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Prólogo a «La Palidez» de Guillermo Bedregal



Prólogo a «La Palidez» de Guillermo Bedregal García
Por: Jaime Saenz

(Prólogo inicialmente publicada en la 1era. Edición de «La palidez» y reiterada en la 2da. Edición publicada por Plural Editores, 2001)

Escrito estaba que el autor del presente libro, no llegaría a presenciar la publicación del mismo.

Extraño destino.

A fines de octubre de 1974 y cuando precisamente revisaba los originales de “La Palidez” –que ahora se publica como obra póstuma-, Guillermo Bedregal encontró de pronto la muerte en un trágico accidente automovilístico.

Tenía veinte años de edad, y había contraído matrimonio tres meses atrás.

En poemas proféticos y con una claridad que asusta, Bedregal ya lo había dicho todo, y mencionaba circunstancias que no tardarían en verse confirmadas. De tal manera, que en las alturas esperaba una fosa, allí donde en efecto sería sepultado Guillermo Bedregal un día, en horas ya tardías, al filo de la noche –en un cementerio que se confunde con ásperas breñas. En un cementerio sólo accesible al esfuerzo y la paciencia, y que se diluye, con la luz y con el aire, y que se suspende, con el azul y con el frío del país andino. Con túmulos que no se conforman sino únicamente con la tierra y con la piedra. Con túmulos elementales que vibran en la colina, adusta, amenazadora y sombría del poniente, y que resplandecen, cuando el último aliento del día se apaga, más allá de la negrura que desciende.

Pues muy pocos conocen una comarca en el poniente, llamada Llojeta –y eso que queda lejos.

Es una comarca de magos y de brujos, de adivinos y suicidas, de seres desaparecidos que aparecen, con temblores en profundas fisuras de la tierra, con muchas cosas de leyenda, por lo mismo que éstas se realizan, y con fabulosos habitantes que viven en secreto, amasando fina greda, con hervores planetarios claramente perceptibles, escuchando los augurios de otros mundos, esperando la señal de un cataclismo. Y seguramente es por todo eso por lo que, en semejantes parajes de grandeza temible, cuando uno va y se pone a caminar, uno siente el peso y la presión, el vuelo y el éxtasis, y el vacío. Y por lo mismo que uno, con júbilo y con angustia, decide retornar a la ciudad, abrumado por inmensas energías que indudablemente provienen de los oscuro, estas mismas energías de pronto se vuelven contra ti y por poco te aniquilan. Pues evidentemente, Llojeta es a la ciudad lo que el ánima al hombre.

Y es allí, en Llojeta, en una empinada gradiente de la colina, en donde se ofrece una morada a los elegidos, en un cementerio en las alturas.

Con mucha calma, con muchas piedras en la quietud del sendero. Con muchas ondulaciones que por el momento se quiebran, ante una cruz, ante una tumba profunda, ante las flores silvestres con olor a nada, en el agreste paraje azotado por el viento. Con insectos solitarios que vuelan no sé cómo, con rumores perdidos en los aires. Y con la ciudad, y con el ruido de la ciudad, siempre presente, y también con la niebla, o con la lluvia, o con el humo. Con una sombra, en el cielo que se abre, en el cristal del espacio. Aquí arriba, allá abajo. En algo invisible, en algo diáfano, en un cementerio, en las alturas; allí se encuentra Guillermo Bedregal, el poeta, muerto a los veinte años de edad. Siempre retornando de lo oscuro, con la última luz, siempre volviendo a lo oscuro, con la primera luz.

Siempre de frente a la ciudad.

Devoto de su tierra y de las cosas de su tierra, con un saber respetar no aprendido pero que llevaba en la sangre, fanático y radical, profesando honda fe por los valores humanos, con un sentimiento religioso que orientaba todos sus actos. Guillermo Bedregal, con una profundidad de miras que rara vez se da, y ni que decir en un joven de veinte años, había definido firmemente su posición ante el sucedido de un mundo que se hunde en la dispersión, y ello partiendo de auténticas motivaciones, reales y vitales, con un concepto claro y preciso de la responsabilidad, grave si la hubo, que en el presente ha de asumir el joven –precisamente, el joven-, como hombre y como artista, trabajando tenazmente, forjando con paciencia y con humildad la obra, confrontando sus propios actos con despiadado rigor, y siempre y absolutamente fiel a sus principios.

De ahí que Guillermo Bedregal, como hombre, supo estar siempre a la altura de Guillermo Bedregal, como poeta. Entender las cosas en su significación plena; enfrentarse con lo desconocido y mirar con totalidad la tiniebla; aprender a conocer los grandes terrores de la existencia; acercarse a las realidades profundas que la vida real nos ofrece. Tal el arduo trabajo del poeta; nosotros que conocimos a Guillermo sabemos cómo trabajaba. En silencio; con verdadera seriedad: pues no era de los que se toman en serio.

Habría querido trazar ciertos rasgos definidos y caracterizar al poeta. Dar una idea de su mundo y fijar una imagen. Me propongo hacerlo dentro de algún tiempo.

Valgan pues las presentes líneas a título de evocación y sentido homenaje.

Una cosa es cierta; y por lo mismo quiero repetirla. Con la muerte de Guillermo Bedregal, Bolivia ha perdido un poeta. Todos lo lamentamos, con grande congoja.

La Paz, abril de 1975

Fuente: Bedregal Garcia, Guillermo «La Palidez» Plural Editores. 2001



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