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A donde vamos no necesitamos carreteras



A donde vamos no necesitamos carreteras
Por: Mauro Gatica Salamanca

¿Qué significa detener el tiempo? ¿Es acaso la imagen una manera de deformar esa línea que se desvanece, por ejemplo, en un espejo retrovisor? Pero ¿quién está al volante de ese vehículo que se mueve? ¿De quién son esas señales de ruta? ¿quién está detrás de estás imágenes, de estas fotos que se proyectan en los retrovisores, o mejor aún, hasta qué punto somos nosotros mismos esa imagen? ¿somos acaso la razón y la motivación de esa memoria, o es la escritura solo eso, un desvanecerse en la fantasía de un lenguaje rico en imprecisiones? ¿Es la memoria un viaje por uno mismo, la forma de disfrazar el fracaso, es acaso la única manera de afirmación?

Y la escritura entonces, una vez más, al igual que la memoria, no es otra cosa que una proyección difusa, anómala y perenne de nosotros mismos. La escritura es una proyección en el tiempo, de algo o alguien que fuera del texto no permanece, como viajar a la velocidad de la luz y percatarse del mundo que se desvanece fuera de la nave; ¿es que la escritura es una forma de deformación, modificación o exterminio de lo otro? ¿La escritura es eso que reflejan las ventanas de esa misma máquina del tiempo?

Lourdes, una pregunta: ¿Qué vio Martin McFly a través del parabrisas del DeLorean mientras abandonaba ese 1985? ¿qué significa ese paisaje? ¿es lo mismo el desvanecimiento de las cosas, las personas, los lugares? Aquí la paradoja de un lenguaje que se fragmenta cuando la celeridad se hace presente y con su viento desfigura un horizonte que se disipa a la velocidad de la luz, dejando esa estela en un tiempo inexistente.

El DeLorean time machine siempre fue el mismo, salvo leves modificaciones. pero Marty, el Doc y su perro Einstein ¿Que les ocurre a ellos? ¿Siguen siendo lo mismo?¿de quién son los recuerdos si solo se está como dentro de una foto, o de una máquina del tiempo que se mueve errónea por la historia ciega que no logramos ver porque estamos dentro? Acá pienso en el pinball y en su bolita de acero que no se enfoca en la dirección sino solo en el movimiento.

Cuando vemos —o recordamos — ¿qué vemos? ¿Hay una necesidad latente de desesperanza frente a todo lo que ocurre? ¿quién comunica la foto, los sujetos o la necesidad de anclarse en este devenir que solo nos aporta incertidumbre? ¿Qué diferencia hay entre un paisaje que se ve con todo su movimiento y uno que se recuerda? Alguien ha escrito que toda definición de por sí trata de acotar el significado y de delimitarlo, disociándose de su origen que es sobretodo diferencia, multiplicidad, es más bien acontecer, actividad permanente. ¿Es entonces la escritura un acontecer en sí mismo, o es reflejo en el retrovisor una manera de ser de quien lo observa? ¿Es ésta, acaso la única forma de materialización? Sabemos que Marty y el Doc estuvieron en Hill Valley ese 1955 por las marcas de fuego que dejaron las ruedas en el camino frente a la torre del reloj que también es una foto detenida en el tiempo con todas sus horas, evidencia de una existencia, o metáfora de una vida consumida por el tiempo y su velocidad, por el tiempo y su distancia, porque escribir es una actualidad en cuanto a ella misma, en donde no interviene otro ojo, lo demás es mostración, exposición, hambre indigna de anclarse en el tiempo.

Si hacemos el ejercicio de mirar la luz que proyecta un foco, ¿qué vemos realmente? ¿ese halo que lo envuelve haciendo casi imperceptible la materia que lo contiene, o vemos los filamentos con toda su blancura o el soquete mismo que lo sostiene? ¿Vemos el techo con todas sus fisuras o solo nos quedamos observando la habitación que se nos abre con esa forma artificial de luminiscencia que nos permite dibujar cosas con las sombras y sus grietas?

Escribir es acaso eso, no ser uno mismo sino una voz, la única realidad posible. Entonces, ¿Por qué viajar en el tiempo? —Que es lo mismo que preguntarnos el porqué de la escritura— ¿Cuál es el sentido si la muerte es la única certeza? ¿Cuándo muere un texto? ¿Cuándo morimos realmente? ¿qué significa desaparecer? ¿no es acaso eso, modificarse de manera imperceptible, modificar la imagen dibujada en la retina?

