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Los soles multiplicados de Gabriel Chávez



Los soles multiplicados de Gabriel Chávez
Por: Oscar Díaz Arnau

(Texto leido en la presentación del libro «Multiplicación del sol», en el ABNB de la ciudad de Sucre, 2019)

En estos tiempos convulsos, de unos contra otros y no de unos junto a otros, necesitamos del remanso de las palabras hechas poesía. Escapar a la belleza para volver mejores de lo que somos después de haber acribillado y de haber sido acribillados por las palabras violentas que, como bien sabemos, son más letales que una bala.

Poesía, por favor, en estos tiempos espasmódicos, no tiempos de besos sino de respiración boca a boca, no tiempos de corazones enamorados sino de corazones perforados y de atrocidades peores que se descerrajan por la boca y de boliviano a boliviano.

Poesía, por favor, poesía de la buena y cuál mejor que la de autores consagrados. Poesía en estos tiempos de ausencia de poesía.

En Sucre, no todos los que deberían están orgullosos de que por el mundo se ande regando el nombre de uno de los nuestros gracias a su poesía. Gabriel Chávez Casazola, como esos árboles milenarios que echaron raíces sólidas y después extendieron sus brazos hacia el cielo, no ha parado de crecer en el proceso íntimo de la literatura y esto, que suele ser doloroso y poco reconocido, se ha visto acompañado del favor de la crítica y del aplauso del público a nivel internacional fruto de una ardua labor divulgativa que es, también, esfuerzo propio.

Santiago Ramón y Cajal decía que “la casualidad no sonríe al que la desea, sino al que se la merece”.

Volviendo el tiempo atrás, hasta cuando los tiempos eran alborotados como lo son hoy, pero de otro modo, me han contado algunos de sus excompañeros de colegio que Gabriel supo ser una mente brillante desde niño. Un líder con el hábito del buen hablar y el buen escribir producto de una formación envidiable, rodeada de libros y con un amor innato, genético, por las bibliotecas.

La herencia de la familia Mendoza y la compañía inspiradora de su tía, la nuestrísima Matilde Casazola, son inequívocas en Gabriel, en quien la lucidez parece un hecho natural, como si no le costara esfuerzo intelectual alguno.

Hoy vuelve a casa siendo varias veces lo que era cuando se fue; no se entienda mal, vuelve multiplicado de soles: quienes lo seguimos desde sus textos de juventud y ya entonces maduros, advertimos su incesante perfeccionamiento sin dejar nunca de ser él, en esencia, luego de haberse nutrido de diferentes culturas para contribuir a las nuestras, que son también múltiples y tienen también diferentes soles.

LO CITO: Después de muchos años de soñar con caminos / me resigno a saber que no he partido.

Gabriel Chávez ratifica en «Multiplicación del Sol» su vocación de hombre de letras apegado a las honduras del pensamiento y el sentimiento humano, así como al buen gusto estético. Buen gusto que tampoco es casualidad porque esto, especialmente en la poesía, se gana, yo creo, primero con oído musical y después con lecturas, con maestros y con trabajo tesonero. Es lo que suele ocurrirles a los grandes escritores. Y entonces, si pienso en Gabriel, pienso en el escritor y periodista, como él, Jorge Suárez.

Me contó que hace poco, en uno de sus viajes al exterior del país, estuvo con Mirella Suárez en Washington. Debió ser un encuentro conmovedor con el clon femenino de nuestro recordado Don Jorge, cuyo legado los bolivianos honran en justicia desde no hace mucho y, en mi criterio, nadie lo ha hecho mejor hasta ahora que el ensayista Gabriel Chávez. De Suárez seguramente aprendió él a trabajar sus escritos sin denuedo hasta verlos bien logrados. Por momentos estremece, si no la calidez o la sabiduría, la precisión o la rotundidad de las palabras escogidas para su nuevo libro.

Un meticuloso y a la vez fascinante estudio introductorio de María Luisa Martínez destaca de este poemario el amor, los recuerdos, la tristeza balanceándose entre la melancolía y la nostalgia, para finalmente detenerse en la insoslayable muerte; todavía más, en la memoria de la muerte. La académica Martínez, doctora chilena en Literatura, con su prólogo “Las presencias tutelares tras el sol que se multiplica”, hace honor a la conocida erudición de Chávez.

Hay un poema, “Ñaurenda”, dedicado a Jesús Urzagasti, que suena musicalmente y se resuelve cual estocada. La primera estrofa de “Eros & Thánatos” es una escalofriante delicia para los ojos. “La equivocación” invita a reflexionar sobre las decisiones de Dios para con nosotros. Y hay que ver cómo la ternura se desliza discretamente sobre una “Hoja de vida” (otro poema).

