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Crónica de viaje al corazón del conflicto



A quien pertenece lo ocurrido. Crónica de viaje al corazón del conflicto cívico boliviano
Por Marcelo Paz Soldán

El 6 de noviembre fue uno de los días más violentos en Bolivia, especialmente Cochabamba y La Paz, debido a los enfrentamientos que habrían de darse durante el paro cívico iniciado el 22 de octubre, dos días después de las elecciones presidenciales del 20 de octubre. Los resultados del Tribunal Supremo Electoral (TSE) daban como ganador a Evo Morales del Movimiento al Socialismo (MAS), quien obtuvo el 47,08% de los votos, mientras Carlos Mesa de Comunidad Ciudadana (CC) obtenía el 36,51%; Evo tenía una ventaja superior al 10% de los votos escrutados, impidiendo una segunda vuelta electoral (balotaje). Había, sin embargo, muchos indicios de irregularidades en la victoria de Evo, lo cual más tarde se comprobaría en la auditoría vinculante realizada por la Organización de Estados Americanos (OEA).

Ese día, en la cálida mañana cochabambina, los militantes del MAS –a la cabeza de la Confederación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de Bolivia– se enfrentaron a la población que apoyaba el paro cívico y atacaron la ciudad bajo la mirada de la policía, que sólo intervenía si ellos eran rebasados. Las primeras horas de la mañana fueron de zozobra ya que las “Bartolinas” y sus compañeros entraban por Sacaba y los transportistas trataban de tomar la ciudad por el lado sur; por la carretera que une Cochabamba con Quillacollo en el oeste, la ciudad intentaba ser reducida por los mineros; por el lado noroeste, desde Tiquipaya, un grupo afín al MAS conformado principalmente de transportistas ingresaba a la ciudad. Para resistir ese ataque se creó la autodenominada “Resistencia Juvenil Cochala”, un grupo de choque que se enfrentó a quienes intentaban tomar la ciudad.

Cochabamba estaba carente de líderes cívicos y políticos neutrales ya que el Gobernador era afín al MAS; el Rector de la universidad estatal prometió una “legión de estudiantes” leales al gobierno y el Presidente del Comité Cívico era también afín al MAS. Todo parecía indicar que la ciudad sería reducida fácilmente. El gobierno central, por su lado, instigaba a la población con un discurso alejado del llamado a la paz; Evo incluso alentaba el “Cerco a las ciudades”.

En la sede de gobierno, el aeropuerto de El Alto había sido asediado por seguidores del MAS para evitar la entrada del líder del Comité Cívico Pro Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, quien llegó para entregar en manos del Presidente del Estado su carta de renuncia –la misma que había sido redactada por el líder cívico cruceño– para que éste la firme, ya habiendo fracasado en su primer intento un par de días antes (la Fuerza Aérea Boliviana lo trasladó de regreso a Santa Cruz).

En la ciudad de El Alto se vivía una tensa calma; parecía que nada ocurría, como si el resto del país le fuera indiferente. La ciudad de La Paz funcionaba parcialmente: pequeños grupos de gente que defendía el paro cívico intentaban bloquear distintos puntos ante la dura resistencia de los afines al MAS y de los transportistas. Cochabamba estaba totalmente paralizada, sitiada y asediada por distintos grupos, mientras que en Santa Cruz se registraban enfrentamientos en Montero, Yapacaní y Plan 3000. El resto del país se encontraba expectante, con enfrentamientos esporádicos.

El aeropuerto de El Alto se había convertido en una zona de difícil acceso, ya que el líder cruceño había llegado ese día a la sede de gobierno con trescientos de sus seguidores. Yo me encontraba en La Paz intentando tomar mi vuelo de regreso a Cochabamba; a unas cuantas cuadras antes de la entrada del aeropuerto, fuimos asaltados por un grupo de estudiantes alteños que se treparon al techo del taxi, pidiéndome a los gritos que me bajara y al chofer que abriera el maletero. Me abrieron la puerta de atrás donde me encontraba; a uno le dije que debía tomar un vuelo y que me dejaran pasar. Después de revisar el taxi se alejaron; el taxista retrocedió y regresó, para mi sorpresa, por el mismo camino, y me dijo que si quería llegar al aeropuerto debía ser caminando y pasando nuevamente por entre el grupo de estudiantes, quienes no llegaron a decir que era lo que querían (asumí que buscaban a quienes acompañaron a Camacho en su viaje a La Paz).

Le dije que era imposible caminar solo a esas horas de la noche, que me dejara en un lugar lo más cerca posible de la entrada y que le aumentaría la tarifa pactada. Buscó rutas alternativas hasta que llegó a un par de cuadras de la entrada, en la que si bien había universitarios de El Alto en vigilia, cuidando que no salgan los seguidores del líder cívico cruceño, también había un gran resguardo policial. Me bajé del taxi y caminé hasta la entrada y de ahí a la terminal aérea que se encontraba aproximadamente a un kilometro de distancia. Toda la ruta estaba llena de policías que me observaban con desconfianza hasta que llegué a un improvisado punto de control en el que un policía, muy cansado por lo que enfrentó horas atrás, me preguntó que hacía ahí y si tenía documentación como mis pasajes o cédula de identidad. Se los mostré y me dejó pasar.

Ese día en Quillacollo murió Limberg Guzmán de 22 años, y se contaban noventa heridos, muchos de ellos de gravedad, por los enfrentamientos que se habían suscitado en esa zona, ya que los pobladores de Quillacollo se habían sumado a la resistencia cívica. En represalia por la muerte del joven Limberg un grupo de quillacolleños tomó brevemente de rehén a la alcaldesa de Vinto, Patricia Arce, municipio contiguo a Quillacollo, al acusársele de cómplice por haber permitido que los mineros intenten tomar primero Quillacollo y luego Cochabamba. Se la castigó y humilló pintándole el cabello de rojo y cortándoselo; Arce fue liberada por la policía, pero la alcaldía que ella dirigía fue incendiada.

Ese día quedará registrado como uno de los más violentos vividos en Bolivia durante el Paro cívico que terminó en la renuncia de Evo Morales el 10 de noviembre, cuatro días después.

Fuente: Ecdótica



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