

Estos padres setenteros se han quedado literalmente congelados en un tiempo del que lo único que les queda es la nostalgia, operada por el lenguaje. De ahí que a estos padres les fascinen los “testimonios” y la música setentera, que oyen con tristeza, “Padre usa la palabra ‘fidelidad’ para hablar de sí mismo, de su inagotable tristeza trotskista y cómo dejó el alma en el lugar equivocado, en la selva equivocada y aun así no se ‘quiebra’” (Rivero).

Contradictorios, estos padres hablan mucho de la libertad y están presos, y bregan por imponer una vida de otro mundo a sus hijas cuya lid es, precisamente, por la libertad, no sólo la de sus sueños, sino y, sobre todo, la de liberarse de ese lugar paterno añejo, rancio, remoto y arcaico, construido con tantas palabras a las que quieren encontrarle nuevos sentidos: libertad, liberación, felicidad, autonomía.

Estos padres setenteros se parecen mucho a los personajes de Jamás el fuego nunca (2007), de la chilena Diamela Eltit, en la que una pareja setentera, encerrada en un cuarto, revive el anacrónico pasado utópico izquierdista, a través de un lenguaje que ya no funciona: la célula, las bases, el frente, la acusación, el voluntarismo, el desviacionismo. El halo de una Comala ya inexistente se percibe en esta magnífica novela en la que los protagonistas se aferran a un sistema de signos que, en realidad, instala un exilio.

“Él se la pasaba hablando de austeridad. Insoportable. En medio de sus sermones sobre el capitalismo me daban ganas de decirle, con todo su sello: ¿sabes qué? Cómprate un chancho y ahórrate tus comentarios”, le espeta la protagonista de El sonido de la H a su Papá, y a pesar del humor de este pasaje, en realidad, esta novela, como la de Giovanna Rivero, son, entre otras cosas, un registro doloroso de las hijas de los padres setenteros.

Finalmente, el título de la novela de Eltit es un verso del poema Los nueve monstruos de César Vallejo y tal vez leerlo con otros versos del poema refleje mejor este dolor:

Jamás tanto cariño doloroso,
jamás tan cerca arremetió lo lejos,
jamás el fuego nunca
¡jugó mejor su rol de frío muerto!

Fuente: Letra Siete



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