El libro tiene cinco partes: Árboles, Astros, Ausencias, Alfa y, por último, claro, Omega. No quiero invadir terreno ajeno, descubran ustedes mismos a qué bosque, de nombre poético, le debemos, según nos cuenta Gabriel, la multiplicación del sol. Solo diré que en lo personal me han conmovido y, al mismo tiempo, interpelado, especialmente los versos que rozan la temática de la fe (que son varios y que ratifican la omnipresencia de Dios en la obra de Chávez, ya sea por ‘respetuoso’ reclamo, como en «Mientras el río fluye», o por ‘irrespetuosa’ duda en «Monólogo del Dídimo»).

CITO UNOS VERSOS DE “SE BUSCA”: Los libros se extravían y se encuentran / pero el asombro (o la fe, que es lo mismo) / se pierden para siempre.

CITO UNOS DE “HORAS / ENTRE DOS LUCES”: …y Dios se hace en el silencio / diluyendo soledades, soledumbres / cerrando las fisuras / restituyéndonos en una única luz / mientras aquí las ciudades y las plazas, ay, mientras aquí las ciudades y las plazas.

Algo similar me pasa con los poemas sobre la muerte. Cuando sugiere pistas de la muerte que ronda en «Topus uranus», o, como escribe él, con «los primeros golpes de la muerte en el cuadrilátero del cuerpo». En «Después de todo», con la esperanza religiosa de la vida después de la muerte. O para el minuto de la intersección de la vida y la muerte en «Lucía, cuatro años, toma conciencia de la muerte”.

No descuida Chávez la modernidad acaparada por elementos utilitarios de la tecnología, si del ciberespacio caleidoscópico rescata una mascota digital, el ineludible WhatsApp y el últimamente odioso separador de amigos, el Facebook.

Pero hay que volver el tiempo atrás para entender este momento del autor, hoy, en casa (y cuando digo casa no hablo solamente de Sucre, sino también de este significativo ABNB para él y su familia). Después de haber consagrado unos buenos años a la enseñanza de la escritura creativa, siendo maestro orientador de nuevas generaciones de jóvenes y no tan jóvenes que decidieron encarar la literatura en serio, la siempre pujante Ciudad de los Anillos le sirvió a Gabriel para lanzarse desde allí a la conquista de varios países, surcando continentes, con visa de poeta.

Carga el poeta un bagaje de sensibilidades a cuestas, maletas de certidumbres y otro tanto de incertidumbres, más su privilegiada cultura. Sobre las alas mansas de sus versos descansa —porque las millas de los años no suman en vano— para de nuevo tomar impulso y, en vuelo raso, atisbar con agudeza desde la ventanilla de sus ojos las estrellas y los astros, los pájaros y las nubes, el viento y el trueno, los árboles y las luces, el sol y los jardines. A veces, incluso, trasegando las leyes de la física o de la religión. A veces en ejercicio lúdico o desbrozando la naturaleza con el ser interior que la contempla.

Es cuando alcanza (o se alcanza) el cénit de la individualidad, la cúspide de la conversación consigo mismo (o con uno mismo).

CITO: Es maravilloso haber llegado al punto / en que ya no es preciso buscar la razón de tu vida / el amor de tu vida / el norte (y sur) de tu vida / porque ya has encontrado todas esas cosas / o ellas te han encontrado / y ahora puedes llamarlas, casi familiarmente, / con un sustantivo, / sea éste el nombre de alguien / —aquí puedes poner el que desees— / o de algo misterioso, como la poesía.

Leer a Gabriel Chávez siempre es un placer. Estamos hablando de uno de los más grandes intelectuales chuquisaqueños de los últimos ¿20? ¿30? ¿50? años, y de uno de los imprescindibles de la literatura boliviana y latinoamericana de la actualidad. Reúne él dos cualidades nada fáciles de encontrar en una misma persona: agudeza y sensibilidad. Por eso se desenvuelve naturalmente con la palabra hablada y escrita, entre la docencia, el periodismo y la literatura, ya sea en la narrativa, el ensayo, la reseña o en la poesía. A pesar de sus múltiples facetas y de que el sol en todas ellas siempre estuvo de su lado, si lo obligásemos a definirse por una sola, Gabriel yo creo que con seguridad preferiría llamarse poeta.

Ustedes que lo arroparon de chuquisaqueñidad en sus primeros años felices lo conocen mejor que yo. Pues, el mismo tiempo que en estos días nos vino arrojando solo miserias, es el mismo tiempo que le aportó a Gabriel la serenidad que suele llegarle al escritor sosegado. El mismo tiempo que finalmente nos regala un poco de paz con este libro que reúne poemas escritos entre 2013 y 2016.

Es este el tiempo del descontento, de la insatisfacción por engaños políticos, de estallidos sociales y de ataques brutales. Tiempo de sociedades en ebullición.

CITO: Una mariposa de tinta se ha posado en la espalda de esa muchacha. / Una mariposa de tinta que durará más que la lozanía de la piel donde habita. / Cuando la muchacha sea una anciana, allí estará, joven aún, la mariposa.

Algunos están queriendo mandarnos a curar los dolores del alma al psicólogo o al psiquiatra. ¡Por favor, poesía! Refugiémonos en el arte, en los soles multiplicados de Gabriel Chávez.

Fuente: Puño y Letra



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