Si tomáramos una foto antigua, por ejemplo, una que haga referencia a personas y lugares que ya no existen tal y como se nos muestran, ¿qué es esa imagen precisamente, hasta qué punto la voz de la memoria se ancla en la verdad? He ahí la belleza de la escritura, he ahí también su decidía.

La actualización parece ser lo único importante, esa vitalidad que solo nos da el ejercicio previo de ensayo y error —el único lugar donde estamos conscientes—, aventura en donde somos boca y ojo, significante y significado, deudo y cadáver; divididos por una línea imaginaria que Saussure trazó en la página en blanco ¿es la memoria mera representación? ¿Es acaso otra forma de falseamiento?

Viajar a la velocidad de la luz —o escribir que aquí ya se nos aparece como lo mismo— solo genera incertidumbre, porque escribir es deformar los conceptos de tiempo y espacio, un tiempo y un espacio que nunca habitamos porque el lenguaje o el ejercicio del lenguaje es una forma de embargo, un exilio permanente, un mecanismo que deja una sensación de extraña permanencia, un permanecer de la forma que adquiere voluntad propia. Entonces, hablar, escribir, observar ¿son dispositivos de falseamiento o son formas de permanecer,? ¿son cercanía o distancia?

Lourdes Saavedra entiende en La velocidad de la luz que la poesía jamás nos otorgará respuestas, pues una certeza es un mal intento por permanecer, es una mala foto, es un mal poema; pues, ¿de qué sirven las respuestas si de todas formas estas no nos eximirán de ese exilio que es la muerte nuestra? ¿de qué sirven si nos desvanecemos igual que Marty y sus hermanos en la foto? La imagen se reconstruye al final de la cinta, es cierto, pero al regresar Marty y los demás ya no son los mismos.

Leer es actualizar, leer es proyectar, leer es desaparecer o hacer desaparecer, ¿y escribir? ¿A dónde apuntan las palabras, la imagen, su mecánica?:

Lourdes nos dice: “Busco a Cohen en la frontera de mis palabras que no me escuchan”.

Como aceptando que el lenguaje no nos pertenece porque nunca lo habitamos. Podríamos suponer que nos habita, pero ya sabemos que las respuestas son otra forma de extravío, porque permanecer es negar la razón que da vitalidad a la existencia, y es esa posibilidad de desaparecer lo único que mantiene vivo al lenguaje, la muerte como un texto carente de significados, pero lleno de posibilidades porque el peligro y el hambre amplifican los deseos de sobrevivir.

Quizás y el poema sea esa certeza, ¿pero que hay después de la muerte? ¿Qué significa esa foto sobre el ataúd, esos nombres, esos arreglos florales, esas lágrimas, esas velas iluminando las animitas?: “Tengo espejos enterrados en mi espalda huellas de ceniza digital y un conejo blanco que no reconoce agujero”.

Eso nos dice Lourdes a sabiendas que escribir es solo eso, dejar una estela en donde el lector se ve a sí mismo mientras se desvanece junto a nosotros en el horizonte o en una carretera a la velocidad de la luz.

Los poemas son animitas en el camino, son una puesta en escena, son espejismo, una tumba sin cadáver, tumba que cada quien visita y llena con sus muertos. Animitas con nombres que solo son eso —llámese Shirley o Juan Pablo Inofuentes El minerito— una referencia frágil que nos permite marcar la ruta del observador que puede diversificarse, “paradoja temporal” diríamos en términos de nuestro querido Doctor Brown. Los individuos como lo que son, posibilidades, como los poemas que escribimos y que no nos llevan a ninguna parte porque no somos nosotros —ni siquiera en su materialidad—, porque ahí mismo, en esa simbiosis entre imagen y ojo, un ojo que es otro dentro de la foto, porque, en resumidas cuentas, la muerte no nos es ajena, porque es la imagen del retrovisor, es la distancia de lo que habitamos como si no fuéramos nosotros:

“En la velocidad de la luz / te conviertes en sombra que se expande / en leyenda que se desvanece / bajo el cielo plomizo de junio”

“A donde vamos no necesitamos carreteras”, nos dice Emmett al final de la película, y me imagino a Lourdes respondiéndole en la plaza de Hill Valley, como si hablara del poema, con toda esa ternura que la caracteriza:

Oye Doc: “Tu ajayu solo busca llegar a casa”.

Fuente: La Ramona



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