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Un siglo de Raza de bronce: las luces y las sombras



Un siglo de Raza de bronce: las luces y las sombras
Por: Cleverth C. Cárdenas Plaza

Mucha tinta corrió, después de la primera edición de la novela Raza de bronce en 1919, hace ya un siglo. Los más destacados intelectuales y académicos escribieron sobre ella o la refirieron en diferentes espacios: el académico, el literario, el político. De hecho, Arguedas con la publicación de Pueblo enfermo (1913) tuvo importantes comentaristas, basta recordar que Miguel de Unamuno, José Enrique Rodó, Amado Nervo y Mario Bunge se refirieron a ese libro; sin embargo, no es menor la atención que recibió con la publicación de Raza de bronce (1919), porque fue gracias a ella que Arguedas se inscribió como uno de los precursores del indigenismo, una corriente literaria latinoamericana.

Su publicación le significó al autor un roce conflictivo con el partido liberal, tal como señala Juan Albarracín Millán en Arguedas. La conciencia crítica de una época (1979). Esta novela tenía su sustrato en la noticia de un levantamiento indígena que fue, efectivamente, motivado por la violación de una indígena en una hacienda cercana al lago Titicaca. Arguedas había revisado los documentos del juicio, pero fue acusado de subversivo, su única respuesta fue que la realidad debía ser juzgada como tal. En todo caso, según Edmundo Paz Soldán, la publicación de la novela le costó a Arguedas la destitución del Congreso.

Lo que pocos saben es que Raza de bronce se publicó en 1919, cuando Arguedas emprendía una misión diplomática a Francia y antes de irse retiró su novela de un concurso literario auspiciado por Gonzales y Medina Editores, al que se inscribió como respuesta a un desafío personal que Armando Chirveches le hizo, quien había enviado al concurso La virgen del lago.

Como Arguedas debía viajar a una misión diplomática retiró su novela del concurso; Chirveches, en gentileza, también lo hizo. La editorial Gonzales y Medina rechazó ese desistimiento, declarándola ganadora y publicándola en ausencia del autor; al siguiente año Gonzales y Medina publicó también La virgen del lago (1920). La novela salió en una edición bella, una tipografía preciosísima, papel de buena calidad; sin embargo, Arguedas resintió esa decisión, entre otras cosas porque no le dieron el dinero correspondiente al premio.

Mi lectura y revisión de esa primera edición me dio un grato hallazgo, algo que no encontré mencionado en ningún lado: WataWara se presenta con el nombre de María, aunque en algunos lugares de la novela la refiere como Maruja; Agiali, el protagonista de la novela, se llama Agustín. El resto de los personajes conservan los nombres con que se los conoce en las posteriores ediciones, incluso la edición española de 1923.

Como es de conocimiento general Arguedas ya había publicado WataWara en 1904 y sus personajes ya eran conocidos, razón por la cual, seguramente, decidió, para el concurso y, quizá para confundir al jurado, cambiar los nombres de sus protagonistas. Este descubrimiento en sí es un hallazgo, porque revela detalles del momento exacto de esa primera edición.

Como también es sorprendente percatarse de que Arguedas usó la palabra “patronal” para referirse a los mestizos y que su crítica a los mismos se hizo más evidente para la edición de 1945, la definitiva.

Más allá de estos descubrimientos y datos anecdóticos, es posible advertir que la novela sigue resonando, a un siglo de su primera edición; pues agotado el debate político de principios del siglo pasado, o por lo menos modificada la realidad, se pasó a analizar la novela como una muestra del indigenismo latinoamericano; el propio autor consideraba que era la más ferviente defensa del indio, naturalmente, por medio de la denuncia explícita en ella.

Una relectura desde el pensamiento crítico reveló la existencia de una tensión entre el narrador y su referente –como lo trabajado por Leonardo García Pabón, Rosario Rodríguez y Elizabeth Monasterios–, indicios de que hay un racismo latente en la novela, al que se llamó: deslealtad del narrador.

Por otro lado, quizá como consecuencia de una lectura superficial de la novela o de vincularla a Pueblo enfermo, el exviceministro de Descolonización, Félix Cárdenas, el año 2010 hizo la siguiente declaración: “Tras la aprobación de la Ley 045 Contra el Racismo y Toda Forma de Discriminación, el Gobierno apunta ahora a hacer cambios en el sistema educativo y aprobar una nueva malla curricular en la que no existan contenidos considerados racistas, como los libros de dos paceños: Raza de bronce (1919), de Alcides Arguedas, y La niña de sus ojos (1948), de Antonio Díaz Villamil, en un paso más para lograr la descolonización del Estado”.

De esa manera se volvía a hacer una lectura política de la novela a 90 años de su publicación.

Hubo interesantes respuestas a la polémica; se argumentó que valía la pena leer la novela más allá de su retrato naturalista o indigenista, que era necesaria, incluso como ejercicio una lectura crítica de aquello que informaba. Así volvió el debate político sobre la novela de Arguedas, evidenciando la actualidad de los temas que presentaba, pero sobre todo, se hacía visible que todavía se puede hacer un uso político de la polémica que inauguró en 1919.

Precisamente por estas y otras muchas razones, la carrera de Literatura, el Instituto de Investigaciones Literarias (IIL) y el Espacio Simón I. Patiño organizaron un seminario que debatió sobre la novela. Titulaba “1919-2019: cien años de Raza de bronce”.

Se contó excepcionalmente con escritores, investigadores, críticos literarios e historiadores que hicieron un escrutinio pormenorizado de la novela.

Ahora la carrera de Literatura, su Instituto de Investigaciones (IIL) y el Instituto de Estudios Bolivianos (IEB) de la UMSA vienen preparando la publicación de una Revista Académica dedicada a la novela como corolario de este centenario. De ese modo, se verifica que a los 100 años de su publicación, Raza de bronce sigue diciéndonos y transmitiendo algo, característica de una gran novela.

Fuente: Letra Siete



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